De los choques generacionales entre frikis

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Bienvenidos, auténticos creyentes, a La Tapa del Obseso, la sección de Raúl Sánchez.

Aunque no lo creas, estimado lector, esto que está pasando ha pasado antes y volverá a pasar. Lo de la gente joven despreciando a los viejos por no entender su nuevo mundo, lo de los viejos creyendo que la gente joven no es tan lista como en sus tiempos. La pelea cultural entre los jovenes y los viejos de cada época es una constante histórica. En los años 90, que es cuando yo era adolescente, los adultos de la época estaba muy preocupados por los juegos de rol, a los que atribuían el poder de convertir a los adolescentes en asesinos y violadores. En las televisiones españolas se censuraban las escenas de Bola de Dragón en las que aparecía Bulma desnuda y tuve que aguantar en la facultad de Psicología a señores catedráticos hablando del peligro del manga y de las cartas Magic. Prácticamente nadie sabía quien era Lobezno o Aragorn más allá de dos o tres inadaptados que nos daba por leer cómics. Ah, y la música noventera era, claro, una aberración comparada con la de los sesenta/setenta/ochenta o demás. Todo mal. Habíamos crecido en la década equivocada. Qué mala suerte.

Cels Piñol, describiendo todo esto en los años 90 del pasado siglo

Como parte de la cultura que son los cómics, los videojuegos o los juegos de rol todo este bello y eterno enfrentamiento no iba a ser menos. Así estamos los que estamos ya pasando las tres décadas leyendo comics de superhéroes frente a quienes han crecido con internet desde siempre. Creo que la barrera cultural entre las generaciones frikis viene de ahí: de quienes vivimos el mundo pre-internet y quienes han vivido siempre con internet en sus vidas. Sería fácil y tramposo escribir algo sobre la magia maravillosa del pasado y la decadencia del presente, como si fuéramos una mala copia de Tolkien, pero ni lo pienso ni lo haré. También lo sería tirar por tierra todo el pasado, descontextualizarlo y arrojarlo al basurero de la historia simplemente por no haber sucedido hace 5 minutos o por no tener serie en Netflix, diciendo que quien no pueda adaptarse a los nuevos tiempos que se muera, porque tampoco lo pienso ni lo haré. Aunque es entendible que sea inevitable que estas dos tendencias para referirse a la otra generación se hayan repetido y repitan en el futuro.

Del tópico del freak con canas y/o gordo que no quiere bajarse de los cómics o películas ochenteras se ha hecho todo tipo de sangre, y puede que con razón. El frikismo en los 80-90 era algo a lo que se acercaban los raros, los gafotas, los empollones, los tímidos, los que no tenían habilidades para hablar con las chicas, los que recibían collejas y los que solían, casi siempre, estar solos. Mucha gente poco convencional, mucha gente que destacaba del resto de la clase por su forma de ser o sus gustos muy muy raros. Yo no sé si he conocido a alguien de esa época que pasara por normal en su clase o familia. Apostaría a que los trastornos mentales y las personalidades extremas eran mucho más comunes que en la población normal. También las autoestimas hechas añicos, a veces para siempre. Había todo un espíritu defensivo ante el mundo exterior hostil, convertíamos nuestras aficiones en identidad fuerte, en fortalezas en las que no dejábamos entrar a nadie. Sonábamos entonces como suenan hoy los aficionados a coleccionar sellos: algo desconocido y extraño para el 99% de la población. Con el añadido que sólo conocíamos a posible gente de nuestro entorno más cercano, pudiendo ser posible que nos pasáramos años antes de encontrar a alguien con nuestra misma aficción. Yo empecé a leer superhéroes con 10 años y no me encontré a otro aficionado a cómics de superhéroes hasta casi los 30 años, algo impensable hoy con internet. En general, nos comimos soledad por tres carriles.

Todo esto no lo escribo por dar pena o demás. Se ha criticado hasta la saciedad todo lo que he escrito, incluido el más que descarado machismo, que no era más que uno de los miedos a que no nos dejaran nuestro resguardo de la sociedad como nosotros queríamos. Pero partiendo de todo lo que es cierto también deberíamos hablar de lo que nunca se habla: los que sostuvimos a la industria del cómic, los que aupamos a los videojuegos cuando eran una cosa propia de aprendices de psicópata, los que mantuvimos el interés por Tolkien o Philip K. Dick estuvimos durante mucho tiempo siendo como los monjes del medievo. Unos pocos sujetos aislados del mundo, extraños y criticables en demasiadas cosas pero que mantuvieron la cultura entre sus paredes hasta que la imprenta (o internet) apareció para poder divulgar todas aquellas maravillas. Eso también es verdad, y sería impensable todo el cine de superhéroes o los videojuegos a día de hoy sin aquella pasión malsana para hacernos olvidar de vez en cuando los sinsabores del día a día.

Y la generación actual, los jóvenes de ahora, lo han recibido. Las películas de superhéroes, las series, los videojuegos de rol que ya no son sólo arrodillarse ante Baldur´s Gate. No sólo el frikismo sobrevivió a nosotros, sino que pasó a otra generación, que ha puesto sus gustos, los valores de su época y sus prioridades en lo que nosotros ya amábamos. El Spider-Man de los años 70 en los cómics pasa en otra generación a ser el Spider-Man que aparece en el videojuego estupendo de Playstation 4. No hay Tom Bombadil en las películas de El Señor de los Anillos y Arwen es mucho más protagonista que en los libros, y da igual: son millones los que al irse a dormir sueñan con matar orcos en el abismo de Helm, los que compran anillos élficos para regalar a su pareja y los que admiran a Frodo. Lo esencial, ser feliz con la ficciones que amábamos, ha sobrevivido una generación más. A mí es lo que me vale. Soy feliz con lo pasado, con lo presente y una parte de mi pasado va a sobrevivir.

Hay que comprender también que las generaciones actuales han crecido en el infinito cultural de internet, en el que todo cómic, película, videojuego o foro de gente con opiniones afines está a segundos de teclear. El frikismo moderno es mayoritario, no está enclaustrado en ningún bunker: la popularización de lo que guardamos en nuestras estanterías ha hecho que no se escondan y hablen incluso en la oficina de qué serie de superheroes ven o qué videojuego quieren jugar. Claro que desprecian, a veces sin razón, lo que pasó antes que ellos. Claro que ven mil pegas de todo tipo a Los Simpsons, a Friends o a El Jueves de los años ochenta. Eran productos de nuestra época, no de la suya. Claro que muchos creen que el mundo ha empezado cuando nacieron ellos. Nos pasó a nosotros: cómo no les va a pasar a ellos. Y les pasará a los que venga después, criticando a saber qué a Rosalía, a Fortnite y demás.

Pero a pesar de tender, como es normal, a despreciar casi todo el pasado por los valores de su presente son los nuevos frikis los que están dando vida a los superhéroes, a los juegos de rol, a los juegos de mesa y a los videojuegos. Lo hacen apoyando cosas  diferentes, pero estupendas. El mejor videojuego de rol occidental de siempre es The Witcher 3, que es de 2015.  Puede que una de las mejores sagas de cómics de El Castigador sea la segunda de Garth Ennis, de este siglo también. Ya no hablamos de la explosión de los juegos de mesa o las mil películas de superhéroes. Los nuevos frikis ya no son sólo chicos que estaban solos en el patio, ya son mayoría en las clases. Hay mujeres entre el mundo freak, y leen muchísimo manga, haciendo que la oferta de estos sea inmensamente más variada que cuando lo leíamos casi solo chicos, cómo no vamos a agradecer que lo compren. O que se metan en foros a hablar de cómo han jugado al Dragon´s Age: Origins, con muchísimas contando qué elecciones habían hecho y a qué final habían llegado. Gracias a ellas tuvimos juegos de rol fantásticos como ese. Los nuevos frikis se relacionan con las nuevas frikis y hay menos posibilidades que esas aficciones que amamos lleven a tantos hombres a no saber cómo relacionarse con mujeres…y al revés. A mí me parece maravilloso todo intento, por tramposo que sea, que a veces es así, de incluír a mujeres en videojuegos, cómics o demás.

Todo lo que sea que el frikismo no sea un guetto y sea de todos me parecerá, siempre, estupendo. Aunque sacrifiquemos esencias por el camino. Yo hubiera preferido en mi adolescencia menos esencias y más gente atlética leyendo cómics, más chicas jugando al Street Fighter 2. Yo hubiera preferido sentirme y estar menos solo. Yo hubiera preferido ser menos especial y más normal. Ya todo aquello ha pasado, ya no me siento solo, ya he conseguido sentirme normal, ya no vivo en un guetto mental. Hago esfuerzos enormes por tener amigos que no piensan políticamente como yo, que no tienen nada que ver conmigo. Me parece básico en la vida no volver a ninguna reserva espiritual, toda idea de pureza es peligrosísima y personalmente triste. Y me alegro muchísimo que leer comics, jugar a videojuegos o gustarte Spider-Man sean cosas que al fin dejaron de ser sinónimo de estar o sentirte solo, de pertenecer a no sé qué hermandad suprema intelectual. Ya son algo de todos, como se puede aprender maravillosamente al leer “Las estrellas, mi destino” de Alfred Bester, del que hablamos en este post. Hemos dejado de ser los raros. Hemos vencido. Tras tantos años. Sólo queda seguir disfrutando, con los y las frikis jovenes, de las cosas estupendas que están saliendo ahora.

Sed felices.



el autor

Arriba es abajo, y negro es blanco. Respiro regularmente. Mi supervivencia de momento parece relativamente segura, por lo que un sentimiento de considerable satisfacción invade mi cuerpo con sobrepeso. Espero que tal regularidad respiratoria se mantenga cuando duerma esta noche. Si esto no pasa tienen vds. mi permiso para vender mis órganos a carnicerías de Ulan Bator.

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