La historia del cine está plagada de películas míticas por uno u otro motivo, pero pocas han alcanzado el impacto, a todos los niveles, de Alguien voló sobre el nido del cuco, estrenada hace cincuenta años. Así que vamos a aprovechar esta fecha tan señalada para analizarla tanto desde el punto de vista contextual como del cinematográfico y, cómo no, del psiquiátrico. Este es un artículo con spoilers del argumento de la película, pero avisaré antes de desvelar detalles de la trama. De todas formas, mejor id a verla antes de leer este artículo. Es una película que hay que ver al menos una vez en la vida.
Todos los retro-análisis de Las cosas que nos hacen felices
Pero, antes de empezar, ¿De qué va Alguien voló sobre el nido del cuco?
Básicamente, es la historia de Randle Patrick McMurphy, un hombre condenado por violar a una menor que ingresa en un hospital psiquiátrico, donde desatará el caos en un régimen marcado por la rigidez de sus normas y la anulación de la voluntad de los pacientes.
UNA HISTORIA CONTRACULTURAL

Para hablar de Alguien voló sobre el nido del cuco, es imprescindible centrarse en tres nombres: el escritor Ken Kesey, el productor Michael Douglas y el director Milos Forman.
Ken Kesey escribió la novela de Alguien voló sobre el nido del cuco basándose en sus vivencias como administrativo en un hospital de veteranos y como cobaya humana en un experimento de la CIA en el que le prescribían drogas psicoactivas buscando el control mental del individuo. Así, Kesey consumió drogas como LSD, Mescalina o psilocibina, convirtiéndose en un adicto y en un abanderado del movimiento de la Contracultura estadounidense de los años 60 y 70, que antecedió al movimiento hippie.
Esto es importante porque Kesey no escribió la novela para denunciar las prácticas psiquiátricas que se realizaban en aquel entonces (algo sobre lo que luego hablaré más detalladamente en el análisis de la película desde el punto de vista psiquiátrico), sino como una metáfora de la lucha del hombre libre contra un sistema que nos dice continuamente cómo debemos comportarnos.
La novela tuvo un éxito inmediato y los derechos fueron adquiridos por el mítico actor y productor Kirk Douglas (protagonista de, entre otras películas, Espartaco). Douglas era un activista muy consciente de que la sociedad estadounidense estaba cambiando y quiso sacar adelante una película basada en la novela de Kesey.
Sin embargo, distintos avatares fueron retrasando el proyecto y, a principios de los años 70, le cedió los derechos a su hijo Michael Douglas, toda una estrella de los años 80 y 90 estadounidenses (Wall Street, Instinto Básico, etcétera) pero que, en aquel entonces, ejercía de productor con el mismo nivel de activismo que su padre.
Douglas se empeñó en que el director fuera Milos Forman, cineasta emblema de la llamada Nueva Ola Checoslovaca que criticaba abiertamente el régimen comunista del país. De hecho, Forman se tuvo que marchar a Estados Unidos ante la dura represión que sufrió. Para él, Alguien voló sobre el nido del cuco era su propia historia, en la que el hospital psiquiátrico era una metáfora del Partido Comunista.
Por tanto, la película no fue concebida desde la sensibilidad hacia los pacientes con trastorno mental grave, sino como un símbolo de protesta de la contracultura estadounidense contra los valores imperantes en la sociedad de la época.
LA EXPLOSIÓN DE UN ACTOR ICÓNICO

Kesey, contratado para escribir el guión de su propia novela, se retiró pronto de la producción por no respetar al narrador original de la novela, el jefe indio. En su lugar, tanto el director como el productor optaban por dar el protagonismo a Randle Patrick McMurphy, el elemento alborotador del sistema. Kesey pasó el resto de su vida condenando la película.
En cuanto al reparto, Forman quería a una estrella de Hollywood para el papel protagonista, para así reforzar la tendencia natural del resto de actores a otorgarle el papel de líder frente al personal del hospital. Aunque se barajaron nombres tan variopintos como Marlon Brando, Burt Reynolds (la elección del director) o Gene Hackman, el estudio propuso a Jack Nicholson (uno de los actores más importantes de la historia del cine).
Aunque actualmente es imposible imaginarse a otro actor interpretando a R.P. McMurphy, fue el primer papel de Jack Nicholson dando vida a un personaje inestable e impredecible. Ya sabéis, El resplandor, su Joker, Infiltrados o Mejor, imposible.
Pero en aquellos años, Nicholson era el actor abanderado del Nuevo Cine Americano que debutó con Easy Rider (donde tiene un papel fundamental) y, posteriormente, con películas como El último deber o Chinatown.
En cuanto al resto del reparto, Alguien voló sobre el nido del cuco supuso el debut de actores como Christopher Lloyd (Doc en Regreso al futuro) o Danny De Vito.
Y claro, está Louise Fletcher, la enfermera Ratched, que fue fichada para la película tras interpretar a un personaje secundario en Ladrones como nosotros.
La película se rodó en el Hospital Estatal de Oregón, un instituto psiquiátrico real. De hecho, el director del hospital, el doctor Dean Brooks, es el que interpreta al psiquiatra John Spivey en la película. El rodaje estuvo enrarecido por la inmersión de todos los actores en papeles desquiciados. Y también aparecen pacientes ingresados en la película.
TRAMA (A PARTIR DE AQUÍ, SPOILERS DE LA PELÍCULA)

La película comienza con la entrada de Randle Patrick Murphy al hospital psiquiátrico. Acusado de haber violado a una menor de 15 años, finge tener una enfermedad mental para librarse de la cárcel. Lo que no sabe es que ha terminado en una institución todavía peor en la que, a diferencia de tener que cumplir una pena determinada, puede estar ingresado de por vida si el psiquiatra así lo determina.
Poco a poco, el carácter inconformista de McMurphy va influyendo en el resto de pacientes del pabellón y lo pone frente a frente con la enfermera Ratched, líder del personal que atiende a los enfermos. Intenta que cambien los horarios de televisión para ver el Mundial de béisbol, pero no lo consigue porque Ratched exige que voten incluso los que no tienen voluntad para votar.
Al sacar McMurphy a los pacientes al mar en un barco, contactan con una vida que ellos querrían vivir, alejados de las normas y la falta de voluntad que se les impone en el hospital. Comienzan a cuestionarse por qué les racionan los cigarrillos o por qué tienen que hablar de temas dolorosos que no les apetece tratar.
Finalmente, McMurphy, el jefe indio sordomudo y otro paciente son llevados a terapia electroconvulsiva por haber infringido las normas del centro. Ahí descubre McMurphy que el jefe indio ha engañado a todo el mundo y no es sordomudo. Juntos traman un plan para escapar: organizar una fiesta con chicas del mundo exterior en el pabellón.
La fiesta termina en caos y con uno de los pacientes, un joven dominado por el miedo a su madre, durmiendo con una de las chicas. La enfermera Ratched le amenaza con contárselo a su madre y este, desesperado, se suicida.
McMurphy, que no ha podido escapar, intenta matar a la enfermera y, por ello, es lobotomizado, perdiendo toda su voluntad. El jefe indio, sabiendo que se ha convertido en una leyenda entre los miembros del pabellón, asfixia a McMurphy para que los demás no vean lo que el sistema ha hecho con él y escapa del manicomio.
LO QUE OCURRE CUANDO SE CUESTIONAN LOS VALORES ESTABLECIDOS.

El título de la película hace referencia a los últimos versos de un poema que aparece en el libro:
“…había tres gansos en la bandada: uno voló hacia el este, uno voló hacia el oeste y uno voló sobre el nido del cuco”.
Es decir que cada uno, en función de un sinfín de circunstancias, va a dirigir su vida de una forma u otra. En concreto, los tres gansos de la película son Billy, McMurphy y el jefe indio.
Billy, internado voluntariamente y con un síndrome neurótico marcado por una madre dominante a la que teme, se acaba contagiando de las ideas subversivas de McMurphy y hace frente al sistema, personificado en la enfermera Ratched. Sin embargo, aunque es consciente de que vive reprimido, es incapaz de abandonar el sistema y se suicida.
McMurphy despierta las mentes dormidas de los pacientes del pabellón hasta el punto de convertirse en una leyenda entre los internos. Sin embargo, se convierte en un mártir del sistema al ser abolida su voluntad.
El jefe, que había fingido su postura frente al sistema, es el que acaba alcanzando la libertad real y mantiene viva la esperanza de la contracultura al acabar con la vida de McMurphy para que los demás no sepan lo que el sistema ha hecho con su líder. Pero la contracultura, la rebelión, queda como un ideal. Los internos continúan haciendo su rutina como si McMurphy jamás hubiera entablado relación con ellos.
ANÁLISIS PSIQUIÁTRICO: UNA PELÍCULA ESTIGMATIZANTE

Como hemos visto hasta ahora, Alguien voló sobre el nido del cuco es una fábula que habla sobre la lucha del individuo contra el sistema. Pero se ha convertido desde su estreno en la película más emblemática sobre la salud mental en la historia del cine, siendo más bien una metáfora política que una trama médica.
Y esto tiene su importancia, porque Alguien voló sobre el nido del cuco es una película que aporta una visión distorsionada sobre los tratamientos psiquiátricos, hasta el punto de convertir a personas que buscan ayudar a los enfermos mentales en seres autoritarios que quieren controlar la voluntad de aquellos que no convienen al sistema.
Esta corriente de pensamiento, centrada en la psiquiatría como método de control social y no como especialidad médica, aún tiene vigencia incluso entre los propios médicos. Es lo que se conoce como antipsiquiatría, y en los años de la contracultura estuvo en auge, coincidiendo con el cambio del modelo psiquiátrico de los manicomios donde los pacientes se pasaban la vida entera a la psiquiatría comunitaria, donde conviven con el resto de la sociedad.
Y si hay estupendas películas para ayudar a entender las enfermedades mentales, desgraciadamente la imagen de la terapéutica psiquiátrica está muy dañada por lo que el cine ha mostrado de ella. Casi todas las películas icónicas sobre la salud mental resaltan la ineficacia de los tratamientos y la figura represora del psiquiatra que, en el mejor de los casos, es un inepto y, en el peor, un villano.
Estas películas no existirían sin Alguien voló sobre el nido del cuco, en el que la inmensa mayoría de los pacientes que vemos no padecen un trastorno mental grave que justificaría un ingreso en la realidad. O que les administran pastillas sin que sepan qué están tomando. O que los grupos terapéuticos solo sirvan para señalar lo que uno hace de distinto con respecto a las normas sociales. Y eso sin mencionar la terrible imagen que se da de la terapia electroconvulsiva, una técnica que ha salvado vidas y que en la película se utiliza como herramienta de control social. Igual que la lobotomía, técnica que a finales de los 60 estaba prohibida y que en la película supone el último paso para la anulación de la voluntad del individuo.
La realidad es que McMurphy jamás habría ingresado en un hospital psiquiátrico y, si por alguna casualidad hubiera fingido estar enfermo, habría salido a los pocos días rumbo a la cárcel tras un periodo de observación.
Desgraciadamente, y esto no es un problema como tal de la película, las personas que siguen viendo hoy en día Alguien voló sobre el nido del cuco siguen pensando que los psiquiatras somos figuras castigadoras, que la medicación únicamente sirve para atontar y controlar la voluntad del individuo y que en los hospitales psiquiátricos se hace de todo menos tratar.
Y la realidad es que ayudamos, como cualquier otro médico, a las personas desde el entendimiento de sus circunstancias personales e intentamos por todos los medios que vivan la vida que quieran vivir. Que la medicación les ayuda a llevar una vida plena y autónoma y que lo que se busca en las estancias hospitalarias, en su mayoría breves, es que la persona vuelva cuanto antes a la sociedad de la que viene.
IMPACTO

El impacto de Alguien voló sobre el nido del cuco fue pleno a todos los niveles.
Fue un éxito de taquilla rotundo y ganó los cinco Oscar principales: mejor película, mejor director para Milos Forman, mejor actor para Jack Nicholson, mejor actriz para Louise Fletcher y mejor guion adaptado. Tan solo Sucedió una noche (1934) y El silencio de los corderos (1991) ostentan tal honor.
Además, supuso el empujón definitivo a la carrera de Jack Nicholson, que ya nunca más se separaría de esa imagen inestable que tanto le caracteriza. Y marcó para siempre la carrera de Louise Fletcher, que jamás se repondría de haber interpretado a una de las mejores villanas de la historia del cine (de hecho, existe una precuela del personaje en forma de serie de televisión, llamada Ratched).
En 1993, la película fue seleccionada para su Preservación en el Congreso de Estados Unidos. Y lo merece, por ser una película brillante desde todo punto de vista cinematográfico y una fuente inagotable de debate tanto en su mensaje real (la lucha del individuo contra el poder establecido) como metafórico (la psiquiatría como herramienta de control social y no como terapéutica médica).
¡Un saludo y sed felices!
¡Nos leemos en Las cosas que nos hacen felices!



