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Regreso (o no) a la mazmorra más oscura

Bienvenidos, auténticos creyentes, a La Tapa del Obseso, la sección de Raúl Sánchez.

Te lo han dicho muchas veces. Aquello es espantoso. Un sitio horrible. Algo complicadísimo. Nada más entrar parece que todo se vuelve en tu contra. No puedes ganar. No puedes empatar. Tampoco dejar la partida. Y ni mucho menos dejar de sufrir. Es la mazmorra más oscura. Te han hablado de ella desde siempre.

Pero tú ya eres alguien mayor. Alguien duro. Siempre lo has sido. A ti no te asustan, a estas alturas, habladurías sobre lo complicado que es algo, lo tremendo que es algo. Te las sabes todas. O eres un cínico que simula que todo le da poco más o menos igual. Puede que hayas alcanzado el nirvana o que te drogues muchísimo. O que hayas dejado de sentir nada que esté por debajo de ser atropellado por un camión. Da igual, a ti las cosas te resbalan. Haces memes. Subes capturas a internet de las cosas más terribles de tu vida como si fueran una comedia.

Y, bueno, por probar que no quede. Total, y qué. Las redes sociales, el espíritu de los tiempos, la poca bola que te dan en Tinder o esa calvicie + tripaza que hacen que lleves meses sin mirarte al espejo. A saber qué es, pero tienes una costra mental que (crees) te protege de todo. Incluso de la famosa mazmorra más oscura.

Las primeras incursiones, hace ya mil años, parecían mucho menos de lo que decían. A ver, sí, era complicadete, pero lo tenías controlado. Alguna cosa te enfadaba. Hay un poco de mala baba ahí. Detrás de todas esas apariencias iniciales para impresionarte hay cosas que van a hacer daño. Lo lógico en alguien como tú es planificar. Tirar de números. De estadísticas. De gráficas. Poner orden en el caos. Meterlo en celdas de Excel. A ver quién ríe ahora. Y avanzas. Te haces más diestro en algo que todo el mundo dice que es terrible. Ignoras las rabietas infantiles de cuando la cagas. Ignoras las rabietas de cuando no la cagas pero todo se confabula para que tú creas que lo has hecho. Eh, es adaptativo. Todo esto pasó, pero lo olvidas para no dejarlo todo y ya está. La cuestión es que avanzas.

Hay un punto en el que ya no tienes que engañarte demasiado. En el que sin mirar los números sabes el orden en que tienes que hacer las cosas. Sabes cuáles son las prioridades cuando todo parece crítico. Racionas eficientemente tus recursos. Te conoces todos los peligros. Casi nada te pilla por sorpresa en la mazmorra más oscura. Bueno, sí. Pero son las menos veces. Esas veces son aterradoras. Precisamente por aparecer cuando ya tienes todo tu armazón y tus hábitos hechos para que no sea así. En esos momentos es cuando te permites rebuznar más alto, cagarte en todos los dioses y mucho más. Realmente pasa más de lo que quieres reconocer. Es posible que mucho más. Es muy probable que no lo tengas más dominado. Es muy probable que hayas aprendido a olvidarte de todas las veces que te pones como una mona. Es posible que ignores casi por completo que estás haciendo la misma tarea una y otra vez. Una y otra vez. Una y otra vez. Limpiamente. Obedientemente. Disciplinadamente. Sin usar mucho la mente.

Pero esto sigue, no hay tregua ni segundas oportunidades. Menos aún para alguien como tú, echado para adelante, victorioso en todos los debates con amigos y familiares, sabihondo supremo de los foros de Internet, mitad cruzado mitad gilipollas. La recta final suele ser más aleatoria que casi cualquier otra cosa, y la dificultad máxima. Pocos salen con dignidad de la mazmorra más oscura.  Muchos ni salen. Es más: la mayoría ni empiezan. Pero tú eres un estratega. Un virtuoso de la táctica. Un obseso de poner orden al caos. Ganas las batallas antes de empezar, conviertes el esfuerzo del enemigo en sudor inútil, te has leído frases sueltas del sun zu ese y nada se te resiste. En tu cabeza al menos, tampoco seamos exigentes.

Los más profundo de la mazmorra más oscura te espera sonriendo. Las habladurías cuentan que aquello es una broma sádica, algo mal hecho a propósito, el reino en el que las estadísticas se rompen y todo es humillación sin sentido. Y al empezar todo es peor de lo que te habían dicho. Es caos y horror. Las mejores estrategias aprendidas con el tiempo resultan inútiles o directamente contraproducentes. Desperdicias recursos valiosísimos en cosas que no son ni victorias pírricas. A pesar de todo el tiempo dedicado nada de eso parece haber tenido mucho sentido. Parece que la recta final, la cumbre, juega con reglas distintas a las necesarias para llegar hasta ahí. También hay gente que lo dice, que hace vídeos, que te lo vende en libros o en Twitter. Pero ya todo te duele. Todo es cansadísimo. Aquí el tiempo curtiéndote y las taraduras mentales que vas recolectando por el camino son una losa de la que es complicadísimo huir. Dónde están Dios, la mejor sanidad del mundo o la constitución que nos hemos dado entre todos, dónde.

Y todo esto pensabas sobre esa mazmorra oscurísima que ha sido el mercado laboral desde que eras jovencito hasta justamente ahora cuando se te ha ocurrido que, bueno, quizás sea buena idea retomar el videojuego Darkest Dungeon donde lo dejaste hace años. Qué gozada artística es. Qué ajustado va todo. Bueno, la dificultad del final dicen que es desmadrada e injusta pero yo qué sé…hay videos mil de gente llorando por ver sus partidas echadas a perder por cosas cómicamente siniestras y casi aleatorias. En fin, habrá que volver a bajar allí.

Aún y con todo, parece más justo que el mercado laboral actual.

Sed felices.

Raúl Sánchez
Arriba es abajo, y negro es blanco. Respiro regularmente. Mi supervivencia de momento parece relativamente segura, por lo que un sentimiento de considerable satisfacción invade mi cuerpo con sobrepeso. Espero que tal regularidad respiratoria se mantenga cuando duerma esta noche. Si esto no pasa tienen vds. mi permiso para vender mis órganos a carnicerías de Ulan Bator.

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