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Retro-Análisis: El Padrino Parte II (1974), a cincuenta años de su estreno

Así como lo hiciéramos en su momento con la primera película al cumplirse idéntico aniversario en 2022, revisitamos ahora El Padrino Parte II, secuela que, dirigida una vez más por Francis Ford Coppola y vuelta a protagonizar por Al Pacino, continúa la historia de los Corleone y, además de lanzar al estrellato a un joven Robert De Niro, viene a cambiar la historia de las segundas partes…

Bienvenidos sean al último retro-análisis del año, hoy para hacer revisión de El Padrino Parte II  (The Godfather, Part II), película dirigida, como la original, por Francis Ford Coppola y de cuyo estreno se cumplieron en estos días cincuenta años. Se trata de una de las primeras secuelas en ser consideradas y reconocidas casi al nivel de su antecesora (quizás con La Novia de Frankenstein como único antecedente), así como también la primera en ser acompañada en su título con una numeración, más la también inédita particularidad de ser precuela y secuela al mismo tiempo.

Tras el éxito de público y crítica de El Padrino (1972, aquí retro-análisis), Paramount tenía interés en rodar una continuación, pero Coppola no estaba interesado e incluso recomendó para dirigirla a Martin Scorsese (que venía de Malas Calles), lo cual no entusiasmó a la compañía. Cambió de opinión cuando se le ofreció control creativo completo más la suculenta cifra de un millón de dólares, exorbitante para los estándares de la época.

El guion volvía a estar a cargo del propio Coppola en colaboración con Mario Puzo, quien había escrito la novela original (que diera pie a la primera película), pero nunca escribió una secuela (en el futuro las habría, pero no de su pluma). Puzo, de hecho, ya venía trabajando en un guion desde 1971 (es decir, incluso antes de estrenarse la primera película) con el título provisorio La Muerte de Michael Corleone (la cual, por cierto, no termina ocurriendo en el filme).

La idea de Coppola era contar la historia en dos líneas temporales, siguiendo por un lado a Michael Corleone tras haber heredado el imperio criminal de su familia y, por otro, a su padre Vito en versión juvenil. Para este último papel, quería nuevamente a Marlon Brando, lo cual implicaba un esfuerzo de rejuvenecimiento que difícilmente hubiera terminado bien (ya sé que lo mismo se haría con Ian McKellen en la trilogía de El Hobbit, pero en otros tiempos y con otra tecnología).

Por fortuna y fiel a su estilo confrontativo, Brando se negó por gruesas diferencias con los ejecutivos de Paramount y ni siquiera aceptó estar presente para el flashback final en que volvemos a ver a la familia reunida. Quien sí aceptó estar en esa escena fue James Caan, aunque con la condición de que se le pagase por esos pocos minutos la misma cifra que había cobrado por su participación completa y mucho más protagónica en la primera película.

La elección para interpretar al joven Vito recayó en un joven y casi desconocido Robert De Niro que, a pesar de venir de la mencionada Malas Calles y de un puñado de tempranas realizaciones de Brian De Palma, no era aún conocido para el gran público masivo y hasta había audicionado para interpretar en la primera película a Sonny, papel que, sin embargo, terminó en manos del mencionado James Caan.

En todo el guion, De Niro pronuncia en inglés menos de diez palabras, lo cual significa que debió estudiar y practicar durante meses la correcta pronunciación del italiano y, sobre todo, la tonada y dialecto sicilianos, sin dejar de lado el esfuerzo por emular la particular modulación que al personaje imprime Brando en su versión mayor (devenida después en estereotipo del “hablar mafioso”).

Al Pacino repitió el papel de Michael Corleone, lo mismo que Diane Keaton el de su esposa Kay, John Cazale el de su hermano Fredo, Talia Shire el de su hermana Connie y Robert Duvall el del abogado Tom Hagen, amigo de la familia y casi un hermano más para Michael. Como curiosidad, un todavía desconocido Harry Dean Stanton interpreta a un agente del FBI, en tanto que el maestro del cine B Roger Corman y el escritor de ciencia ficción Richard Matheson (autor de Soy Leyenda) hacen de senadores en una interpelación a Michael Corleone que emula las audiencias federales de 1963 contra el mafioso Joseph Valachi.

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Marlon Brando no fue el único que no quiso regresar. Tampoco lo hizo Richard S. Castellano, que en la primera película había dado vida a Peter Clemenza, lo cual obligó a cambios en el guion para reemplazar su protagonismo por el de Frank Pentangeli, interpretado por Michael V. Gazzo (aunque sí aparece una versión juvenil de Clemenza a cargo de Bruno Kirby Jr.)

La fotografía volvió a estar a cargo de Gordon Willis y la banda sonora de Nino Rota con el agregado de algunas composiciones de Carmine Coppola, padre del director, e incluso una canción compuesta por su ya fallecido abuelo.  La película se estrenó el 12 de diciembre en New York y el 20 en el resto de los Estados Unidos. Veamos de qué iba…

La Historia

La trama, como hemos dicho, discurre en dos líneas temporales que se van alternando. La primera nos lleva a principios del siglo XX a Sicilia y más específicamente a Corleone, localidad que existe en la realidad y que está muy ligada a los orígenes de la Cosa Nostra. Allí, el mafioso local Don Ciccio hace prácticamente imposible la vida a los pobladores con mano de hierro y espíritu vengativo, lo que lleva al pequeño Vito Antolini a tener que huir de incógnito en barco hacia América tras ser muerta su familia por completo.

Ya en New York, le vemos formar una familia y crecer muy desde abajo con la colocación de alfombras o la importación de aceite de oliva, pero a la vez sufriendo la omnipresente y molesta presencia de un capo urbano local que se apropia tanto de sus beneficios como de los del resto de los integrantes de la comunidad italiana que allí, con su sacrificio, puedan haber logrado afirmarse con algún pequeño emprendimiento.

Hastiado, Vito buscará la forma de sacarlo de en medio y, una vez que lo logre, se convertirá para el barrio en una especie de héroe o justiciero popular sin perjuicio de erigirse al mismo tiempo en nuevo líder del crimen organizado en la escala local.

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La otra línea temporal nos lleva a finales de los cincuenta para mostrarnos a un Michael Corleone que, ya afirmado como líder mafioso y heredero de la tradición familiar, ha extendido su influencia a los casinos de Nevada, estado en el cual precisamente se ha asentado con su familia y en donde extorsiona al poder político por los permisos de habilitación correspondientes.

Paralelamente, Frank Pentangeli se ha quedado administrando sus asuntos en New York y llega a Nevada para pedirle ayuda a los fines de poner freno a los hermanos Cosaro, que están poniendo allí en peligro la hegemonía Corleone. Michael, sin embargo, se la niega porque estos tienen buena relación con Hyman Roth (Lee Strasberg), jefe de la mafia judía que viene colaborando estrechamente con él para expandir sus negocios en Florida e incluso, como veremos luego, en la Cuba prerrevolucionaria.

Entretanto, un intento de asesinato sufrido en su propia finca le vuelve terriblemente paranoico y desconfiado de su entorno, de sus socios e incluso de sus propios familiares, ante los que no vacilará en comportarse de modo frío y despiadado si las circunstancias lo requieren.

No es como la Primera…

Suele ocurrir que cuando revisiono una película después de muchos años la encuentro mejor de lo que la recordaba. No ha sido el caso: más bien al revés. Y ya sé que puede sonar a sacrilegio decir eso de un título tan icónico como El Padrino Parte II, pero en aquel momento me pareció que tanto esta como su predecesora estaban prácticamente al mismo nivel, al punto de hacérseme difícil determinar cuál de ambas era mejor. Años y décadas después, no me quedan dudas de que la primera es muy superior, lo cual no significa que su secuela (y precuela) no sea una gran película, pues vaya si lo es.

El Padrino Parte II es uno de los mejores filmes de mafia que se han hecho, pero no uno de los mejores de la historia del cine como lo es El Padrino. Y antes de entrar en detalle en los (muchos) méritos de la película que nos ocupa, me gustaría fundamentar esa afirmación de la cual me hago cargo…

Primero que nada, el personaje: Vito Corleone era (y lo sigue siendo en su versión juvenil a cargo de De Niro) un personaje completo y lleno de matices con el cual te sorprendías empatizando. Brando manejaba magistralmente una fina línea entre el jefe mafioso que mandaba matar a alguien y el abuelo cariñoso que jugaba con su nieto o acariciaba con dulzura un tierno gatito.

Y lo mismo puede decirse de Michael Corleone que, magníficamente interpretado por Pacino (un especialista en interpretar personajes que no terminas de definir si son buenos o malos), mostraba en aquella primera película una ambigüedad llena de grises al contraponer al padre de familia, abogado y marine con el despiadado líder en que las circunstancias y el legado familiar le acababan convirtiendo.

Aquel Michael era un personaje en proceso de cambio, atrapado entre un pasado al que quería aferrarse y un presente que se iba apoderando de su vida sin pedirle permiso. El de esta película, en cambio, carece de grises y allí reside uno de los principales problemas. Vito Corleone podía ser el más peligroso de todos, pero nos permitía a la vez empatizar y ello nos llevaba como espectadores a profundos dilemas y conflictos éticos…

Con este Michael es imposible: no hay nada que haga de contrapeso al detestable ser que golpea cobardemente a su esposa, gobierna cual dictador la vida de su hermana o no tiene vacilaciones en mandar matar a su hermano. Mientras Vito nos llena de aprensión al verle morir entre los tomates, a Michael queremos verle muerto todo el tiempo y acabamos decepcionados de que ello no ocurra.

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Lo de las líneas temporales, por otra parte, es una gran idea pero quita algo de clima. Cuando alguna de las tramas nos tiene enganchados, se corta y volvemos a la otra, siendo ambas radicalmente diferentes. Una es simple y directa pero efectiva, en tanto que la otra es por demás intrincada y con algún bache de guion.

La trama de Cuba, por ejemplo, entra algo traída por los pelos y sin que en ningún momento se nos hubiera hablado de que los Corleone tuvieran negocios allí o estuvieran pensando en tenerlos. De pronto y de buenas a primeras, vemos a Michael reunido con unos cuantos empresarios inescrupulosos y con Fulgencio Batista, pero no tenemos idea de cómo se ha llegado a eso.

Pero es una Gran Película…

Ahora los méritos. Hay que destacar el coraje del guion de Coppola y Puzo para construir un personaje con características tan viles y darle un lugar central en el filme. Y aunque parezca una contradicción con lo dicho antes (solo lo parece), es un innegable logro el saber desprenderse de cualquier moralidad y esquivar un final fácil del tipo “el que las hace, las paga”. Cuando Coppola, antes de aceptar, propuso a Scorsese para dirigir la cinta, no estaba tan mal encaminado.

Y las líneas temporales, por mucho que a veces corten clima, sirven para marcar a través de paralelismos lo contradictorio de ambos personajes. La escena en que Kay desata la furia de Michael al anoticiarle de que ha decidido abortar porque no quiere un hijo suyo, contrasta diametralmente con la que al momento siguiente nos muestra el nacimiento del propio Michael mientras de fondo y en modo canción de cuna suena el icónico e inconfundible leitmotiv.

Detalles tan geniales se pierden con la desafortunada y posterior decisión de Coppola de reordenar la historia cronológicamente al relanzar, a principios de los noventa, la trilogía en edición especial para medio hogareño. Parece mentira que el propio director no viera que eso quitaba fuerza a las imágenes al no tener el espectador la posibilidad de contraponerlas.

La Hora más Oscura…

La segunda película puede no ser mejor que la primera, pero es claramente más oscura, en consonancia con el descreimiento post Watergate que se había apoderado de la sociedad norteamericana en la primera mitad de los setenta. Y esa oscuridad no solo se aprecia en la historia sino también en la fotografía, particularmente en las escenas de interiores en que Michael discute, negocia, manda matar o confronta consigo mismo.

Como el personaje de Ciudadano Kane o el de La Dolce Vita, pero de modo más brutal, Michael ha perdido todo nexo con lo que fue y está cada vez más solo, tal como lo evidencia la escena final (algo que ocurre también en esas otras y habría que ver qué tanta casualidad es que una de ellas tenga idéntico responsable de la música).

Ve su mundo desmoronarse, pero en su orgullo y envanecimiento, no es capaz de autocrítica o mea culpa. Ello lo hace diferente a Vito e inclusive a su propia version pasada del filme original. Y la actuación de Pacino es una vez descomunal al ser mucho más lo que dice con su rostro que con las palabras. De Niro está igual de soberbio y Lee Strasberg compone a un magnifico antagonista.

Lo paradójico es que, a pesar de ser la película más oscura que su antecesora, no tiene escenas del mismo nivel de impacto. No es que sean poca cosa el tiroteo en pleno funeral o Vito abriendo en canal a alguien con un cuchillo (no diré a quién), como tampoco el disparo a quemarropa contra la madre de este o el cobarde y desgarrador (por lo creíble) golpe a Kay en pleno rostro. Pero no hay una escena comparable a la cabeza de caballo en la cama o a la terrible emboscada a Sonny, de un grado de violencia inusitado para el cine mayor de la época.

En cuanto a a las contradicciones antes señaladas, no se dejan ver únicamente al contraponer personajes sino que ocurren todo el tiempo, remarcando el contraste entre fiesta y muerte, opulencia y decadencia. La celebración de la comunión del hijo de Michael va en paralelo con él negociando a cara de perro con un senador (emulando lo que ocurría con aquella fiesta de casamiento en la primera película). Y algo semejante se aprecia en el arco de Cuba en que, como en La Máscara de la Muerte Roja de Edgar Allan Poe, los poderosos dan rienda suelta a lujos y placeres sin conciencia de lo que ocurre fuera de sus hoteles o casinos.

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La música de Nino Rota, por otra parte, vuelve a imponer su sello y si bien es cierto que repite en demasía el leitmotiv principal, también lo es que le va aplicando variaciones acorde a las circunstancias en un gran ejercicio de interacción con la historia.

Valoración y Legado

Aunque no alcanzó la recaudación de su predecesora, El Padrino Parte II fue también un éxito de taquilla y crítica en todo el mundo. Se quedó con seis premios Oscar (el doble que su antecesora), incluyendo mejor película, mejor director, mejor actor de reparto (Robert De Niro), mejor guion adaptado, mejor diseño de producción y mejor banda sonora original, asignatura que le había quedado pendiente a Nino Rota al no permitírsele competir con la anterior por incluir una pieza que ya había usado previamente en otra película.

Extrañamente y de manera inversa, El Padrino Parte II no obtuvo ningún Premio Globo de Oro a pesar de sus seis nominaciones, casi un espejo de lo que había sucedido con El Padrino, que se llevó en su año las cinco estatuillas a que había sido nominada.

Y volviendo a los Oscar, fue la primera oportunidad en que dos actores fueron premiados por interpretar a un mismo personaje (Brando y De Niro como Vito Corleone), algo que no volverá a repetirse hasta Heath LedgerJoaquin Phoenix, ambos como el Joker.

Quedará para el eterno debate si es mejor que su antecesora y si bien me he encargado de dejar clara mi postura al respecto, sé que muchos pueden tener una opinión diferente. De lo que no caben dudas es de que es una enorme continuación y que se atreve a dar un paso adelante en cuanto al grado de riesgo ofreciendo una perspectiva más oscura que la anterior.

De alguna forma, vino a romper con la tan repetida cantinela de que segundas partes nunca fueron buenas y, de hecho, se convirtió en la primera secuela en obtener el Oscar a mejor película (la siguiente será El Señor de los Anillos: El Retorno del Rey, sin haber más casos hasta el día de hoy), además de ser también y como hemos dicho, la primera en llevar un número de orden acompañando al título, decisión de Coppola que no gustó nada a Paramount, pero en la que el realizador se mantuvo firme y terminó teniendo razón.

Aunque El Padrino Parte II no tenga, al menos a mi juicio, el grado de perfección de la primera película, no se puede negar que, para lo alta que había quedado la vara, ha estado a la altura. Ni que su tono oscuro, descarnado y frío marcó, incluso quizás más que su antecesora, mucho del cine de gangsters que vendría después. Habrá que esperar dieciséis años para que Coppola decida contar un nuevo capítulo en la historia del clan de los Corleone, pero esa es justamente otra historia y ya hablaremos de ella…

Hasta la próxima y sean felices…

Rodolfo Del Bene
Rodolfo Del Bene
Soy profesor de historia graduado en la Universidad Nacional de La Plata. Entusiasta del cine, los cómics, la literatura, las series, la ciencia ficción y demás cosas que ayuden a mantener mi cerebro lo suficientemente alienado y trastornado.
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