El Pionero (HBO). O los problemas de la HBO con la realidad.

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Bienvenidos, auténticos creyentes, a La Tapa del Obseso, la sección de Raúl Sánchez.

Nos gustan los monstruos. Verlos por la televisión o en los videojuegos, digo. Nos podríamos ir por las ramas sobre el porqué es así, pero como somos gente poco moral y por madurar que sigue leyendo cómics ya siendo adulta recurriremos a las viñetas. En Ultimate Spiderman lo contaba muy bien nuestro odiado Bendis. Allí Kingpin, el señor del crimen, le decía a Spider-Man que al héroe arácnido le odiaba mucha gente por sus actos heroicos. Haciendo el bien Spider-Man estaba haciendo sentir a los demás que no hacían nada por los demás como hacía él. Y por eso muchos le odiaban. En cambio saber que existía Kingpin a mucha gente le reconfortaba. Bueno, a casi nadie le gusta que existan los jefes mafiosos, pero si hay un monstruo así cometiendo fechorías tú, estimado lector gris, anónimo y solitario, realmente no eres tan malo.  Los ejemplos morales a veces nos molestan, los monstruos a veces nos alivian.

Pero hasta aquí hemos hablado de los monstruos o villanos de la ficción. A veces hay películas o documentales sobre monstruos o villanos que han existido en la realidad. Como pasa con “El pionero”, la serie de cuatro capítulos que ha hecho la HBO sobre Jesús Gil.  Aquí pasamos a otro capítulo: el del reflejo de la realidad en una película o documental.  En hacerlo transmitiendo fielmente la realidad y hacerlo de manera certera, usando el lenguaje del cine para incidir en las claves del porqué lo que se cuenta es importante. Si no se transmite bien la realidad estamos ante un acto de propaganda ideológicamente sesgado. Si no se acierta con el uso del lenguaje cinematográfico estamos simplemente ante un mal producto.

Aquí ya comentamos cómo Netflix hizo un documental sobre las niñas de Alcasser técnicamente correcto pero ideológicamente cobarde, por aquello de intentar tapar que ese periodismo es el realmente existente desde aquel asesinato y no la excepción como se nos quiere hacer creer. Eso sin comentar la última parte del último capítulo que cae exactamente en todos los vicios que se cargaron casi en exclusiva en Nieves Herrero. Es complicado hacer un documental realmente bueno de algo trascendente o representativo. Netflix no lo consiguió.

HBO se ha acercado a la figura de Jesús Gil, con una intención similar: retratar algo significativo de la reciente historia del país. La idea está realmente bien pensada, pero me temo que la ejecución cae en el desastre en cuanto a lo puramente técnico. Es decir: todo comienza con las muertes en la urbanización estrella de Gil fruto en gran parte de sus ganas de hacer dinero rápido saltándose todo lo saltable.  El documental avanza a partir de ahí, da grandes saltos en el tiempo y luego, no sabemos la razón, dedica muchos minutos al pasado anterior al principio. No es necesario que las cosas se relaten por orden, claro, pero el montaje cae en la confusión. Los saltos en el tiempo están desastrosamente mal planteados y la narración no es nada ágil, lo cual teniendo en cuenta lo histriónico y gritón del protagonista, que casi con ponerle en pantalla entra por los ojos, tiene especial delito.

No podemos decir que sea propaganda clara a su favor ya que no se esconde su forma de ser de empresario del tardofranquismo con modales mafiosos que no entiende la separación de lo público de lo privado, pero sí que entiende que todo debe basarse en hacer amistades y tener testiculina (siempre viniendo de familias ricas o como mucho de clase media, por supuesto, ideológicamente afines al régimen franquista). No faltan las opiniones de afines que, sin negar del todo nada de esto o directamente reconociéndolo, proclamen su carácter visionario, su energía y su ambición. Es posible que ambas visiones ocupen poco más o menos en el documental, no está claro.

El problema, otra vez, es la realidad. HBO intenta, sacando opiniones de opositores a los planes de Gil y de familiares suyos, a gente que le tiene manía y a gente le idolatra, inundarnos con controversia. Ah, hay división de opiniones entre quienes dicen que se saltaban las leyes y allí donde iba se lo tomaba como su cortijo privado y quienes decían que todo lo hacía por amor a su club o su municipio. Qué complejo todo, todos tienen parte de razón, cuántos grises que hay, etcétera. Y sí, en la vida hay muchos grises, pero, vamos a decirlo, esta postura de plantar a gente opinando en distintos sentidos para alcanzar algo de la realidad es muy estadounidense. Es, vamos a decirlo, la posición fácil y cobarde. Claro que las opiniones de Jose María García, la oposición a Gil en Marbella o el administrador judicial que se hizo cargo del Atlético de Madrid son importantes. En este caso último más que debería serlo, apenas habla en el documental, cuando en más de una entrevista ha dejado claro que el descenso del Atlético de Madrid fue obra de Jesús Gil para presionar a la Justicia para que le devolvieran el control del club. Pero más importante aún es todo lo que es simplemente opinión. Es decir, la realidad fuera de la pelea de opiniones y de un La Sexta Noche o El Chiringuito más.

A decir verdad esto se puede conseguir incluso tratando solo con los afines a Gil. A otro nivel, por supuesto, Joshua Oppenheimer consiguió retratar las matanzas en Indonesia de casi medio millón de personas en los años 60 tratando directamente con los genocidas y haciéndoles caer en una trampa maravillosa hecha documental en The Act of Killing (2012). Y lo consiguió incidiendo en las claves de aquellas espantosas matanzas, en los elementos centrales psicológicos y sociológicos del porqué sucedió aquella barbaridad. Prescindió de todo lo accesorio para mostrarnos con representaciones que podían parecer accesorias lo más terrible del ser humano. Por eso The Act of Killing es una obra maestra del documental.

En contraste, El Pionero tiene toneladas de anécdotas, paja, viajes absurdos atrás en el tiempo, baboseo de los afines y declaraciones poco finas de muchos de sus críticos, especialmente la muy limitada política opositora de Marbella. Es más anecdotario que otra cosa, y no precisamente bien contado. ¿Alguien sabría viendo el documental entender cómo alguien así tenía tanto éxito popular? Por el montaje uno puede llegar a pensar que Gil pasa de trabajar de mecánico a tener centenares de millones de pesetas y poder montar urbanizaciones gigantescas, así como si nada. O que su pobre madre no era nadie y que le mandó cartas a Franco con un poder mágico que hizo que el dictador le indultara de la cárcel tras los muertos en la urbanización de Gil.  Y así otras tantas. Se salva la parte en la cuentan más o menos la gestión económica del Atlético de Madrid y de cómo se quedaron con el club sin poner nada de dinero, que sí está explicada de modo sencillo y entendible por todos.

Como decimos, la serie hubiera ganado con menos anécdotas y testimonios que por muy personales que sean aportan poco a entender el éxito popular del personaje. Y hubiera ganado más poniéndole más en contexto. Es decir, explicando aunque fuera brevemente que Jesús Gil, al final, no era ningún monstruo. Es el modo de ser de Gil el que predominaría en el empresariado del mundo franquista. Es decir, gente ideológicamente afín, por supuesto, pero también que consideraba que su negocio era como su cortijo, en el que no hay ni huelgas, ni gente reclamando nada, ni quejas, en el que tiene un poder absolutísimo aunque no sea experto en muchas facetas del negocio o aunque se lleve por delante las leyes que sean y por supuesto un talento para o trabar relaciones de complicidad con alcaldes, jueces o policía. Y cuando no, directamente capacidad para castigarles por terceros. Promotores como Gil, cercanos a amigos metidos en política, casposos, machistas, autoritarios e incluso que se metan en clubs de fútbol y demás hubo muchos: Nuñez, el Pocero, Francisco Roig, Jose Manuel Ruiz de Lopera, Jose María del Nido, Lorenzo Sanz y etc.  Eran hijos pródigos del franquismo y luego del franquismo sociológico que tardó en remitir. Gente que confundía sin pudor lo público con lo privado. Hijos pródigos que muchas veces la pifiaban, se arruinaban o pasaban por la cárcel, pero que o eran indultados o encontraban montañas de dinero para pagar fianzas de la aparente nada. Hijos pródigos que, siempre, se presentaban como víctimas, perseguidos por el sistema, cuando eran sus mejores hijos.

Y podría pensarse que todo podría acabar ahí, pero no: la Transición Española, además de ser inmensamente violenta, trajo consigo muchas cosas pero una esencial. ¿Cuál? Que la confusión entre lo público y lo privado, el “me hago aquí un piso, pago una multa y ya es mío” no desapareció de la noche a la mañana. Jesús Gil sale de la cárcel y la España del despertar de la democracia es, visto con perspectiva, una competición entre los partidos gobernantes en las Comunidades Autónomas por ver quien saca más de lo público, que se extendería hasta los años 90. Es sencillamente bochornoso leer y recordar qué hacía Jordi Pujol en Cataluña, Eduardo Zaplana en Valencia o Juan Guerra en Andalucía. Era algo estructural de cómo estaba montada la economía y la política en España. Jesús Gil sale de la cárcel en un país que años después oiría de un ministro que España es el país donde uno se hace rico más rápidamente de Europa. En definitiva, el documental de HBO podría habernos mostrado a Jesús Gil como un producto lógico aunque retorcido y un poco estéticamente más desagradable de cara a la galería de la realidad sociológica que ya existía. Una en la que de los 70 a los 90 fueron una carrera de compadreo entre constructores y políticos, de corrupción a niveles cósmicos, con traficantes de droga cargando fardos a plena luz del día en Galicia y en el que el país era una verbena de ricos listos con amigachos políticos saqueando a tontos pobres sin amigachos metidos a la política.

Es decir, que no sólo Jesús Gil no es un rebelde antisistema. Es que era un hijo del sistema económico y social. La gente le aclamaba a él y no a Boyer. Claro. Porque el franquismo y el terror que implantó en varias generaciones no se fue de la noche a la mañana por decreto: existían muchos que eso de que Jesús Gil echara a hostias a los politoxicómanos o chantajeara a periodistas les daba igual, ellos con tener trabajo y seguir sobreviviendo les valía. Eran buenos chicos, muy obedientes, que pensar en algo más que eso eran chorradas de flipaos. Aplaudían al que “hacía cosas”, como si las leyes fueran un impedimento puesto por seres malvados para fastidiar a la gente corriente. Barreras de las que nos salva uno de los nuestros, aunque el 95% de lo ingresado se lo lleva él. Pero qué bueno es el amo que nos da un 5%. Al que se queja le amenazan y le hace la vida imposible el populacho, pero qué bueno es. Muchas risas, sí, pero no nos engañemos: hay un porcentaje sorprendentemente alto de personas en cualquier país del mundo, en cualquier época, que siguen esta lógica. Bienvenidos al mundo, vaya.

Así, con cuatro horas de documental algo nos podían haber puesto en contexto de la subida de Jesús Gil al estrellato en Marbella y el Atlético de Madrid con el paso de los últimos años del franquismo  al despiporre constructor-corrupto de los años 80-90, sin el cual no hubiera tenido el protagonista el dinero para fichar a doscientos jugadores al año para el Atlético de Madrid ni para poder hacerse el salvador del club tantas veces. Podían haber incidido en de donde le salían a Gil los millones que se le caían por los bolsillos, que en la serie parece que tiene un bolsillo de Doraemon pero de billetes. También podrían haber hablado, claro, de que además era alguien carismático, con su habilidad para hacerse pasar por representante legítimo del Pueblo frente a los poderes que maltratan al pobre con sus leyes y sus trabas absurdas. O en su innegable ambición, por supuesto. Pero se han limitado a contarnos una parcela muy reducida de la realidad, como si todo lo que le pasó dependiera nada más de sus características psicológicas. Como si casi no contara la época y país en las que creció y prosperó. Como le pasaba a Netflix es posible que HBO tenga, también un problema con la realidad.

Sed felices.



el autor

Arriba es abajo, y negro es blanco. Respiro regularmente. Mi supervivencia de momento parece relativamente segura, por lo que un sentimiento de considerable satisfacción invade mi cuerpo con sobrepeso. Espero que tal regularidad respiratoria se mantenga cuando duerma esta noche. Si esto no pasa tienen vds. mi permiso para vender mis órganos a carnicerías de Ulan Bator.

2 comentarios

  1. Curioso como la mayoría de documentales ambientados en España están apenas rayando la superficie de los temas a tratar, dando apenas pinceladas y anecdotario que poder soltar a modo de referencia en alguna charla con amigos.
    Pintaba bien el primer capítulo de El Pionero, con una historia de ascenso, caída y vuelta a caer, pero a partir de ahí es lo que se expone aquí: Caos, chascarrillos, declaraciones inútiles, confusión, obviedades, etc.
    Hay empuje en lo audiovisual español, pero aún falta oficio, talento y algo de inventiva para colar cosas significativas en estos productos.

    • Raúl Sánchez el

      Sí, puede que haya algo de tertulianismo en la idea inicial de cómo están empezando a hacer documentales últimamente.

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