Netflix le debe mucho a Mike Flanagan. Tras una década con varias películas de terror bastante modestas, el director sorprendió a todo el mundo con la magnífica La maldición de Hill House, que incluso le permitió encargarse de la difícil adaptación de la secuela de El resplandor, Doctor Sueño. Tras la más floja La maldición de Bly Manor, Flanagan vuelve a las andadas con su serie más personal, la primera que adapta un guión propio: Misa de medianoche, que analizo SIN SPOILERS.
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¿Merece la pena la nueva serie de terror de Netflix? Vamos a ello.
¿De qué va Misa de Medianoche?

La serie se centra en la humilde isla de Crockett Island, una comunidad de 127 personas, la mayoría pescadores que han perdido sus faenas tras un accidente con un barco petrolero. El comienzo de la historia se centra en la llegada a la isla de dos personajes: por un lado, Riley, el hijo de una de las parejas más creyentes del pueblo. Un hombre consumido por la culpa de haber matado a una chica en un accidente de tráfico mientras conducía borracho. Una culpa que no se ha expiado tras cuatro años de cárcel.
Por otro lado, la llegada del joven padre Paul, sustituto del antiguo párroco. Un cura que trae una nueva oleada de fe a la isla…
Vamos al meollo. La serie es exigente. Muy exigente. Y, de hecho, no es para todo tipo de público. Solo así se explica el contraste entre la alabanza crítica y la tibia recepción de los espectadores, que esperaban una versión mejorada de Hill House cuando Misa de medianoche es bien diferente.
Porque Misa de medianoche no es una serie de terror. Aunque hay terror, con momentos absolutamente brutales, descorazonadores y casi apocalípticos. Es un drama muy potente con ocasionales momentos de suspense. Y, como tal, voy a analizar la serie amparándome en estos dos aspectos.
EL DRAMA DE MISA DE MEDIANOCHE

La parte dramática es la predominante durante toda la serie. A lo largo de sus siete capítulos de poco más de una hora de duración, podemos decir que Misa de medianoche es lenta. Lo que no es necesariamente malo, porque Flanagan se toma su tiempo para desarrollar la historia.
Esto es especialmente palpable en sus tres primeros capítulos, en los que conocemos en profundidad a todos los personajes que desfilarán por la serie: los ya citados protagonistas, un sheriff musulmán, el alcalde y su hija en silla de ruedas, una doctora con una madre demenciada…
Este retrato de una comunidad devastada, absolutamente deprimida por la falta de expectativas, se realiza a través de larguísimos planos secuencia marca de la casa Flanagan, en la que dos o más personajes caminan y mantienen largas conversaciones sobre su pasado y sus anhelos. Conversaciones que, en ocasiones, se tornan monólogos. Lo fascinante de estas charlas se lo debemos al cuidado guión del propio Flanagan, pero es lógico que a los que esperen una serie más trepidante les acabe aburriendo.
Estamos hablando, por ejemplo, de que en cada capítulo hay, al menos, treinta-cuarenta minutos de conversaciones tan trascendentales como el qué pasa cuando morimos. Y el director planta la cámara fija durante varios minutos centrándose en lo que tiene que decir el personaje. Incluso la va acercando lentamente para conseguir dar un tono hipnótico a lo que está contando.
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Estas largas escenas se alternan con escasos momentos intrigantes. Una forma difuminada, sucesos extraños en el pueblo… Pero el tono dramático es el que manda. Para que, cuando llegue el terror, este sea devastador en la medida en que afecta a los personajes a los que tanto hemos conocido.
EL TERROR EN MISA DE MEDIANOCHE

Lo terrorífico no explota hasta bien pasada la mitad de la serie y, cuando lo hace, es de un gore brutal, alejado de lo fantasmagórico de Hill House. Pero esta es una serie en la que lo humano aterra mucho más que lo sobrenatural.
Misa de medianoche es una serie sobre la fe, que no sobre la religión. Sobre las adicciones, que no sobre el alcoholismo. Sobre los fanatismos, no sobre el catolicismo. Y sobre el miedo a la muerte transmutado en una violencia absurda e irracional.
Y Flanagan no escapa a ninguno de estos temas. De hecho, ahonda en ellos a través de los mencionados monólogos, que acaban teniendo su conexión con el final de muchos de los personajes de la serie, todos ellos magníficamente interpretados, aunque me quedo con un soberbio Hamish Linklater como el padre Paul, desde ya uno de los personajes del año; y la odiosa Beverly, interpretado por una magnífica Samantha Sloyan.
El problema es que, si bien la conexión drama-suspense está perfectamente medida en la primera mitad de la serie, cuando el terror se adueña de esta en la segunda mitad la parte dramática mantiene ese tono expositivo, didáctico y aleccionador que acaba por volverse repetitivo, lo que resta impacto a una serie absolutamente devastadora en su mensaje.
En definitiva, Misa de medianoche es una notable serie de Netflix que confirma el talento para el horror de su creador en su producto más personal. Retrato de una comunidad en época de vacas flacas y como en este entorno es más fácil caer en el fanatismo absurdo, la serie se beneficia de un reparto magnífico y un tratamiento de temas trascendentales que no se ve en cualquier serie. Lástima que la mezcla de géneros no termine de cuajar en su segunda parte. Si no, estaríamos ante la serie del año.
Enlace a Misa de medianoche en Netflix.
Un saludo y sed felices!



