Con su noveno episodio, estrenado hoy para España, ha llegado a su final la primera temporada de The Shards (Fragmentos, para América Latina), la nueva serie de Ryan Murphy que, basada en la novela homónima de Bret Easton Ellis, se puede ver en Disney+. Te contamos de qué va, qué nos ha parecido y qué se puede esperar de una hipotética segunda temporada.
Si hay un creador prolífico, ese es Ryan Murphy, pues el responsable de la ya mítica American Horror Story (se estrena en unos días la temporada 13) ha estrenado nada menos que siete series en los últimos dos años y medio. The Shards, la más reciente, está basada en la novela de idéntico título de Bret Easton Ellis (autor, entre otras, de la exitosa American Psycho), lo cual redunda en una poderosa combinación al estar además este vinculado al proyecto como cocreador, productor ejecutivo e incluso asesor de guion.
Como ocurre normalmente con las obras de Ellis, la novela, publicada en 2023, fue un éxito editorial que en España se publicó como Los Destrozos, por lo que llama la atención que para su adaptación se haya preferido el título original en inglés. Y se trata básicamente de un thriller juvenil en formato de metaficción, pues el autor monta una historia de crimen sobre sus propias experiencias autobiográficas e incluso se pone como protagonista.
Inicialmente fue desde HBO que se interesaron por llevar la novela a la pantalla, pero diferencias creativas fueron dando por tierra con el proyecto, que acabó en manos de Murphy después de quedar este prendido a la lectura del libro y reconocer vivencias y situaciones de su propia adolescencia a principios de los ochenta.
La Historia
El relato en off que nos acompaña a lo largo de toda la temporada está a cargo del protagonista principal Bret (Igby Rigney), joven que asiste a un prestigioso colegio de Westwood, en las afueras de Los Angeles, y cuyos padres, de los que poco y nada sabemos, se hallan de momento en Europa. Sueña con ser algún día escritor y está, de hecho, escribiendo una novela titulada Menos que Cero (justamente como el primer éxito editorial de Ellis) y su admiración por Stephen King lo lleva a asistir al estreno de El Resplandor, es decir que estamos en 1980.
La película lo decepciona por tener poco que ver con el libro (una de las clásicas críticas que los más fundamentalistas lectores de King hicieron a la adaptación de Kubrick), pero queda impactado por la presencia de un joven desconocido, según sus palabras tan atractivo como una estrella de cine.
Saltamos al año siguiente y se inicia el último año de preparatoria. Nos enteramos que Bret está enamorado de su amiga de infancia Susan (Kaia Gerber), sobre quien nunca se animó a avanzar más de la cuenta y que, para colmo de males, se halla en pareja con su amigo Thom (Graham Campbell).
Él tiene de todas formas su propia novia llamada Debbie (Hayes Warner), que luce precisamente el cabello como Debbie Harry (vocalista de Blondie) y es hija del director de cine Terry Schaeffer (Wes Bentley) y de Liz (Evan Rachel Wood), mujer alcohólica e insatisfecha en la medida en que su esposo prefiere más bien invitar jóvenes apuestos a su jacuzzi privado. Y que esconde un secreto, pero no quiero espoilear…

Bret es de todas formas bisexual y, mientras que la relación con Debbie es la que muestra en público, ello no le impide sostener una a escondidas con Matt (Owen Painter), joven adicto que vive en la casa de huéspedes de sus padres y que, a decir verdad, toma la relación con menos seriedad que él y prefiere dedicarse más a la marihuana.
En cuanto a Susan, es la muchacha más popular del colegio, pero también la presidenta del centro de estudiantes y justamente por ella se entera Bret que hay un alumno nuevo, llamándole la atención que alguien se incorpore en el último año y asista a clases en Westwood viviendo en Beverly Hills. Su nombre es Robert Mallory (Homer Gere) y arrastra su propia historia personal, pues parece que sus padres se separaron y su madre murió al poco tiempo en un accidente, tras lo cual se mudó a Los Angeles con su abuela.
La mayor sorpresa de Bret al conocerlo, sin embargo, es comprobar que es el mismo joven que un año antes viera en el cine, pero cuando le pregunta al respecto, este niega siquiera haber visto El Resplandor.
Una serie de misteriosos hechos comienzan a ocurrir. Dos jóvenes muertas por un asesino serial al que la prensa comienza a llamar el arrastrero, asaltos que terminan en violentos asesinatos, desaparición de jóvenes e incluso de mascotas, y una secta llamada Jinetes del Más Allá, que parecen herederos del clan Manson y hasta actúan en su misma zona. Sin embargo, no parece haber un hilo conector entre todo eso.
El Horror y la Pulcritud
Sabida es la tendencia de Ryan Murphy a la desmesura y la exageración tanto visual como conceptual. Y aquí se encuentra como pez en el agua, ya que la novela original no lo cohíbe en tal sentido, sino que, por el contrario, lo alienta.

Acentuando el contraste con las horrendas imágenes de asesinatos, cada detalle estético es pulcro y refinado. Los jóvenes, casi de aviso publicitario, lucen como recién salidos de peluquería y los autos de un lavadero. Y si hay persecución, que sea entre un Mercedes y un Porsche.
De no ser por el componente de thriller y las imágenes gore, podríamos estar viendo una versión más oscura de Sensación de Vivir o una de Los Vigilantes de la Playa sin tanto mar, aunque sí con cámaras lentas (menos clicheras, pero tampoco mucho: no esperen Brian De Palma). Y no faltan guiños cinéfilos, remitiendo el más evidente, ya en el último capítulo de la temporada, al filme El Padrino (aquí retro-análisis de un servidor).
Los asesinatos de características escabrosas y en un marco juvenil remiten desde luego también a slasher, así que no hay casi presencia policial (y cuando la hay, ineficiente) y los adultos, salvo Schaffer y su esposa, aparecen bastante poco, como si vivieran en un universo diferente al de los jóvenes.
Y dado que es una historia con un elenco físicamente atractivo en contexto de iniciación sexual, no puede tampoco faltar el toque erótico, aunque tengo entendido que el mismo no es tan explícito como en la novela original (no la leí) y quizás la mejor demostración sea que la escena de más alto voltaje no nos es mostrada, sino narrada en off.
Todo suena a visto, desde ya, pero la serie parece ser consciente de ello, como si Ryan Murphy asimilara la estocada de tanta crítica que se le ha hecho y redoblara su apuesta por la exageración, valiéndose de la misma para hacer bien visibles los contrastes: el horror bajo la aparente perfección.
Para quienes hemos vivido la década y, sobre todo, sido jóvenes en ella, los ochenta están muy bien recreados con su cultura del videoclip (según Bret, el futuro del arte), sus VHS, sus tiendas de discos Tower, sus cintas Maxell de noventa minutos (si las habremos grabado y regrabado) o la música representativa de la época como Duran Duran, The Stranglers, The Buggles o The Human League. Y no faltan, por supuesto, la cocaína, la marihuana ni el clonazepam .

Pero el mayor acierto al recrear la década no está de todos modos allí, sino en saber reflejar los valores de la época sin caer en el absurdo anacronismo, tan común hoy, de poner en boca de los personajes un discurso más actual y acorde al mensaje que, se supone, habría que dar en estos días. La homosexualidad, por ejemplo, no es vista con los ojos de hoy, sino con los de los ochenta y ni los personajes ni la serie muestran culpa por ello. Y todos fuman en todos lados, como ocurría entonces…
No todas las actuaciones están a la misma altura, pero del elenco juvenil se destacan particularmente Igby Rigney en el rol principal y Graham Campbell en el de su amigo Thom, personaje cuya paranoia y odio hacia Robert van creciendo a medida que este se acerca cada vez más a Susan y pareciera a ella no molestarle.
Por cierto, Kaia Gerber está muy bien interpretando a esta última y, al ser hija de Cindy Crawford (notable el parecido), aporta a la iconografía de la serie y, por qué no, al morbo. Es que Homer Gere, quien encarna a Robert, es de hecho hijo del actor Richard Gere, en su momento esposo de Crawford y, como ella, icono de los ochenta. Dado que la pareja no tuvo hijos, la serie juega pues un poco con la fantasía de que sí e incorpora a la ecuación un componente falsamente incestuoso, pero atractivo…

Entre los adultos, se destacan especialmente Evan Rachel Wood en el papel de la esposa de Schaffer y Jordan Roth en el de Steven, andrógino fotógrafo que oficia como asistente del anterior y que, metiche y manipulador, luce como una mezcla de David Bowie y Andy Warhol.
Balance de Temporada
En definitiva, The Shards termina siendo, con sus nueve episodios, una propuesta entretenida si uno sabe qué esperar y no le dan urticarias ante tanta pulcritud y jóvenes bonitos, pues a eso es a lo que precisamente apuesta una estética que, deudora en gran medida de la publicidad y el videoclip, busca chocar de tan perfecta.
Si a ello sumamos una correcta fotografía, una atractiva recreación de los ochenta y un thriller que, con los giros y secretos que de los personajes van saliendo a la luz, mantiene el suspenso hasta el final, el cóctel está servido para disfrutar si no se tienen demasiadas pretensiones.
¿Tendrá segunda temporada? Pues de momento nada se ha confirmado, aunque se ha dado a esta un final bastante abierto (demasiado, quizás), además de que ya Ryan Murphy había manifestado tener conversaciones con el escritor Ellis para tres temporadas, así que no sería de descartar que la historia sea continuada aun en ausencia de libros. Por lo pronto, se sabe que la idea es seguir más allá del último año de preparatoria y dar protagonismo especial al HIV, flagelo de la época…
Eso sí, conociendo las desmesuras habituales en Murphy, el posible estiramiento nos hace temblar un poco al pensar que ya no tendrá una novela como marco para contenerle.
Hasta la próxima y sean felices…



