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Retro-Análisis: Flash Gordon (1980). Absurda y a la vez sublime space opera

Hoy revisitamos Flash Gordon, la película de Mike Hodges que, estrenada en 1980 con producción de Dino de Laurentiis e icónica música de Queen, rescatara a uno de los más clásicos personajes de cómic en forma bizarra pero atractiva.

Bienvenidos a un nuevo retro-análisis, hoy para mí especialmente emotivo por dos razones: en primer lugar, porque Flash Gordon, a la par de Batman, Superman o Spider-Man fue uno de mis primeros héroes de cómic; en segundo lugar porque el estreno de la adaptación que nos ocupa marcó fuerte una parte de mi adolescencia (y quizás la de muchos).

Lo curioso es que Flash Gordon no fue éxito en Estados Unidos (más bien una decepción de taquilla), pero sí en el resto del mundo, particularmente Europa (sobre todo Reino Unido) y Latinoamérica, donde se estrenó en 1981 coincidiendo con el gran suceso de la gira de Queen: mejor tráiler imposible, sobre todo porque la banda hacía en sus shows el tema principal y Freddie Mercury lucía en el escenario una casaca como la del personaje.

Los Orígenes

Pero esta es una historia que nace mucho antes y en el cómic: Flash Gordon fue creado por el inmenso Alex Raymond en 1934 para la editorial King Features Syndicate. En ese momento fue concebido como competencia de Buck Rogers, considerado al día de hoy como la primera historieta de ciencia ficción, pero mientras que este nació a partir de dos novelas cortas y fue llevado después a tira de prensa, Flash Gordon lo hizo propiamente en el cómic.

Aventurero que surcaba el espacio en compañía de su novia Dale Arden y el científico Hans Zarkov, tenía como principal antagonista a Ming, cruel tirano que gobernaba el planeta Mongo y en quien muchas veces se ha visto una crítica contra los totalitarismos que por esa época asolaban Europa: su tipo físico, sin embargo y al igual que el nombre, estaba más cerca del estereotipo asiático estilo Fu-Manchú, tan instalado por esos años.

Raymond estuvo a cargo del guion y los dibujos de Flash Gordon hasta finales de los cuarenta, pero ya a partir de los cincuenta y hasta 1990, su lugar fue tomado por otro grande: Dan Barry . Tengo un especial cariño por esa etapa porque con ella conocí al personaje, ya fuera por las publicaciones mexicanas de Editorial Novaro o las tiras que aparecían en El Tony, primera revista argentina con contenido exclusivamente dedicado a historietas. Barry le dio a Flash Gordon un carácter más científico en consonancia con los últimos avances en la carrera espacial e incluso un nuevo enemigo: los temibles skorpii.

Antes de pasar a la película que nos ocupa, una última nota de color sobre el cómic: en algunos países latinoamericanos, el personaje fue durante algún tiempo conocido como… Roldán, El Temerario (???).

El Proyecto

Mucho antes de la película que nos ocupa y apenas dos años después de la primera publicación del cómic, Flash Gordon tuvo ya en 1936 un serial para cine protagonizado por Buster Crabbe, que sería después seguido por otros dos. Los tres serían más tarde compilados como largometrajes e influirían enormemente sobre la infancia, adolescencia o juventud de grandes cineastas como Federico Fellini o George Lucas. Ambos, de hecho, intentaron en los setenta llevar el personaje a la pantalla con una gran superproducción.

Fellini llegó incluso a adquirir los derechos a Dino De Laurentiis, quien los había adquirido previamente y producido la mayoría de sus películas: problemas de agenda, finalmente, hicieron que el prestigioso director italiano (lástima) nunca llegara a plasmar el filme.

Lucas, por su parte, ni siquiera consiguió que De Laurentiis le vendiera los derechos, pero nunca fue para él un problema que le dijeran que no y, fiel a su estilo, decidió hacer su propia película. Sí, adivinaron: Star Wars (algo semejante a cuando acabaría produciendo Willow tras no conseguir los derechos de El Señor de los Anillos). Es fácil reconocer la influencia de aquellos viejos seriales en la saga Star Wars, ya sea en esos textos que se proyectan hacia el espacio, en la música claramente inspirada por Gustav Holst o en una princesa Leia que, algo más light, hace acordar bastante a Aura, hija de Ming.

Descartados Fellini y Lucas, De Laurentiis fue en busca de otro fan del cómic original: Sergio Leone. Tan fan, de hecho, que no aceptó hacerse cargo del filme en cuanto supo que no era fiel a las tiras de Raymond que idolatraba. Se barajó entonces a Nicolas Roeg y ya estaba todo dispuesto para que el rodaje largara en 1977, pero nuevamente hubieron desavenencias, solo que al revés: esta vez fue De Laurentiis quien no quedó conforme con el tono y el rumbo que el director quería dar al filme.

Pero se empezaba a terminar la década y había un panorama distinto para la ciencia ficción. Star Wars había revolucionado todo y no dejaba de ser una ironía que la película que Lucas había hecho en despecho por no poder acometer la suya propia de Flash Gordon, allanara el camino para que la industria (y particularmente Universal Pictures) viera con buenos ojos el proyecto.

Quizás cansado de tanto roce, De Laurentiis decidió esta vez ir en busca de un director menos estrella y este fue el británico Mike Hodges, quien, de todos modos, no era un don nadie: acreditaba en su haber títulos como Get Carter o Pulp (ambas protagonizadas por Michael Caine) y estaba ya empapado en la ciencia ficción por haber dirigido El Hombre Terminal, adaptación de la novela homónima de Michael Crichton con George Segal en el papel principal.

El elegido para el guion fue Lorenzo Semple Jr. Si se considera que había sido guionista de muchos episodios de la serie Batman de los sesenta, ya estaba claro el rumbo que De Laurentiis quería para la película: el de una comedia del absurdo en el estilo, por ejemplo, de Barbarella (Roger Vadim, 1968), que él mismo había producido. La pregunta, claro, es si estaba en la década correcta para que ese tipo de propuesta tuviera buena acogida…

El Elenco

Sam J. Jones no fue la primera opción para interpretar a Flash Gordon, sino Kurt Russell, quien no quedó convencido por lo “infantil” del guion. También se barajó a Arnold Schwarzenegger, quien venía de ser Mr. Universo y Mr. Olympia pero no había aún ganado fuerza de ícono en el cine (faltaban algunos años para Conan y Terminator): el principal motivo para no asignarle el papel, sin embargo, fue su fuerte acento austríaco.

En cuanto a Sam J. Jones, que resultó finalmente el elegido, siempre he dicho que tiene perfil de actor por-no (perdón que lo escriba así, pero si pongo la palabra, el logaritmo de Google me hunde en las búsquedas) y la verdad es que su experiencia previa al filme no andaba tan lejos, pues, bajo el seudónimo de Andrew J. Cooper III, había sido modelo para la revista Playgirl, versión femenina de Playboy. En cine, su única experiencia era un pequeño papel en 10 La Mujer Perfecta, de Blake Edwards.

Apenas supo que audicionaría para Flash Gordon, Jones se tiñó el pelo de rubio oxigenado. No sabemos si eso influyó, pero se quedó con el personaje. No tenía mucha idea de actuación, pero tampoco mucho de qué preocuparse cuando la elegida para coprotagonizarlo tampoco la tenía: Melody Anderson, una completa debutante en cine con solo algunas participaciones televisivas, fue quien se quedó con el personaje de Dale Arden.

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Pero si la pareja principal era incapaz de aportar mucho desde lo actoral, distinto era lo que ocurría a su alrededor: Max Von Sydow, nada menos, daba vida a un magnífico emperador Ming; una solvente Ornella Muti a la princesa Aura; Mariangela Melato, otra italiana, a la general Kala; Timothy Dalton (más tarde James Bond) y Brian Blessed aportaban su oficio interpretando respectivamente a los príncipes Barin y Vultan. Sobreactuado, en cambio, Chaim Topol en el papel de Zarkov.

La Historia

La película comienza igual de delirante que el cómic. Una serie de desastres naturales sacuden a la Tierra mientras llueven meteoritos y la Luna se ha salido de su órbita con peligro de colisión. Uno de los meteoritos, justamente, impacta contra el ala del avión en que viajan el jugador de fútbol americano Flash Gordon (en el cómic jugador de polo) y la agente de viajes Dale Arden. La aeoronave, de todas formas, es atraída por el rayo de Hans Zarkov, científico excéntrico que tiene su base oculta en las Rocallosas tras haber sido rechazado por todos los círculos académicos, pero que es el único que entiende qué está pasando…

El origen de tanto desastre está ubicado en un lejano planeta hacia el cual planea Zarkov dirigirse con la nave que él mismo ha diseñado, pero que no puede pilotar sin compañía (digamos que no la diseñó muy bien entonces), por la cual secuestra a Flash y Dale a punta de pistola.

Nunca queda claro cómo piensa Zarkov solucionar el problema una vez en el planeta, pero llegados al mismo, resulta que el mismo se llama Mongo y está gobernado con mano férrea por el temible emperador Ming, que es quien está detrás de todas las calamidades que, solo por aburrimiento, ha abatido sobre la Tierra.

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No todos en Mongo están conformes con la dictadura de Ming: allí están los pueblos subyugados como las tribus de Arboria, los hombres-halcón, los hombres-lagarto y los hombres-tiburón, pero les falta un héroe y líder capaz de unirlos y lo encontrarán en Flash. No faltan los triángulos y romances cruzados, ya que Ming convierte a la novia de Flash en su objeto de deseo y la princesa Aura a Flash en el suyo. A la larga, se anuncia una batalla épica.

Estética del absurdo

Vamos a dejar algo en claro: en Flash Gordon todo es ridículo. Y es la idea. ¿Se podía esperar otra cosa habiendo contratado al guionista del Batman sesentero? Algunos podrán decir, con justicia, que la película llegó a los cines por “efecto Star Wars” (a su vez, paradójicamente, influida por los cómics y seriales de Flash Gordon), como también que el encapuchado y enmascarado general Klytus (ausente en los cómics) hace acordar demasiado a Darth Vader. La tendencia estaba instalada y era inevitable, pero a no confundirse: esto no es Star Wars.

Ya desde la estética, se advierte una tendencia deliberada a la exageración y a un barroquismo que remite en buena medida a los cómics de Raymond, pero también a El Mago de Oz (la capital de Mongo tiene mucho de Ciudad Esmeralda y los hombres-halcón de los monos voladores) y hay mucho tributo a los sesenta, siendo la mencionada Barbarella la referencia más obvia.

No deja de ser extraña la paradoja de que decorados y vestuarios luzcan bizarros, pero decir que son baratos es una infamia: por el contrario, son bien lujosos y llenos de estilo, con un formidable trabajo de Danilo Donati, quien acreditaba una larga experiencia en el cine italiano trabajando para directores como Federico Fellini (Satyricon, Casanova, Roma, Amarcord), Pier Paolo Pasolini (El Evangelio según San Mateo, El Decamerón, Los Cuentos de Canterbury, Saló o Los 120 Días de Sodoma) o Franco Zeffirelli (Romeo y Julieta, Hermano Sol Hermana Luna): casi nada, ¿verdad? Por cierto, el traje de Ming pesaba unos treinta kilos. De barato nada: lo que luce barato es porque así quiere lucir…

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La paleta de colores es igualmente maravillosa, tanto en la corte de Ming como fuera de ella, con esos cielos intensamente festoneados de rojo y azul que me hubiera encantado ver en Star Wars. El tratamiento cromático bien chillón tiene mucho de homenaje al cómic y no es casual que la película se inicie con viñetas que se suceden vertiginosamente: en Marvel creen que inventaron algo…

No tiene sentido juzgar la historia por su verosimilitud. Insisto: todo es absurdo. Y si uno acomete el visionado de la película buscando racionalidad, no encontrará sentido alguno a que los habitantes de Mongo hablen el mismo idioma que los terrícolas, a que la sangre de Ming sea verde cuando la de su hija es roja, a que la guardia de Ming conozca el reglamento del fútbol americano o a que la boda entre este y Dale se lleve a cabo con los acordes de la Marcha Nupcial de Wagner (aunque en guitarra eléctrica y por Brian May, je). Buscarle sentido a todo eso es perder el tiempo…

Hay además una fina carga erótica deudora de la literatura pulp, el cine B o el exploitation. Morbosos y fetichistas deberán esperar tres películas para ver en Star Wars a la princesa Leia encadenada y a merced de una especie de gran sapo, pero aquí tienen un verdadero festín…

Dale se excita sexualmente cuando es sometida a testeo por el anillo de Ming; a Flash se le escapa “esta chica me excita” mientras está con Aura a bordo de una aeronave y nos queda la duda de si ella le practica sexo oral o no; y para paladares más morbosos, la propia Aura atada boca abajo y azotada a latigazos por Kala. Al lado de todo esto, 50 Sombras de Grey es Disneylandia. Ah, y lo olvidaba: algunos edificios y naves guardan aspecto bastante fálico…

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Max Von Sydow compone un villano inolvidable, que se regodea en el sufrimiento ajeno y, como el Joker, no necesita un objetivo. Ornella Muti sabe dar a la princesa Aura un toque felino que le suma sensualidad a raudales y encima se pasea semidesnuda por la corte. Timothy Dalton (un interesante actor poco valorado) compone a un creíble Barin y otro tanto Brian Blessed con Voltan. Mariangela Melato, por su parte, encarna a una fría general Kala a quien toca pronunciar una de las frases más icónicas de la película: “¿What do you mean… ‘Flash Gordon approaching’...?” (¿qué quieres decir con que Flash Gordon se aproxima?)…

Algunos efectos se ven muy cutres y otros más logrados. Lo mismo ocurre con las criaturas de Mongo: basta comparar a los hombres-lagarto (a veces se advierte el rostro de los actores por entre las aguzadas filas de dientes) con los hombres-halcón, que se ven muy bien y, por cierto, la batalla que los involucra está entre los momentos más logrados de la película (contrariamente, el enfrentamiento final con la consecuente caída de Ming es demasiado rápido y decepcionante).

La Música

Un solo recuerdo me basta para justificar que la banda sonora merezca un apartado. Cuando vi el filme en uno de aquellos viejos cines de piso de madera, tengo presente que alguien comenzó a acompañar con el pie esa obsesiva nota de bajo en el fade-in del tema principal y rápidamente fue seguido por otros. No puede haber mejor imagen para demostrar el efecto que provocaba en el público. Y al igual que con Los Inmortales, la película no hubiera adquirido tanto carácter de ícono y filme de culto de no haber estado Queen.

En un primer momento se había pensado en Pink Floyd (probablemente la banda más evaluada y descartada en la historia del cine), pero la elección terminó recayendo en Queen que, por cierto, estaba en un momento inmejorable con las espectaculares ventas de su álbum The Game y la consecuente gira mundial de presentación a estadios repletos.

Decíamos que la película prendió de modo especial en Latinoamérica y es imposible despegar ello del impacto que provocó la banda con sus shows de 1981 en Brasil, Argentina, México o Venezuela. En algunos de esos países era la primera vez que se veía en vivo a una banda de estadios con semejante parafernalia.

Faltaban todavía muchos años para que llegaran las escenas post-créditos y, sin embargo, los jóvenes no se iban de la sala hasta que corría el último título y sonaba la última nota: fenómeno parecido al de los años cincuenta cuando iban a ver Semilla de Maldad solo para escuchar a Bill Haley & His Comets.

Prescindiendo de arreglos orquestales, toda la música está hecha con instrumental de rock y sintetizadores (esos que alguna vez Queen se jactaba de no usar). Solo dos temas son cantados y no hay doble sentido ni metáfora en la letra: se habla de Flash Gordon y punto. ¿O acaso, como dice el tema principal, no nos salvó a todos?

Tres momentos particulares rescato: uno es el climático fondo casi “ambient” durante el viaje en el cohete de Zarkov, otro es el que acompaña el partido de fútbol americano en la corte del emperador Ming y el tercero el de la batalla de los hombres-halcón con el sintetizador Moog destilando épica a más no poder.

De más está decir que compré el disco apenas ver la película, pero no me gustó que, cortando clima, incluyera diálogos del filme en mitad de las canciones: un desperdicio, pues eso es algo que solo tiene sentido en la película y, por el contrario, quita autonomía al disco…

Valoración y Legado

Costó bastante que esta película fuera tomada en serio y lo paradójico es que para hacerlo había que tomarla en broma. Veo hoy con sorpresa, por ejemplo, que tiene un 83 por ciento de aprobación en las críticas de Rotten Tomatoes.

Muchos podrán, de todas formas, interpretar su humor como involuntario, pero ya para esta altura es difícil determinarlo y tampoco parecía haber consenso al respecto dentro del equipo de producción, quienes muchas veces no se entendían entre sí. Nunca más literal: parte era angloparlante y parte italiana, con información distinta sobre el rumbo que había que darle a la película.

Con tal panorama, solo podía pensarse en un desastre, pero creo que ese estado de confusión le hizo bien al filme, que se mueve cómodo en esa zona ambigua e indeterminada. Hacerlo más “serio” hubiera movido a risa al comparar con otras producciones de la época, en tanto que un enfoque más cómico y basado en gags lo habría hecho quizás correr la misma suerte que tanta fallida e incomprendida comedia de ciencia ficción.

Pero, malentendidos al margen, insisto en que la presencia del guionista del Batman de los sesenta no dejaba dudas del rumbo general, que hasta incluye algunos guiños para cinéfilos, como que la mascota de Aura se llame Fellini.

El problema tal vez haya sido que ese humor tan pop-art no calzaba bien en la década que comenzaba a despuntar. Había humor en el cine de los ochenta, pero sin ese tono paródico sesentero en el cual no se recurría al gag para hacerte entender que la cosa no iba en serio, sino que eso lo debías interpretar tú mismo. Faltaba más de una década para que Quentin Tarantino redescubriera la ironía en el cine americano.

Flash Gordon no es una película que pide disculpas. No pretende justificarse todo el tiempo ni cae en la autoindulgencia de forzar un mensaje “serio” que dé trasfondo al sinsentido. Tampoco busca el discurso moralizante: no sabemos si Aura le practicó sexo oral a Flash, pero lo deliciosamente perverso es que ambos se lo guardan en lugar de alimentar el melodrama con hipotéticos celos, culpas y redenciones. Los personajes sucumben a las tentaciones y no hay psicoanálisis al respecto…

Desde ya que en este tipo de propuesta, casi más que en ninguna otra, toda interpretación es subjetiva y habrá quien, después de leer este artículo y dar una chance a la película, caiga en la cuenta de que es la peor basura que ha visto y no vuelva a leer más a este redactor. Ojo: es una postura válida, porque con Flash Gordon vale todo. Puede ser la peor película de la historia y la mejor al mismo tiempo. Y presten atención a que no estoy diciendo “o” sino “y”…

Lamentablemente, la poca repercusión comercial, sobre todo en Estados Unidos, dio por tierra con cualquier secuela (se proyectaba una trilogía). El personaje tendría una serie animada en los noventa (ya había tenido otra entre 1979 y 1982) más una live action en 2007 que, por cuestiones de presupuesto, cometía la infame herejía de hacer viajar a Flash por medio de portales tipo Stargate en lugar de naves espaciales.

También hubo versión por-no que sí tuvo secuela y en la cual no hubiera calzado nada mal Sam J. Jones, quien actuó el resto de su vida en películas B, pero tuvo su momento de gloria al hacer de sí mismo en Ted (2012) y repetir papel en la secuela de 2015, volviendo en ambas a teñirse de rubio.

Flash Gordon es un filme que hoy vemos con los ojos llenos de nostalgia, pero que a su vez es nostálgico en sí mismo: añora una época en la cual nos divertíamos aceptando la mayor mentira aun sabiendo que lo era. La invitación a redescubrirlo está hecha, pero si no lo has hecho y planeas hacerlo, espero de corazón, querido lector, que no me odies y en el futuro me sigas leyendo…

Hasta la próxima y sean felices…

Rodolfo Del Bene
Rodolfo Del Bene
Soy profesor de historia graduado en la Universidad Nacional de La Plata. Entusiasta del cine, los cómics, la literatura, las series, la ciencia ficción y demás cosas que ayuden a mantener mi cerebro lo suficientemente alienado y trastornado.
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2 COMENTARIOS

  1. Hola, Rodolfo. Vaya, otra de esas pelis ochenteras, para mí la década con más fantasía e imaginación en cine. En estos retro-análisis, además de recordar películas (o conocer algunas otras) nos enteramos de sus entresijos. Como vienes a decir en el artículo, caso curioso el de Flash Gordon. No es una película buena, pero tampoco se puede decir que es mala, es más, resulta entretenida. Es de esas que hay que ver sin tomarlas en serio y así se puede pasar un buen rato. La vi en su época y me pareció un entretenimiento sin más. La volví a ver hace un par de años y, pese al estilo peculiar del que no eres consciente de joven, también me resultó entretenida. Ya que mencionas la puntuación en Tomatoes, en imdb tiene un 6,5 que no está mal. Desconocía que el autor era guionista de Batman (tv), al saberlo se entienden muchas cosas, jeje, en estética, estilo, etc. En cuanto a su música, con decir Queen ya está todo dicho. Respecto a los actores los hay de gran nombre, aunque sean los secundarios. Como curiosidad, en la misma peli tenemos a Bond (Timothy) y a un amigo de Bond (el actor que hace de Zarkov, es el aliado de Bond que come pistachos en Solo para sus ojos). Visto que hoy en día el erotismo parece que está desapareciendo en el cine, esperemos que películas como esta no se conviertan en un futuro a la calificación de “mayores de 18 años”, en estos tiempos todo es posible. Por cierto, Sam Jones me pareció muy divertido en las dos películas de Ted, todo un puntazo. ¡Saludos!

    • Hola Jama_Wan: gracias por comentar. Veo que coincidimos en prácticamente todo y en efecto la década de los ochenta estuvo para el cine llena de una magia que hoy lamentablemente languidece en la medida en que los realizadores se autocensuran por temor a la crucifixión tan común en estos días.
      Buen detalle el de los dos actores presentes en la saga Bond. No me acordaba de Topol.
      Gracias por el valioso aporte y hasta el próximo retro análisis… O hasta cuando sea, ja. Un saludo

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