Uno de los grandes placeres de coger vacaciones es el permitirme alejarme de estrenos televisivos y cinematográficos e inventarme mis propios ciclos de películas. Es lo menos que puedo hacer tras analizar la fallida tercera temporada de La casa del dragón, cuyos análisis tenéis en esta sacrosanta web. Así que mi deriva como espectador transcurrió, entre otros universos, por el terror gótico de los años noventa. En concreto, aquellas películas centradas en los tan conocidos como grandes monstruos clásicos: Drácula, Frankenstein, el hombre lobo, el doctor Jekyll, el hombre invisible y la momia. Figuras que protagonizaron grandes películas en la época clásica de la Universal allá por los años 30, y, posteriormente, con producción de la Hammer Films en los 50 y 60.
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No es el objetivo de este artículo centrarse en aquellas películas, sino dedicar un espacio a obras más olvidadas y, sobre todo, infravaloradas. No solo porque son películas con algunas virtudes (unas más que otras), sino por el intento de ofrecer adaptaciones diferentes a lo que se había realizado antes. Y eso es algo que deberíamos valorar, viviendo en una época en la que casi todas las películas comerciales parecen proyectadas desde los despachos o, directamente, por una inteligencia artificial.
Así que vamos a repasar, sin spoilers, las seis grandes adaptaciones de los grandes monstruos clásicos durante los años 90.
DRÁCULA DE BRAM STOKER (1992), de Francis Ford Coppola.

Sin lugar a dudas, la película que dio lugar a la fiebre del terror gótico de la década y la más querida por la crítica. Tras unos años 80 repleto de fracasos, el antaño poderoso Francis Ford Coppola regresó por todo lo alto con una tercera entrega de su saga El padrino (pese a que no llegaba a las cotas de las dos anteriores películas, la crítica la valoró como un digno final) y con esta Drácula de Bram Stoker, que bien podría haberse llamado Drácula de Francis Ford Coppola.
El director subvirtió la novela sumergiendo a la película en un excesivo tono romántico que fue todo un éxito. Convirtió a Drácula en un antihéroe capaz de las mayores barbaridades por amor. Y a Mina Harker en una mujer algo menos fiel que la de la novela. Poco importa cuando hablamos de una película que es capaz de atraer por igual a través del eros y el tánatos. O, mejor dicho, romanticismo y terror.
Nuestra crítica más detallada de Drácula, de Bram Stoker
FRANKENSTEIN DE MARY SHELLEY (1994), de Kenneth Branagh.

Con producción de un Coppola crecido tras el éxito de su Drácula, era cuestión de tiempo que se apostara por un Frankenstein. Si Drácula de Bram Stoker contaba con un gran reparto de actores en alza, como Gary Oldman, Winona Ryder, Keanu Reeves o Anthony Hopkins, aquí se colocó toda la carne en el asador.
Dirección de un Kenneth Branagh que venía de conquistar a la crítica en repetidas ocasiones: Enrique V, Los amigos de Peter o Mucho ruido y pocas nueces. Protagonismo además del propio director, acostumbrado a estar presente tanto delante como detrás de los focos. Y un reparto impresionante liderado ni más ni menos que por Robert de Niro como el monstruo.
Rodada con la misma intensidad que buscó aunar romanticismo y terror en Drácula de Bram Stoker, Frankenstein se diferencia de la anterior película en un enfoque menos barroco, más realista y mucho más hablado (lo que, por otro lado, concuerda con el tono de la novela original de Mary Shelley). Puede que lo excesivo de su tono no encaje tanto como lo hizo con Drácula, pero es una película injustamente infravalorada y superior, por ejemplo, a la reciente versión de Guillermo del Toro. Otra cosa (ni mejor ni peor, distinta) es la nueva versión de La novia! que se ha estrenado en 2026.
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LOBO (1994), de Mike Nichols.

Aprovechando el tirón, aunque Frankenstein no había obtenido los mismos resultados de taquilla que Drácula, se decidió por una adaptación bien distinta. Era el turno de el hombre lobo, personaje que hasta ha tenido su propia adaptación Marvel con La maldición del hombre lobo.
Lobo cuenta con Mike Nichols (El graduado) en la dirección, un reparto encabezado por Jack Nicholson y Michelle Pfeiffer e, incluso, banda sonora de Ennio Morricone. Pero no es una película más grande que la vida al estilo de la Drácula o el Frankenstein de los años 90.
Situada en el presente, narra como un amable y apocado editor literario es mordido por un lobo y comienza a experimentar cambios en su cuerpo. Así, la mordedura del animal funciona como metáfora del florecimiento del instinto en una sociedad invadida por las normas.
En este sentido, Lobo es un logro tanto por la contenida interpretación de Jack Nicholson como por una pausada sucesión de acontecimientos que van aumentando la intriga. Lástima que, cuando los lobos aparecen, la película se venga abajo. Los efectos especiales no han envejecido del todo bien.
Algo similar ocurre con la banda sonora de Morricone, con algunos temas interesantes y otros olvidables. Parece una película cortada en la que, además, contamos con la magnética presencia de Michelle Pfeiffer.
MARY REILLY (1996), de Stephen Frears.

Aunque Lobo fue un tremendo fracaso de taquilla, Hollywood continuó apostando por este renacer con Mary Reilly, adaptación de la novela de 1990 que, a la manera de Hamnet, supone una nueva mirada sobre una obra ya consolidada.
En este caso, la archiconocida historia del doctor Jekyll y Mr. Hyde es contemplada desde el punto de vista de su sirviente Mary Reilly. Ambos están interpretados, respectivamente, por John Malkovich y Julia Roberts en plenas cimas de su carrera.
A la manera de Lobo, Mary Reilly es una adaptación minimalista, prácticamente centrada en la casa victoriana del doctor Jekyll. Sus puntos fuertes son la extraordinaria ambientación victoriana con una Londres repleta de niebla y barro, las interpretaciones del dúo protagonista (aunque John Malkovich no alcanza la excelencia de los clásicos John Barrymore y Fredric March) y un duro retrato de la diferencia de clases en la Inglaterra victoriana que me recuerda a la magistral novela gráfica Desde el infierno, de Alan Moore, donde el autor denuncia la impunidad de Jack el Destripador por el mero hecho de asesinar a prostitutas.
Algo similar ocurre en Mary Reilly. Stephen Frears (Las amistades peligrosas, Los timadores) da más importancia al sufrimiento social de su protagonista que a la intriga de base. Aunque tiene momentos violentos y un ritmo que aumenta poco a poco la tensión, no termina de cristalizar ni como película de terror ni como romance. Eso sí, no mereció el reconocimiento que tuvo, con dos nominaciones a los Razzie.
LA MOMIA (1999), de Stephen Sommers.

Cuando la corriente del terror gótico noventero parecía destinada a desaparecer, con fracasos de taquilla y Razzies ya mencionados, el mayor éxito de esta revitalización de los monstruos clásicos vino de la mano de un género muy alejado del terror.
Porque, en lugar de remitirse al expresionismo alemán de Karl Freund en la película homónima de 1932, La momia es un excelente filme de aventuras, probablemente lo más cercano que ha estado cualquier largometraje de los trepidantes niveles de Indiana Jones.
La momia luce un ritmo endiablado y unos actores en estado de gracia. Mención especial a la brutal química entre Brendan Fraser (nunca ha estado mejor, ni siquiera en sus papeles dramáticos) y una Rachel Weisz que aún no había abrazado el prestigio crítico.
Y claro, los efectos especiales propios de finales de los 90 pueden haber envejecido e incluso lastrado la calidad de la película. Pero, por suerte, este es uno de esos filmes de aventuras en que no es tan importante qué se muestra sino cómo.
Crítica de La momia de Lee Cronin, nueva versión del mito del terror mucho más terrorífica.
EL HOMBRE SIN SOMBRA (2000), de Paul Verhoeven.

A Verhoeven ya llevaban años dándole palos con Showgirls y Starship Troopers (aquí retro-análisis); que si viejo verde, que si fascista…
El holandés, impermeable a todo tipo de crítica, aceptó el encargo de adaptar la novela de H.G. Wells, El hombre invisible, cuya versión más clásica es de 1933. También tenemos una posterior, muy recomendable, de 2020.
La película no es nada del otro mundo, un disfrutable entretenimiento que combina la ciencia ficción, grandes efectos especiales (esa primera transformación) y el terror final a lo Alien. Si acaso, lo más destacado es que este hombre sin sombra, a diferencia de las ansias de conquistar el mundo del original, tiene unos objetivos más terrenales y pasionales. Si conocéis la obra de Verhoeven, ya imaginaréis por dónde voy y que la película va sobrada de sexo y sangre.
Espero que este artículo os haya servido para recordar o acercarse a nuevas películas que merecen ser vistas.
¡Un saludo y sed felices!
¡Nos leemos en Las cosas que nos hacen felices!



