El Ministerio del tiempo: La cuarta temporada ha sido un fiasco… y lo sabes, Javier Olivares

6

Tras tres años de espera, este pasado mes de mayo pandémico regresó El ministerio del tiempo, la mejor serie española de los últimos tiempos. La expectación era máxima pero el resultado final ha sido decepcionante. ¿Recordáis cuando The Cannon Group, allá por los 80, compró los derechos de Superman y nos endiñó Superman 4: En busca de la paz? Pues esto es lo que ha pasado aquí, con el agravante de que nos duele más, mucho más, ya que esta serie era nuestra, de todos, y veníamos de tres temporadas espléndidas para desembocar en una cuarta que no hay por donde cogerla, a excepción de su último capítulo. ¿Qué ha pasado? Vamos a analizarlo en los párrafos que siguen.

Este no es mi ministerio, que me lo han cambiado

En el primer episodio de esta cuarta temporada ya apuntan por dónde van a ir los tiros. Alonso (Nacho Fresneda) llega a la nueva sede del ministerio, situada en ninguna parte; una nueva situación obligada por la gentrificación, como apunta Salvador (Jaime Blanch), ya que el edificio donde su ubicó en las anteriores temporadas no puede ser utilizado. En principio nada que objetar. La nueva sede es más grande y tiene potencial. Sin embargo llama la atención que parece desangelado, frio. No hay funcionarios por los pasillos, no hay funcionarios en la cafetería,… ni siquiera hay cafetería. La ambientación es muy diferente a las temporadas anteriores y lo primero que me viene a la cabeza es que les han metido un hachazo en el presupuesto.

Esa sensación de que faltan euros acaba por confirmarse a la largo de la temporada. Ahora todo luce superiluminado, como si estuviesemos en un quirófano, con alguna que otra excepción (la corte de Felipe IV en el tercer episodio, por ejemplo). Mi compañero en este web, Pablo González, me apunta a que es muy posible, que la iluminación de tres puntos es la más barata a la hora de rodar. Otro compañero me señala que los movimientos de cámara y los encuadres tampoco son los que era. Y lleva razón. Ahora todo es plano – contraplano y planos medios y primeros planos. Un ejemplo de esto lo vemos en las escenas que transcurren en el despacho de Salvador. Si en anteriores temporadas la cámara se movía por todo el despacho y por este se movían los personajes, ahora todo transcurre con los personajes sentados en una mesa, con el plano de uno, cambiando al plano de otro, etc.

Episodios cortos, historias mal contadas

El siguiente ejemplo de que el presupuesto no es el que era lo vemos en la duración de los episodios, que han pasado a tener 60 minutos cuando antes duraban unos 80. Mario Losada me señala que ahora las misiones no se planifican, que antes te mostraban lo que pasaba, lo explicaban y tenían misiones más complejas. Ahora no hay tiempo y todo es pim, pam, pum. «Chicos, fulanito ha hecho esto mal. Id para allá y arregladlo» es el mantra que recitan esta temporada en el ministerio. Eso nos lleva a tramas mal resueltas o resueltas de forma chapucera, aunque quizás lo más acertado sería decir que lo resuelven con desgana, con personajes cambiando de opinión porque sí (como Carolina Bravo (Manuela Vellés) al salvar a Alonso e Irene (Cayetana Guillem Cuervo) en el tercer episodio) o apareciendo en el último segundo cuando todo el mundo espera que aparezcan (Alonso e Irene salvando a Salvador en el episodio sexto). El que se lleva la palma en cuanto a chapucerismo y desgana es el episodio 5, «Deshaciendo el tiempo«, donde Pacino (Hugo Silva) corre de un año a otro como pollo sin cabeza. Queriendo dar la sensación de que estaba todo controlado, consiguen todo lo contrario: ahora entro por una puerta, salgo por la otra, me encuentro a mi mismo,… o no, porque si no interesa que me encuentre, no pasa nada. A veces da la sensación de que el tiempo se retuerce a gusto del guionista de turno. No es una novedad. Javier Olivares ha afirmado que la regla del ministerio es que no hay reglas y eso es evidente en cuanto a que les dan igual las paradojas que crean. ¿No podría Lola haber viajado hacía atrás en el tiempo, sin beber el Fluído García, y rejuvenecer? Respuesta: si pero no interesaba porque entonces no funcionaba la trama.

Sindrome The Walking Dead

Como no sabemos qué contar en 60 minutos que esté al nivel de las temporadas anteriores, caemos en lo que podemos llamar El sindrome The Walking Dead. Dicho sindrome lleva años asolando a la serie sobre zombies y consiste en: meto algo interesante/molón al principio y/o al final y entremedias me dedico a provocar los bostezos del personal en el sofa, que cuando acabe el episodio tendrá la sensación de haber visto el nuevo advenimiento de Cristo. En el episodio 4 («La memoria del tiempo») es dónde resulta más escandaloso: el Velaske, yo soi guapa? al principio, un tostón entre medias (la patrulla viaja a París para… no hacer nada, porque no intervienen en la resolución del problema) y aparece el Anacronópete al final para dejar a todos con la boca abierta. Ya venimos de un episodio donde, sin venir mucho a cuento, Federico García Lorca ha conocido a Camarón (Federico, eso de que ganas tu y no ellos, permíteme que lo ponga en duda) y acabaremos en un supuesto homenaje a Up que es una clara señal del bajón de la serie, porque si antes tenías que tener un fondo de cultura popular para apreciarla («No pienses que estoy muy triste si no me ves sonreir. Es símplemente despiste, maneras de vivir.», le recitaba una vacilón Julian a un sorprendido Lope de Vega) ahora parece que la serie va dirigida a la cultura popular facilona, la de Disney / Pixar, la de los milenials que no han escuchado una canción de los 80 en su vida pero si saben quién es Christian Flores. Un cambio de rumbo muy clarificador.

¿Me quejo sólo de vicio?

Me temo que no. De momento llevamos un presupuesto reducido, una menor duración de los episodios, unas tramas insulsas y facilonas, con resoluciones desganadas y chapuceras y un cambio en las referencias culturales tendente a lo fácil. De todo esto, lo peor es lo que se refiere a las tramas y las resoluciones porque el resto no tiene por qué ser malo per se. Por desgracia hay más cosas. No es sólo que las historias de esta cuarta temporada carezcan de lo que tenían en las temporadas anteriores. Es que además no se cuidan los detalles. En un comentario del análisis del capítulo 2, un lector de esta web nos señala que en 1981, cuando Almodovar iba a rodar Laberinto de pasiones, no se emitía el concurso Un, dos, tres, que no retornaría a la pantalla hasta 1982. ¿Por qué este error de bulto? Pues porque si no se hacía así, no cuadraba la trama del capítulo. En el capítulo 4 le sugieren a Picasso que le pida un recibo al Guggenheim cuando debería haberselo pedido al MoMA. ¿Una serie que basa su premisa en preservar la historia, en la rigurosidad, comete estos fallos sin querer? Para nada. Más bien es que creyeron que el espectador aficionado a Christian Flores no se daría cuenta e intentaron colarla. Aunque, ¿cómo se va a dar cuenta de eso si no es consciente de la porquería de diálogos que jalonan un capítulo si y otro también? Para muestra uno que da vergüenza ajena, sacado directamente del capítulo 5, que si no lo aclaro parece sacado de un culebrón venezolano por la cantidad de topicazos que sueltan los personajes:

IRENE: ¿Qué pasa? ¿Qué piensas?

ERNESTO: En Julián y en Alonso… En cómo puede cambiar tu vida en un segundo… Ya nada es como antes.

IRENE: Hay que vivir cada minuto como si fuera el último.

ERNESTO: Y dejar todo arreglado en tu vida, por si luego no te tienes tiempo de hacerlo.

IRENE: Pues yo tengo tantas cuentas pendientes que me harían falta, yo que sé, varias vidas para cerrarlas todas.

ERNESTO: Hay deudas del alma que no se pueden cerrar.

IRENE: Eso es verdad

IRENE: Pobre Carolina, tener que vivir estas cosas, nada más llegar. Voy a ir a hablar con ella. Y tú: anímate

ERNESTO: Sí.

Estos no son mis personajes, que me los han cambiado

Es el turno de hablar del tratamiento de los personajes en esta cuarta temporada. Podemos empezar por Julian, que regresa a la serie tras una temporada ausente, aunque para esto mejor no haber vuelto. En principio la premisa es interesante: Julian ha perdido la memoria y se ha pasado unos años en la posguerra española; incluso se ha alistado en la División Azul y ha ejercido como francotirador. Se masca el conflicto. ¿Qué hará el pacifista, el hombre que salvaba vidas, que no las quitaba, el hombre que recorrió las guerras más cruentas de la historia moderna de España para ayudar a los que sufrían, cuando sea consciente de que se ha dedicado a meterle una bala en la cabeza a más de uno? Respuesta: nada de nada. Ese conflicto ni siquiera se plantea. Dice Javier Olivares en una entrevista en Espinof:

Tenía claro que el Julián que volviera no podía ser el mismo, eso sí. Plantear una lucha interna entre el Julián que conocimos y el que ha vivido una experiencia tan traumática como la posguerra y la División Azul…

Supongo que los puntos suspensivos son por dejar el tema de Julian en suspenso. Eso si, que nadie nos prive de Julian dándole un buen morreo a Amelia Folch, aunque sea en su imaginación, que yo no me voy a privar de imaginarme a los min-histéricos dando grititos en el sofa ante la escena.

Esto nos lleva a una de las peores concesiones que puede hacer un autor: darle al público lo que quiere y no lo que necesita. La cuarta temporada de El ministerio del tiempo pivota sobre este tema. ¿Queréis que vuelva Julian? Hecho. ¿Y Amelia? También, aunque sea un ratito. ¿Que los personajes se líen entre ellos como si no hubiese un mañana? Ahí están Pacino y Lola. ¿Velázquez en cada capítulo, que es un tipo muy gracioso? Que no decaiga. Ahí lo tenéis. ¿Salvador? Que se vaya de patrulla. En la entrevista en Espinof, Olivares afirma que, en referencia sobre el regreso de Aura Garrido (el único con algo de sentido y el único en el que el personaje es fiel a si mismo):

Contar con Aura es un lujo. Siempre. Respecto a la historia con Julián, tenía un plan distinto, incluso tenía previsto otro final de temporada si hubiera estado ella. Pero cuando no puedo contar con alguien (también me ha pasado con Macarena, que tenía otro compromiso), no intento acomodar lo que tengo a lo que quería haber hecho. Empiezo de cero. No me gusta dar a un personaje lo que tenía pensado para otro. Del mismo modo, por cuestiones de producción, he debido alternar a los actores en diversas patrullas, porque era imposible económicamente contar con todos todo el rato. Pero sin quejas, todo lo contrario. Sencillamente, diseñas un puzle distinto.

Es decir que todo esto viene dado de lo que ya hemos dicho, la falta de presupuesto, a lo que se suma los compromisos de los actores con otros trabajos. ¿Todo esto no se sabía? ¿No había habido esos mismos problemas en las temporadas anteriores? ¿No se ha podido planificar? El compromiso de Rodolfo Sancho con Mar de plástico trajo a Hugo Silva a la serie, que la abandonó para que Julían regresase en dos capítulos memorables. ¿Por qué en esta ocasión se ha caído en la chapuza y la desidia? La brillante justificación de Salvador para las ausencias de sus agentes es que, o bien están de baja, o bien están de moscosos. Porque desidia es que los actores aparezcan y desaparezcan de la temporada sin otra justificación. El caso más sangrante es el de Lola (Macarena García), un personaje cuya historia dejan colgada durante tres capítulos sin que nadie del ministerio se pregunte dónde está. Tan sólo Pacino se preocupa por ella. Al resto les da igual.

Otros personajes también han mandado a la porra lo que era su esencia. Ver a Alonso, nuestro Capitán América patrio, el hombre fuera de su tiempo, reconvertido en pijoprogre, reivindicando una guardería en el trabajo para fomentar la conciliación mientras no se empacha de largarse por ahí de patrulla, a riesgo de dejar a su hija huerfana, es de juzgado de guardia. Eso si, que mona la niña paseándose por el ministerio mientras los min-histéricos babean en el sofa. ¿Y qué decir de Salvador? ¿Nos tenemos que creer que el niño que no quería nadie, que fue adoptado por una pareja de diplomáticos en el último momento, consiguiendo la oportunidad de vivir la vida que ha vivido, renunció a adoptar a un niño al que dar la oportunidad que le dieron a él y se conformó con Emilio Herrera como hijo putativo? Pero nada comparado con la transformación de Ernesto (Juan Gea) que ya llama a su hijo para decirle: hijo, soy papá. ¿Dónde ha quedado ese Pedro Fernandez de Torquemada? Si su hijo Tomás le hubiese llamado «papá» y no «mi señor padre», lo habría quemado él mismo en la hoguera después de darle un guantazo. No contentos, los guionistas del capítulo 6 lo convierte en el Geoffrey de El principe de Bel Air: cuando el tio Phil Salvador se da la vuelta, a Geoffrey Ernesto le falta tiempo para asaltar el mueble bar de su despacho. Si señor. Eso es coherencia y lo demás son cuentos.

El que está como pez en el agua es Hugo Silva porque entre su Jesús Méndez y su Lucas Fernández de Los hombres de Paco cada vez hay más puntos en común. Pacino se convierte esta temporada en el bufón de la corte, en el tipo gracioso que suelta chistes aunque no venga a cuento. Solo nos faltan las risas enlatadas. Del inspector ochentero que conocimos ya apenas queda nada. En las tres temporadas anteriores, El ministerio del tiempo era una serie que navegaba entre distintos géneros: un capítulo más humorístico («Tiempo de verbena«; «Tiempo de lo oculto«), otro de terror (el profético «Un virus de otro tiempo«), otro sobre conquistadores («Tiempo de conquista«), un homenaje al cine («Con el tiempo en los talones«), un homenaje a la literatura española («Tiempo de pícaros«)… El ministerio del tiempo cuenta con los dos mejores episodios de una serie de televisión hecha en España en la última década, «Tiempo de valientes», aquellos maravillosos episodios dedicados a Los últimos de Filipinas. Al finalizar cada episodio, uno tenía la sensación de haber visto una pequeña joya, una historia llena de matices que se podía ver una y mil veces. Ahora la sensación es de estar ante una ópera bufa, un vodevil donde lo que realmente importa son los sentimientos de unos personajes cada vez más caricaturescos.

Esa sensación de vodevil la incrementa el infumable capítulo 7, «Pretérito imperfecto·», del que no sabemos si es un homenaje encubierto a las películas de Esteso y Pajares (a quienes Pacino y Alonso ya homenajearon a su modo ante Simón Bolivar). Si antes practicaban un humor inteligente, en este capítulo en particular deciden jugárselo todo al caca, culo, pedo, pis de toda la vida, recurriendo a otra novedosa constante de esta temporada para hacernos reir: el sexo. Ya habíamos tenido alguna dosis en temporadas anteriores pero era más elegante, más sugerente. Recuerdo la escena de Amelia y Pacino y una de Alonso y Elena mostrando el después, dejando a la imaginación del espectador lo que podía pasar o había pasado. En esta cuarta temporada ya no hay lugar para la imaginación. No hay capítulo donde unos u otros no se entreguen al fornicio: el burdel del primer episodio, Felipe II con la criada, los gritos de Picasso y señoras,… El culmen llega con un Juanjo Cucalón sobreactuado que parece poseído por el mismísimo Juanito Navarro, tanto que cuando intenta encarnar a Fernando VII no hay quien se lo crea. Mientras, un desaprovechado Alex O’Dogherty repite su personaje de Camera Café con una peluca que clama al cielo.

El peor cambio posible

¿Como hemos llegado a esto? Lo único que se me ocurre es que todo viene propiciado por el abandono de Javier Olivares de la productora Clifhhanger y su llegada a Globomedia. Si, la misma Globomedia que produjo Los hombres de Paco y tantas y tantas series españolas iluminadas como si no existiera la noche y donde los personajes se lían entre ellos para gozoso deleite del espectador min-histérico. El chourraner patrio por excelencia (lease esto con cierta sorna) parecía empeñado en demostrar que El ministerio del tiempo era él y al final se ha evidenciado que la serie le debía a Anaïs Schaaff, a Abigail Schaaf y al grupo de guionistas que trabajaron con ellos en Clifhhanger mucho más de lo que parecía. Es evidente que Globomedia no ha puesto los euros que puso Netflix en la tercera temporada y sin embargo su forma de entender la ficción se ha impuesto. Los títulos de crédito, mucho más cortos debido a la reducción de los minutos de cada episodio, los delatan. Ahí aparecen los productores en primer y único lugar, como si todo se debiese a ellos, y el nombre de los actores queda relegado al principio de cada episodio, donde es difícil fijarse en ellos al estar pendiente de lo que sucede en la escena. Javier Olivares aparece firmando los guiones e imagino que es para salvar lo que pueda. Estoy convencido de que esos toques que recuerdan al ministerio de antaño (Federico y Camarón, la aparición de Berlanga, el uso del Anacronópete) se los debemos a él y no al coro de autores de fanfictions de bajo nivel que le acompañan.

No es casualidad que el mejor episodio de esta temporada, a años luz del resto, sea el último, «Días de futuro pasado«, un claro homenaje a los X- Men que firman en solitario Javier Olivares y Marc Vigil. En 60 minutos atisbamos lo que podría haber sido esta cuarta temporada. Es el episodio que más nos recuerda a las temporadas anteriores, aunque no esté exento de defectos (¿Por qué Lola no usa el Anocronópete para solucionar ella misma el lío que ha montado?), lo que lo hace aun más doloroso. El guión es más sólido, la trama más intensa, los personajes ya no parecen una caricatura de ellos mismos, la vuelta de Julían adquiere sentido, al igual que la aparición del personaje de Manuela Vellés (que ha sido como el Guadiana: ahora si, ahora no, ahora soy decisiva), los diálogos son mucho mejores, el humor deja de ser chabacano («¿Quién gobernaba entonces?» – «Bertín Osborne. Arrasó con su lema «Mi patria es la tuya»), se permiten un homenaje a El acorazado Potenkim / Los Intocables de Eliot Ness (impagables esas monjas con escopeta) y Jaime Blanch está inmenso, demostrando que, en realidad, El Ministerio del Tiempo era él. Sin Salvador, sin el profesor X, la serie pierde toda su esencia.

Javier Olivares nos ha decepcionado. Tras tres temporadas brillantes, nos endosa una cuarta que ni de lejos está a la altura de lo que esperábamos de él. Además, tiene la osadía de firmar una despedida brillante. ¿Por qué no han sido capaces de hacer lo mismo con los episodios que la preceden?.

Globomedia no nos ha decepcionado porque de ellos no esperábamos nada, o por lo menos nada bueno. Suya es esa ensoñación de serie que fue Los Serrano, o la serie que lo empezó todo, Médico de familia.

Pero hay un tercero en discordia que merece todos los palos del mundo. Me refiero a Radio Televisión Española, la corporación pública que pagamos entre todos. En las temporadas anteriores ya maltrató al Ministerio todo lo que pudo y más. El director de contenidos, o de programación, o quien quiera que sea el responsable debería ser cesado por no saber reconocer la calidad cuando la tiene delante. Eso si, mientras le regatea el presupuesto a Javier Olivares y juega a decidir en el último segundo si habrá otra temporada, no duda en malgastar el dinero de los contribuyentes (nuestro dinero) en concursos como Typical Spanish, donde famosetes venidos a menos como Los Chunguitos se dedicarán a hacer el payaso; por no hablar del pastón que cuesta cada programa de Master Chef en sus múltiples versiones.

En la entrevista antes mencionada, Javier Olivares dice que si no hay más temporadas de El ministerio del tiempo ya se da por satisfecho. La verdad es que el final ha dejado buen sabor de boca pero no justifica el resto de la temporada. Lo ideal sería colarnos por una de las puertas del ministerio y evitar que esta infame cuarta temporada se llegase a rodar. Un saludo y sed felices.



el autor

Aficionado también al cine, las series de televisión, la literatura fantástica y de ciencia ficción, a la comida, la cerveza y a todas las pequeñas cosas que nos hacen felices.

6 comentarios

  1. Fernando Cardelle el

    Para mi bastante bien lo han hecho con el presupuesto que les han dado para esta cuarta temporada. También mostrar mi malestar por el maltrato sistemático que Rtve le ha dado a la serie, en todas las temporadas. Si tuvieran un presupuesto como cuéntame cómo pachó, otro gallo cantaría.

    • Pedro Pérez S. el

      La cuestión es: ¿deberían haber renunciado a la temporada si el presupuesto no les llegaba para hacer lo que hicieron en temporadas anteriores? Un saludo y gracias por leernos.

  2. Hari Seldon el

    Tanto quejarse de como se habían hecho las cosas en las tres temporadas anteriores, que ahora son maravillosas, ahora no le gusta el cambio en la cuarta.

    • Pedro Perez S. el

      No entiendo el comentario ni de donde has sacado que yo le haya quejado tanto de las temporadas anteriores. De hecho soy de los pocos en esta web que defiende las primeras temporadas. La mayoría de mis compañeros no soportan la tercera, por ejemplo, así que te agradecería que me aclarases el comentario. Un saludo.

  3. Fernando Vílchez el

    Estoy muy de acuerdo con tu crítica. La intención era buena. Un cambio de presupuesto orienta a un cambio en el tono de la serie. No creo que fuera la intención inicial de Javier Olivares. De hecho, en una entrevista que realizamos en esta web, Olivares mencionó que su intención era mantener a Irene, Ernesto y Salvador junto con el resto de agentes y contar con varios actores invitados como agentes históricos al estilo Velázquez o Ambrosio Spínola.
    Sin embargo, aunque la intención cuenta, lo que importa es el resultado final. Es una serie que juega con nuestras expectativas pero a medidas. Un ejemplo sería el trato con los personajes. Hay capítulos enteramente dedicados a ellos, pero luego desaparecen y rompen con la continuidad. Julián en los dos primeros capítulos intenta recuperar la memoria. Posteriormente, se convierte en un «Pacino» más (hasta pierde su posición como sosias del espectador actual en el Ministerio) para reaparecer de repente en la subtrama de fondo del penúltimo episodio. Alonso adquiere relevancia al principio para, posteriromente, diluirse. Los únicos personajes más o menos constantes son Salvador, Irene y Pacino. El resto están francamente desdibujados.

    • Pedro Pérez S. el

      EL tratamiento de los personajes creo que es lo peor que nos ha dejado la serie. Como dices, ese dedicar un par de episodios a Julián para luego olvidarse de él, convirtiéndolo en Pacino 2, está muy mal hecho aunque la intención sea buena. Para mi, el único personaje irremplazable era Salvador. Si hay una quinta temporada y él está en ella, seguramente la vea. Sin él, mucho tiene que cambiar para que me interese. Aun así hay quien está encantado con la temporada, vistos los comentarios en el facebook de la serie. Hay gente para todo. Un abrazo.

Deja tu comentario

Recomendado en Las Cosas felices
Bienvenidos al análisis de Perry Mason, la nueva serie de HBO protagonizada por Matthew Rhys y basada en el personaje creado por Erle Stanley Gardner.…