Cuando el detective todavía podía ganar
El cine negro nunca fue solamente un género de detectives, asesinatos y calles iluminadas por farolas bajo la lluvia. En realidad, siempre ha sido una forma de entender el mundo que nos rodea. Una mirada a veces cínica, otras mordaz, pero con la desconfianza de que las palabras y las intenciones siempre ocultan la capa más oscura de la sociedad. Películas donde la verdad casi nunca llega limpia.
Durante décadas, el género ha cambiado de rostro. Primero fueron los detectives privados con gabardina, los despachos llenos de humo y las mujeres misteriosas que escondían más de lo que decían. Después llegaron las historias de corrupción, paranoia y pérdida de ideales del cine americano de los años setenta. Finalmente, el cine negro moderno transformó esos mismos temas en relatos más psicológicos, donde el enemigo muchas veces no está fuera, sino dentro del propio protagonista.
Estas ocho películas muestran ese viaje: desde el Hollywood clásico hasta el neo-noir contemporáneo.
1. El sueño eterno (1946) — Howard Hawks
El nacimiento del detective definitivo
Si existe una imagen que resume el cine negro clásico, probablemente sea Humphrey Bogart (el inolvidable Rick de Casablanca) interpretando a Philip Marlowe en El sueño eterno.
La película de Howard Hawks (un maestro del western) adapta la primera novela de Raymond Chandler, maestro de la novela policíaca. Nos presenta a un detective privado inteligente, irónico y aparentemente imposible de corromper. Marlowe se mueve por un mundo lleno de mentiras, chantajes y personajes que nunca cuentan toda la verdad.
Una de sus mejores virtudes es que está salpicada de diálogos espléndidos, siendo uno de los guionistas el genial escritor William Faulkner, que logra guiar la acción de la película atrapando la atención del espectador. Un guion milimétrico que sienta las bases del género y que la convierte en un clásico que se eleva hasta la cima del cine negro.
Lo más fascinante es que la película no trata simplemente de resolver un misterio, sino que desgrana todas las virtudes del ser humano en medio del caos que supone una investigación. Realiza una detallada exploración del submundo del crimen: tráfico de drogas, venganzas y extorsión. Una atmósfera irrespirable por la que deambulan los personajes, ahogándolos en ambientes densos, oscuros y opresivos.
Hawks dirige con maestría las secuencias que se convierten en momentos que recordarás para siempre. La química entre Bogart y Bacall inunda la pantalla con una cálida sensualidad. La música de Max Steiner aporta una partitura que es capaz de realzar la acción y enriquecer los diferentes ambientes, tanto los turbios como los más apasionados.
Quizá resulte una cinta confusa por la excesiva cantidad de personajes y una trama difícil de seguir, que la convierten en una película frenética y algo complicada de entender. Pero sus diálogos, que tienen una elegancia extraordinaria y en los que cada conversación parece esconder una segunda intención, convierten a esta cinta en una joya por descubrir.
El detective clásico del cine negro no era un héroe perfecto. Era alguien que sabía que el mundo estaba roto, porque le había quebrado a él mismo, pero aun así intentaba mantener la dignidad de su profesión. El sueño eterno representa el nacimiento de ese personaje que marcaría todo el género.

2. Sed de mal (1958) — Orson Welles
Cuando el héroe empezó a perder su luz
Más de una década después, Orson Welles llevó el cine negro hacia un territorio mucho más tenebroso: sombras, calles decadentes y personajes atrapados por sus propias decisiones. Una densa historia sobre el poder y la corrupción, barnizada por un tono barroco y recargado que asfixia a los personajes y les presiona para sacar su lado más oscuro.
Como ese policía, un extraordinario Charlton Heston (El Planeta de los Simios (1968), que camina con el peso de estar siempre al borde entre lo legal y lo ilegal para lograr sus propósitos. O ese Welles que interpreta a Hank Quinlan, un policía brillante pero moralmente destruido, uno de los personajes más complejos de toda la historia del género.
En Sed de mal, ya no encontramos un mundo de detectives elegantes enfrentándose a criminales sofisticados. Aquí todo está contaminado. La corrupción ya no es una excepción, sino parte del sistema. Un sistema que devora al ser humano para convertirlo en monstruos que intentan sobrevivir al mal.
Orson Welles nos deleita con unos movimientos de cámara dinámicos que dan vida a la trama y con encuadres que muestran visualmente las características de los personajes. Un ejercicio de estilo inigualable, cargado de modernidad, aunque en algunos momentos ese afán por superarse le cueste algunas escenas sobrecargadas de pretenciosidad.
Uno de los detalles por los que se le critica es su ritmo irregular, que en algunos pasajes roza el aburrimiento, y la escasa credibilidad que tiene el personaje de Janet Leigh como esposa, que está desaprovechado.
Sin embargo, solo con su espectacular plano secuencia de apertura un prodigio de dominio de la técnica y la puesta en escena (algo que muchos descubrieron como novedad en la serie Adolescencia), en el que una bomba con temporizador sirve como McGuffin para presentar la historia, estamos ante, sin duda, uno de los mejores comienzos de la historia del cine.
El cine negro empezaba a abandonar la idea de que la justicia siempre podía triunfar. Un drama criminal oscuro y extravagante que ningún cinéfilo debería perderse.

3. Chinatown (1974) — Roman Polanski
La muerte del sueño americano
Si El sueño eterno representa la época dorada del detective privado, Chinatown es la película que demuestra que ese mundo ya no existe. Es sombría, impulsiva, elegante, cautivadora y capaz de establecer sus propios códigos y transgredir los ya preestablecidos. Como una Faye Dunaway que demuestra con su mirada un erotismo trágico que presagia el destino como inevitable.
Jack Nicholson (quien ganó un Óscar por Alguien voló sobre el nido del cuco) interpreta a J. J. Gittes, un detective privado que comienza investigando una simple infidelidad y termina descubriendo una red de corrupción relacionada con el poder, el dinero y la política.
Lo extraordinario de la película es que recupera todos los elementos del noir clásico para darles un significado mucho más pesimista. Hay detective, misterio, femme fatale y conspiración, pero el resultado es mucho más amargo. Con un final pesimista que destroza cualquier atisbo de bondad en la sociedad.
Roman Polanski dota de una ambientación única al film, la necesaria para elevar una película a la categoría de icono del género negro. No aspira a ser una resurrección de los viejos moldes, sino a quebrantarlos para dar un nuevo sentido al Noir con una corrupción contemporánea.
Aquí el protagonista no puede arreglar las cosas. La verdad existe, pero descubrirla no significa ganar. Una trama envuelta en una ironía innegable que define una verdad sucia y corrompida a la que solo se sobrevive con cinismo, un cinismo que rebosa por todos los poros de uno de los detectives privados más carismáticos de la historia del cine.
Puede pesar su ritmo lento, con una narrativa pausada demasiado dependiente de sus diálogos. Por otro lado, la fuerza del estilo es tan marcada que en algunos momentos le resta naturalidad, dándole cierta previsibilidad por su guion tan perfecto que deja poco margen a la sorpresa.
Aun así, una película brillante que resume la filosofía del cambio del nuevo cine negro: hay lugares donde las reglas simplemente no funcionan. (aquí puedes leer una retro-reseña de Chinatown).

4. Seven (1995) — David Fincher
Cuando el crimen se convirtió en pesadilla
Una película que representa claramente el noir urbano contemporáneo. La ciudad de Fincher es prácticamente la heredera de las calles del noir clásico: lluvia, oscuridad, decadencia, crimen, anonimato y una sensación constante de que debajo de la sociedad existe algo podrido.
Una ciudad sin nombre, cubierta por una lluvia interminable y una tenebrosidad que parece haberse instalado definitivamente en sus calles, sirve como escenario para una investigación policial que se transforma en un descenso psicológico turbador. Cada pista acerca a los detectives a la verdad, pero también los introduce un poco más en la mente del asesino.
Brad Pitt y Morgan Freeman interpretan a dos detectives enfrentados a una sucesión de asesinatos inspirados en los siete pecados capitales. Uno representa la juventud, la rabia y la necesidad de encontrar respuestas; el otro, el cansancio de quien lleva demasiado tiempo contemplando la parte más miserable del ser humano. Dos formas de entender la justicia que terminan chocando con un enemigo que no pretende simplemente matar, sino convertir sus crímenes en un mensaje.
David Fincher (descubre sus mejores películas) construye una atmósfera opresiva en la que la ciudad parece respirar el mismo mal que persiguen los protagonistas. La fotografía de Darius Khondji, dominada por tonos apagados y una sombra casi permanente, convierte cada calle, cada habitación y cada rincón en un espacio amenazante.
La película también supone una ruptura con el detective clásico. Aquí ya no existe el código de honor de Philip Marlowe ni la posibilidad de enfrentarse al crimen desde cierta distancia. Somerset y Mills investigan un mundo que parece haber perdido cualquier posibilidad de redención. Ambos acabarán descubriendo que la frontera entre perseguir el mal y ser devorados por sus fauces resulta mucho más frágil de lo que imaginaban.
Puede reprochársele su pesimismo absoluto y una crudeza que en algunos momentos busca incomodar deliberadamente al espectador. También que su concepción del mal resulta tan calculada que puede transmitir cierta sensación de artificio.
Queda para el recuerdo de la leyenda del cine su extraordinario final. Uno de los más devastadores del thriller moderno, capaz de transformar toda la investigación anterior en una reflexión sobre la violencia, la desesperación y la pérdida de los límites morales. En Seven, encontrar al culpable no significa vencer. Significa descubrir que la verdad no deja una luz que limpie las calles, sino que deja tras de sí una oscuridad tan profunda, inherente al ser humano, que es imposible de borrar.
El detective noir había dejado definitivamente de buscar la verdad para empezar a preguntarse si realmente quería conocerla.
Cuando el detective dejó de tener todas las respuestas
Durante décadas, el cine negro construyó sus historias alrededor de hombres que caminaban hacia la oscuridad convencidos de que, al final del camino, encontrarían alguna respuesta. Pero el mundo que rodeaba al detective fue cambiando y, con él, también sus certezas.
El detective todavía seguía buscando respuestas, pero cada vez resultaba más difícil creer que encontrarlas pudiera cambiar algo. Entonces llegó una nueva generación de cineastas. La ciudad se volvió más oscura, los crímenes más perturbadores y la investigación dejó de ser únicamente un camino hacia la verdad. El detective comenzó a internarse en un territorio mucho más peligroso: aquel en el que perseguir al mal podía significar terminar formando parte de él.
El cine negro estaba a punto de dejar de mirar únicamente hacia las calles para comenzar a mirar hacia el interior del ser humano… Pero ese abismo tenebroso ya lo descubrirás en la segunda parte del artículo.



