Hay algo maravilloso en Jason Statham. No importa dónde le pongas. En un avión, en un coche, en una prisión, en un barco, debajo del agua o en mitad de una conspiración internacional que implique a tres gobiernos y media docena de mercenarios. Jason Statham siempre parece tener claro lo que hay que hacer: pegar bien y fuerte.
El problema es que quizá llevamos demasiado tiempo pidiéndole a los héroes de acción que sean indestructibles. Eso, curiosamente, los hace bastante menos interesantes. Porque antes los héroes de acción podían recibir un puñetazo y de verdad parecía que les habían golpeado.
Recordemos a Bruce Willis (aquí puedes recordar sus mejores papeles) en ‘Jungla de cristal’. John McClane no es un superhéroe, sino un hombre que ha tenido la desgracia de estar en el lugar equivocado en el momento equivocado. Le disparan, le golpean, se corta los pies con cristales, la sangre se derrama por su piel, se siente agotado y se desmorona.
McClane no es interesante porque sea capaz de sobrevivir a cualquier cosa, sino porque parece que no debería ser capaz de sobrevivir a todo lo que le está pasando. Tiene miedo, se equivoca y, sobre todo, sufre.
Ahora pensemos en Jason Statham. A Statham le clavan un cuchillo, pero parece que se ha hecho un pequeño corte mientras abría un paquete de Amazon. No pasa nada. Sigue andando. Le pegan una paliza. Sigue andando. Se cae desde cualquier sitio en el que la muerte es segura, se levanta, se sacude el polvo y sigue dando estopa.
No estoy diciendo que esto sea necesariamente malo. Al contrario. Es parte del encanto Statham. Pero sí explica una de las carencias que tienen muchas películas de acción actuales: hemos ganado en espectacularidad y hemos perdido algo de humanidad.
Los héroes modernos son capaces de hacer auténticas barbaridades físicas, pero cada vez cuesta más sentir que el personaje es realmente humano. Cuando se pierde ese componente, el peligro se difumina de la pantalla y la tensión deja paso a la concatenación de escenas de combates pulidas, pero sin esencia. Por eso seguimos mirando hacia atrás. Porque quizá los viejos héroes de acción no fueran tan indestructibles. Quizá simplemente fueran mejores personajes.

Resumen de ‘El motín’
Es exactamente lo que el público espera. Jason Statham se sube a un barco donde hay malos y una ligerísima conspiración. ¿Qué podría salir mal? Pues bastante. Pero no necesariamente para él. ‘El motín’ es una película consciente de lo que tiene entre manos. No intenta reinventar el cine de acción. No quiere convertir a Statham en un personaje atormentado que pasa 90 minutos intentando reconciliarse con su pasado.
No necesitamos eso. Necesitamos disfrutar con su reparto de hostias. Aquí es donde la película acierta. Porque entiende que Jason Statham no necesita demasiadas explicaciones: necesita un escenario, un problema y enemigos… La solución ya la pone él. (como en la saga de Los Mercenarios)
Jason Statham haciendo de Jason Statham
Hay algo casi entrañable en ver a Statham interpretar a Statham. Porque no es exactamente que todos sus personajes sean iguales. Es que todos parecen estar a cinco minutos de convertirse en Jason Statham. (como en la estupenda Beekeeper).
El tipo competente. El hombre que sabe lo que hace y al que siempre necesitas cuando la situación se complica. ‘El motín’ explota esto sin ningún tipo de vergüenza. Statham interpreta al héroe moderno, duro, atlético y tremendamente eficiente. Un hombre al que pueden clavarle un cuchillo y cuya reacción parece ser: “Bueno. Esto molesta un poco, pero sigo”.
Ese es el Statham que hemos venido a ver. El problema aparece cuando intentamos creer que el personaje está realmente en peligro. Sabemos que puede recibir muchísimo más castigo que cualquier ser humano razonable, y eso elimina buena parte de la tensión.

La diferencia con ‘Jungla de cristal’
Hago la comparación porque en muchos sitios se ha vendido la peli como Jungla de cristal (aquí puedes leer su retro-análisis), pero en un barco. Nada más lejos de la realidad.
En Jungla de cristal nos preocupa más el hombre detrás del héroe. Hay una escena que resume perfectamente la diferencia. McClane tiene que arrastrarse por los conductos de ventilación, herido, exhausto y sucio. Cuando consigue salir de allí, no parece que haya hecho una excursión por IKEA. Parece que acaba de sobrevivir a una puta pesadilla.
Ahora tenemos los conductos de ventilación de ‘El motín’. La película intenta rendir homenaje a esa tradición claustrofóbica. Tenemos el barco. Tenemos los espacios estrechos. Tenemos a Statham moviéndose por un laberinto metálico.
Pero hay una pequeña diferencia. John McClane parecía un hombre atrapado dentro de un conducto. Statham parece un hombre que está atravesando un conducto porque es el camino más corto hacia la siguiente hostia. En este detalle radica la diferencia entre el cine de acción con alma y el de simple entretenimiento.
Porque los conductos de ventilación de Jungla de cristal no son memorables solo por las escenas de acción, sino porque McClane está hecho polvo dentro de ellos y consigue que el espectador empatice con su situación. El escenario es más que un decorado. Es una extensión de su sufrimiento. Una característica que muchas películas de acción actuales han olvidado.

Acción: menos hablar, más pegar
El gran acierto de la película es el escenario. Un carguero, pasillos, contenedores, salas de máquinas y tenebrosidad en espacios estrechos. Una cantidad considerable de lugares donde alguien puede aparecer de repente con malas intenciones.
El barco funciona porque limita el movimiento. No hay una ciudad entera para escapar. La película aprovecha bien esa sensación claustrofóbica. Aunque, de nuevo, hay una comparación inevitable. La diferencia es que el Nakatomi Plaza tenía una personalidad que iba creciendo a medida que avanzaba la película. Cada planta era un problema. Cada espacio tenía una función. Cada movimiento de McClane tenía consecuencias.
Cuando ‘El motín’ se pone seria, funciona. Los combates te hacen disfrutar como si estuvieras en una vieja recreativa. Statham se mueve con esa mezcla de velocidad y contundencia que lleva explotando durante más de veinte años. Cuanta menos floritura, mejor. No estamos ante la revolución de las coreografías de acción. Pero tampoco hace falta. La película entiende algo muy sencillo: queremos ver a Jason Statham pelear.
No queremos verlo hablar durante 17 minutos sobre geopolítica ni un monólogo sobre su infancia. Queremos que alguien le diga algo que no debería haberle dicho. Y que cinco segundos después descubra que ha cometido un error.
El guion es funcional… muy escueto, por decir que existe. Hay una amenaza, un ligero misterio, unos refugiados para que el espectador empatice con la trama y una venganza personal tan fría como inconsistente. Todo ello, envuelto en una conspiración tan simple que parece un juego de niños, no sea que el espectador tenga que pensar en vez de disfrutar de las hostias.
Su historia se reduce a un protagonista con habilidades extraordinarias y una colección de desgraciados que tienen la mala suerte de cruzarse con él. ¿Es original? No hace falta. ¿Es efectiva? Sí.
Pero por lo menos se agradecería un poco más de profundidad en el villano o que tenga algo que lo diferencie del resto de muñecos que sirven de punching ball a Statham. Porque un héroe es tan interesante como el enemigo al que tiene delante. Si Jason Statham parece un dios griego descendido a un carguero para impartir justicia (salido de la misma Odisea), estaría bien que alguien consiguiera, al menos durante un rato, ponerlo realmente contra las cuerdas y que los espectadores pudieran pensar: “¡Joder! Este tío es peligroso”.

Los villanos: necesitamos a alguien que le haga sudar
Este es uno de los puntos más flojos de El motín. Los antagonistas son una fila de monigotes que caen ante la gravedad de los puños del bueno de Jason. Porque si Statham es prácticamente indestructible, necesitas un enemigo que compense esa falta de vulnerabilidad. Alguien con personalidad, presencia o, por lo menos, inteligencia suficiente para obligarle a cambiar de estrategia.
Aquí está, para mí, una de las grandes diferencias entre el cine de acción clásico y buena parte del actual. No es una cuestión de efectos. Ni de presupuesto. Ni siquiera de coreografías. Es una cuestión de vulnerabilidad.
Un héroe puede ser extraordinariamente competente y seguir siendo humano. McClane puede recibir una paliza, cometer errores y tener miedo. Statham, en cambio, parece diseñado para sobrevivir a cualquier cosa. Y esa diferencia explica buena parte de la tensión que El motín no consigue generar.
Pero también sería injusto pedirle a Statham que sea Bruce Willis. Porque precisamente su gracia está en ser otra cosa. Statham representa al action hero de una época distinta: más cercano al cómic, más físico, más exagerado y consciente de que él mismo se ha convertido en una especie de mitología heroica.

Dirección: no estorbar también es dirigir
La dirección cumple, algo que en una película de este tipo es más importante de lo que parece. Las escenas de acción se entienden. La cámara no se vuelve loca. El montaje no convierte cada pelea en una colección de planos cortos y convulsiones de cámara. Sabemos dónde está Statham, dónde están los malos y, lo más importante, quién está pegando a quién. Parece una obviedad, pero hay películas con más presupuesto que no atinan con estas simples reglas del cine de acción.
La fotografía, además, apuesta por esos tonos fríos y metálicos que uno espera de una historia ambientada en un carguero. Acero y sombras se mezclan con la humedad del ambiente y ofrecen la necesaria sensación de agobio frente al mar infinito.
‘El motín’ es una película de Jason Statham. Literalmente. Eso puede ser una crítica o un elogio dependiendo de lo que hayas venido a buscar. Si buscas una nueva Jungla de cristal, no. Si buscas otro John Wick, tampoco. Si buscas una película que redefina el cine de acción, puedes ir cerrando tus expectativas.
Pero si has venido a ver a Jason Statham metido en un barco, enfrentándose a tipos peligrosos, atravesando pasillos, metiéndose por conductos y repartiendo hostias con esa tranquilidad como si estuvieras pidiendo un café… Bienvenido a casa. (algo parecido a lo que intentaba hacer Muerte súbita: La Jungla de cristal de Van Damme).

Conclusión
- ¿Tiene un guion memorable? No.
- ¿Tiene villanos que vayan a entrar en el Olimpo del género? Tampoco.
- ¿Revoluciona el cine de acción? Ni de coña.
- ¿Me lo he pasado bien viendo a Jason Statham repartir hostias en un barco? Sí.
El motín tampoco tiene esa sensación de peligro físico que hacía que Jungla de cristal fuera mucho más que una sucesión de explosiones. Pero sí tiene a una estrella que ha sabido crear su propio subgénero dentro del cine de acción y eso también tiene su valor. Es el último de una especie de héroes de acción que se niega a desaparecer.
Statham sabe perfectamente cómo utilizarlo. No necesita que nos preocupemos demasiado por él, sino que disfrutemos de sus peleas con toda nuestra adrenalina centrada en la pantalla.
No va a cambiar el género. No va a cambiar tu vida. Pero durante un par de horas puedes apagar el cerebro, sentarte y disfrutar de Jason Statham repartiendo hostias. Y, sinceramente… a veces con eso basta.



