En nuestra sección de retro-análisis, hacemos hoy repaso de Marea Roja (Crimson Tide), drama náutico que, con dirección de Tony Scott y un impresionante duelo actoral entre dos pesos pesados como Denzel Washington y Gene Hackman, llegaba a los cines españoles el 18 de agosto de 1995, tres meses después de haber sido estrenada en Estados Unidos.
No hace mucho el productor Jerry Bruckheimer nos sorprendía con la noticia de que el aclamado thriller submarino Marea Roja (Crimson Tide, 1995) tendría una secuela (aquí artículo). No ha habido demasiadas precisiones al respecto, pero está claro que Tony Scott, director de la original, no podrá ya estar al frente por haber tristemente fallecido en 2012. Y aunque eso no fue obstáculo para hacer secuela de Top Gun, al menos tenían vivo y bien a Tom Cruise, mientras que Gene Hackman nos dejó este año (aquí artículo) y Denzel Washington ya está algo mayor.
Pero más allá de los interrogantes que la anunciada secuela plantee, nos pareció buena oportunidad para revisitar la original en coincidencia con los treinta años de su llegada a los cines y particularmente a España.
Tony Scott, quien durante los ochenta y primeros noventa había sido, a diferencia de su hermano Ridley, sindicado como un realizador exitoso de filmes entretenidos pero de tono ligero y fácilmente consumible (Top Gun, Días de Trueno, El Último Boy Scout) acababa de dar el gran salto hacia propuestas más audaces a partir de su asociación con Quentin Tarantino para Amor a Quemarropa (1993, también conocida según países como Escape Salvaje o La Fuga), en la cual este último ofició como guionista, a pesar de que el propio Scott terminó haciendo arreglos para contar la historia de modo algo más lineal.
Marea Roja, no obstante, nació a partir de una idea de Michael Schiffer, responsable unos años antes de la escritura de la tan elogiada como polémica Colors (Dennis Hopper,1988). Este concibió la historia en colaboración con el reconocido escritor de historias navales Richard P. Henrick y el guion generó de inmediato interés en los productores Jerry Bruckheimer y Don Simpson, quienes fueron en busca de Tony Scott para dirigirla, habida cuenta de que ya habían trabajado con él en Top Gun (1985) y Días de Trueno (1990), ambas películas de las que pueden leer nuestros retro-análisis pinchando en los respectivos links.
Hacer un thriller a bordo de un submarino nuclear no era tarea fácil, pues no era algo que se consiguiera en una feria de usados y requería la colaboración de la marina estadounidense, existiendo el antecedente del aporte que algunos años antes hicieran para el filme La Caza del Octubre Rojo (1990).
Ambas películas, de hecho, tenían algún punto de coincidencia al girar en torno al peligro de una tercera guerra mundial, pero la diferencia es que la de John McTiernan no ofendía en nada a los marinos norteamericanos y, en todo caso, le pasaba el problema a los soviéticos. En Marea Roja, en cambio, el foco estaba sobre los conflictos entre los propios oficiales de la armada estadounidense y los huecos o zonas de nadie que pudiesen generar los protocolos y sistemas de comunicaciones en caso de desencadenarse un conflicto de envergadura mundial.
Al principio, pues, el equipo de producción debió recurrir a engaño haciendo creer a la marina que la trama giraba en torno al fallo de un ordenador a cargo de un submarino nuclear. A nadie podía preocuparle, pues sabían que no tenían ordenadores en tal función y la historia terminaba entonces simplemente en inocentada o, a lo sumo, ciencia ficción.
Se permitió pues a la producción del filme y al propio Scott filmar a bordo del USS Florida para tomar registro del día a día y especialmente de los protocolos para el lanzamiento de misiles en situaciones de emergencia como potenciales incendios, que fueron recreados por medio de simulacros.
La cosa cambió cuando la marina leyó el guion completo y corregido, tomando así conocimiento de que la historia giraba más bien en torno a un conflicto interno con características de motín, lo cual, según la fuerza, jamás había ocurrido a bordo de un submarino estadounidense (de hecho, el guion tenía base real en un episodio que, durante la Crisis de los Misiles, había ocurrido en un submarino soviético y no estadounidense).
Retirada pues la colaboración, se recurrió a la armada francesa para las escenas de interiores en el submarino, como también a las que, sobre el principio y el final, incluyeron un portaaviones. El problema era, claro, el exterior de la nave, pero Scott se enteró de que un submarino de la armada estadounidense estaría por esos días en Pearl Harbour y envió un equipo a conseguir tomas del mismo cuando zarpase o se sumergiese. Así se hizo y, para gran casualidad, el submarino registrado fue precisamente el USS Alabama, en el cual la trama mayormente transcurre…

La Historia
Comenzamos con el cronista de la CNN Richard Valeriani haciendo de sí mismo e informando desde la cubierta del portaaviones francés Foch acerca del complicado cuadro de situación que se cierne sobre el mundo a raíz de recientes sucesos en Rusia derivados de la crisis de Chechenia tras la caída de la Unión Soviética.
De modo general, se puede resumir en que la ayuda de Estados Unidos y otras potencias occidentales a los separatistas chechenos ha puesto a la flamante Federación Rusa al borde de la guerra civil y grupos nacionalistas disconformes con la postura “blanda” de su gobierno se han sublevado y apoderado de bases en el Pacífico con acceso a submarinos nucleares.
De allí pasamos a conocer al capitán de corbeta Ron Hunter (Denzel Washington), en cuyo domicilio se celebra la fiesta de cumpleaños de uno de sus hijos y participa como invitado su camarada y amigo personal, el teniente Roy Zimmer (Viggo Mortensen). Los rostros se tiñen de preocupación ante las noticias que llegan del mundo y ambos reciben citación para embarcarse en el submarino nuclear USS Alabama, haciéndoles ello abrigar los peores temores, al punto de despedirse Hunter de su familia e incluso de su mascota como si fuera para siempre.
Una vez a bordo, traba conocimiento con el capitán Frank Ramsey (Gene Hackman), junto al cual debe desempeñarse como segundo a bordo. Al principio la convivencia es más o menos cordial aunque se advierten caracteres y metodologías diferentes…
Ramsey, quien se define como hombre sencillo y práctico que aplica a rajatabla los reglamentos, se sonríe al leer el legajo de Hunter y comprobar que estudió en Harvard, lo que a sus ojos le convierte en hombre de teoría sin experiencia en la acción directa, mientras que él, por oposición, ha estado en la Guerra del Golfo y en la invasión estadounidense a Panamá, entre otros conflictos.
Los problemas entre ambos comienzan a manifestarse cuando se produce un incendio en la cocina y Ramsey decide desatenderlo ante la aparición de un submarino ruso, terminando el asunto con un tripulante muerto por infarto. La situación de peligro les lleva a navegar a cuatrocientos cincuenta metros de profundidad y durante el descenso reciben un mensaje ordenando armar los misiles y luego un segundo que llega cortado, pero que se inicia hablando de un lanzamiento…
Para Ramsey no hay duda: se trata de la orden de disparar los misiles. Pero Hunter prefiere subir a profundidad de periscopio para poder recibir la parte restante y así confirmar la supuesta orden antes de provocar una masacre y quizás iniciar una tercera guerra mundial.
No contaré cómo se resuelve la historia, pero queda establecido a bordo del submarino un intenso duelo ético y dialéctico entre ambos mientras la cuestión ética divide lealtades también entre la tripulación y un suspenso atrapante nos mantiene absortos hasta el final.

Poniendo en Contexto
A la paranoia de la guerra fría le siguió la de la caída de la Unión Soviética y el cine de los noventa no podía quedar ajeno. La euforia inicial estadounidense por el derrumbe de su acérrimo rival devino pronto en incertidumbre al hacerse evidente que la nueva situación mundial era para la potencia del norte más un problema que una ventaja. Los armamentos de destrucción masiva quedaron diseminados entre un montón de estados nuevos y pequeños o fueron vendidos en el mercado negro. La pesadilla nuclear que nos había desvelado por décadas era más real y tangible que nunca.
De tener un único rival lo suficientemente racional como para sentir idéntico miedo que ellos y ser por ende capaz de sentarse a dialogar condiciones, los Estados Unidos pasaron a tener varios enemigos irracionales que podían lo mismo ser estados nacionales, movimientos ultranacionalistas u organizaciones terroristas. Y, como consecuencia, también ellos se volvieron más irracionales y si el mundo no había sido hasta allí un lugar seguro, ahora lo era mucho menos…
Perdón por esta introducción en la cual me salió de adentro el profesor de historia, pero Marea Roja no se entiende sin ese contexto. Es un filme hijo de esa mencionada paranoia y, como tal, lleno de miedo, angustia e incertidumbre, pero también de autocrítica y reflexión, pudiendo por ello a primera vista sorprender que viniera de Tony Scott, a quien los críticos habían tenido durante los ochenta simplemente como el “hermano menor de Ridley”, dicho esto en el sentido que se prefiera.
De hecho, su película más exitosa había sido Top Gun, que celebraba sin complejo de culpa el orgullo norteamericano (a pesar de ser Scott británico) y exaltaba tanto el culto armamentista propio de la década como los valores individuales ligados a la competencia y el triunfo de los “mejores”. Nada más distinto a Marea Roja…
“Que Dios nos ayude a todos…”
Es cierto que ya Tony Scott había mostrado un crecimiento propio dos años antes con Amor a Quemarropa y quizás la asociación con Tarantino le haya hecho bien, pues no en vano vuelve este a colaborar en el guion de la película que nos ocupa aunque no figure acreditado, siendo la razón de ello que su aporte consistió más que nada en pulir lo escrito por Schiffer en proporción no suficiente como para que el Sindicato de Guionistas reconociera un sustancial aporte de su parte.
Y sin embargo, cuando uno repasa la trama de la película, y muy especialmente los diálogos, su mano se advierte y está muy presente, como en las discusiones sobre si el Silver Surfer de Kirby es superior al de Moebius o en las referencias a Star Trek (puntualmente a Kirk y Scotty), franquicia de la cual Tarantino es declarado fan.
La escena en que todos se apuntan entre sí es también muy tarantinesca, muy semejante a las que, siempre como aquí hacia el final de la película, podemos encontrar en Reservoir Dogs o en Pulp Fiction (aquí retro-análisis): analogía perfecta de una sociedad americana sumida en el caos que transcurre en todos los casos en ambientes reducidos o claustrofóbicos como un depósito, un restaurante o un submarino, viéndose en este último caso aumentada la sensación de agobio y claustrofobia.
Es que, de hecho, Marea Roja es una película claustrofóbica como también minimalista. No estamos viendo una película de submarinos, sino en uno. Y, en contraposición con la mayoría de los filmes náuticos, es más lo que intuimos del océano que lo que lo vemos, pues las escenas más importantes transcurren en opresivos corredores y compartimentos que pasan a ser representación del mundo que está arriba y afuera, con su mismo caos, sus mismos conflictos y sus mismos dilemas morales.
Se pueden, por supuesto, reconocer elementos que remiten a la antes mencionada La Caza del Octubre Rojo, como también y muy especialmente a la alemana El Submarino (Wolfgang Petersen, 1981), pero aquí el submarino es el ámbito del conflicto y las vidas en peligro (prácticamente la humanidad toda) están tanto dentro como fuera del mismo: “Si está equivocado – le dice Ramsey a Hunter antes de que termine de entrar la última parte del mensaje –, que Dios lo ayude”. “Si estoy equivocado – responde Hunter en una de las más geniales líneas de la película –, estamos en guerra. Que Dios nos ayude a todos”.

Duelo de Titanes
Y ya que mencionamos ese diálogo, la película no podría funcionar si dos superlativos actores no entregaran trabajos que están entre los mejores de sus respectivas carreras, ambas tan prolíficas como rutilantes. Washington representa la teoría, la mesura y la reflexión, mientras que Hackman es el pragmatismo, el exceso y la aplicación estricta de las normas militares, único libro que acepta y valora. “Estamos para preservar la democracia, no para practicarla” dice, en la que seguramente es la frase más icónica del filme.
Solo dos actores de tanto carácter pueden sostener una trama que nos mantiene pegados de principio a fin durante los ciento cinco minutos del filme aun a pesar de apoyarse fundamentalmente sobre diálogos y primeros o primerísimos planos. Resulta increíble que la Academia de Hollywood no haya nominado a ninguno de los dos y solo haya otorgado a la película nominaciones técnicas (montaje, sonido y edición de sonido).
Cada uno de ambos logra que sintamos que lo que está en juego nos involucra a todos y si bien podemos tomar partido por alguno de ellos (probablemente por Hunter), también podemos entender la postura de Ramsey que, después de todo, no es que termine siendo el malo en todo esto y la escena final lo demuestra, una vez que el juicio determina que “ambos estaban equivocados y ambos tenían razón”.

La discusión sobre los caballos lipizzanos, por cierto, es genial como analogía, pues Ramsey sostiene que son portugueses y Hunter españoles (en realidad son eslovenos con componente híbrido andaluz), pero lo que da sustancia a esas líneas aparentemente tan pueriles es que, al resaltar sus virtudes, el primero dice que son blancos y el segundo replica que al nacer son negros (lo cual es sorprendentemente cierto y les invito a chequear).
Y si hablamos de racismo, queda para la anécdota el famoso cruce fuera de cámara entre Washington y Tarantino, recriminando el primero al segundo el uso en sus películas de la palabra despectiva “nigger” y poniéndose el asunto entre ambos realmente tenso a pesar de explicar Tarantino que se trataba de jerga de sectores urbanos mayormente marginales. Con el tiempo, el propio Washington admitió que el suyo había sido un juicio apresurado y pidió disculpas al realizador: si les interesa el chismorreo y quieren profundizar, les invito a leer nuestro artículo al respecto.
Para cerrar con los actores, destacar que si bien esta es básicamente una película de dos, no podemos obviar la gran labor de quienes los secundan, como un George Dzundza siempre eficaz o un Viggo Mortensen en ascenso que aún no había sido Aragorn. También ellos pasaron con solvencia la prueba de ser sometidos a primerísimos planos. Y sobre el final hay además una breve aparición del veterano Jason Robards interpretando a uno de los jueces del tribunal de guerra de la marina: todo un guiño, pues el actor fue en su juventud parte de la misma y estuvo en Pearl Harbour el día del bombardeo.
La Música
No quiero, por último, dejar de lado la banda sonora del filme (otra categoría en la cual fue ignorado por la Academia), mostrando Hans Zimmer elementos que le identificarán luego con algunas de las más icónicas que compondría, como las de Piratas del Caribe, Gladiator o Interstellar. Además, sienta bases para mucha de la música del cine náutico que vendría después al poner acento en las cuerdas, los bronces o la percusión, y hasta se permite jugar con cadencias musicales inequívocamente rusas, lo cual guarda desde luego relación con la historia y se aprecia de manera particular en los coros o en machacantes secciones de cuerdas remitentes a Prokófiev.
Sabiendo cuándo sonar dramática, cuando épica, cuándo intrigante y cuándo nostálgica, la banda sonora de Marea Roja es, a mi juicio y a pesar de no ser reconocida habitualmente como tal, una de las mejores compuestas que ha compuesto Zimmer y tiene la doble virtud de funcionar tanto dentro del filme como fuera del mismo. De hecho, la estoy oyendo mientras escribo estas líneas y tengo piel de gallina. Y genial guiño, por cierto, que el personaje interpretado por Mortensen en la película se llame Zimmer.
Valoración Final y Legado
Marea Roja es la muestra cabal de la madurez que, como director, alcanzó Tony Scott en los noventa, de quien diría incluso que sus películas de esa década superaron a las que en ese mismo tiempo hizo su hermano Ridley, una sombra para él demasiado pesada por el respeto que se había ganado de la crítica.
Scott reúne aquí todo lo que tiene que tener una película para ser perfecta: trama atrapante, guion inteligente, diálogos impagables, actores superlativos y una profunda reflexión acerca de la marcha de nuestro mundo que, por cierto, no es hoy muy diferente a lo que la película muestra y los últimos acontecimientos nos hacen sentir que no tenemos control sobre nuestras vidas y pendemos única y exclusivamente de quien tenga acceso a los protocolos de lanzamiento.
Es cierto que el filme se encarga, sobre el final, de aclarar que en Estados Unidos el protocolo fue cambiado para que solo el presidente decida y no un capitán de submarino. No sé si eso es garantía de algo, pero estremece saber que algunas de las últimas decisiones vinculadas a ataques aéreos fueron tomadas por inteligencias artificiales, con lo cual el planteo que, en forma de advertencia, nos hace Marea Roja está no solo vigente sino además fusionado peligrosamente con Terminator y tanta historia apocalíptica que ha dado vueltas por allí. Un cóctel que puede ser fatal… y para todos.
Aun así, sean felices… y hasta la próxima.



