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Retro-Análisis: Batman (1966), a sesenta años del primer largometraje del murciélago

A pesar de ser uno de los personajes emblemáticos de DC y del mundo del cómic en general, le llevó a Batman casi treinta años tener su propio largometraje para cine después de dos seriales.  El 30 de julio de 1966 llegaba a los cines la película que, basada en la exitosa serie televisiva, dejó para siempre un par de escenas icónicas y constituyó la primera reunión cumbre de archivillanos en pantalla grande.  Hoy y aquí la repasamos…

¿Qué pesa seis onzas, se posa en un árbol y es muy peligroso?” Si no sabes que la respuesta a ese enigma del Acertijo es “un gorrión con ametralladora”, entonces nunca has visto la película Batman, de 1966, hoy motivo de nuestro retro-análisis. Más probable es, en cambio, que hayas oído hablar del bat-repelente para tiburones, pues ha quedado tan instalado en la cultura popular (incluso para quienes nunca vieron el filme) que muchos creen erróneamente que ese producto tan particular como inolvidable aparecía en realidad en la recordada serie de los sesenta, primera para TV sobre el murciélago.

Pero no: esos inolvidables gags corresponden a Batman, película que funcionaba justamente como spin-off de la misma que, para ese entonces, era ya un éxito televisivo y, si quieren saber más al respecto, les invito a leer el artículo de un servidor que en enero publicáramos en esta web con motivo de cumplirse sesenta años de su estreno. Pero el que sopla ahora las sesenta velitas es el filme, pudiendo por lo tanto sorprender el poco tiempo mediante entre ambos estrenos.

La realidad es que el productor William Dozier ya había tenido en mente una película desde antes que se estrenase la serie que lo tiene también como responsable. Su idea era que la misma sirviese precisamente para rescatar al personaje pero, también y fundamentalmente, como prólogo y promoción para la eventual serie que después vendría.

Pero desde 20th. Century Fox no estuvieron dispuestos a costear un filme y también es cierto que, a la hora de ser llevados a la pantalla, los superhéroes de cómic no gozaban todavía de tanta carta franca como tendrían después (aunque técnicamente, y como siempre digo, Batman no es un superhéroe). Decidieron, por lo tanto, volcar más bien sus dólares y sus esfuerzos de producción a la serie y recién dieron vía libre a la película una vez que la misma fue exitosa.

Estamos, entonces, ante el primer largometraje sobre el personaje, lo cual no es lo mismo que decir su primera aparición cinematográfica, pues ya había tenido dos seriales para cine en los años cuarenta. Y ese lugar de filme pionero no se lo puede quitar ninguno de los que después llegaron con mucha más producción y pretensiones estéticas.

La dirección fue confiada a Leslie H. Martinson, quien había tenido a su cargo dos episodios de la única temporada de la serie hasta el momento emitida (terminarían siendo tres). Y de modo análogo, el guion recayó en manos de Lorenzo Semple Jr. y la banda sonora en las de Nelson Riddle, ambos responsables de idénticos menesteres en la misma. Ello garantizaba tanto situaciones absurdas y disparatadas, como que sonase el famoso e inconfundible tema musical que allí hacía de leitmotiv.

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Reunión Cumbre

En lo básico, no se puede negar que la película es prácticamente un capítulo extendido de la serie, aunque con más producción y exteriores, además de la particularidad de introducir al cine basado en cómics el concepto de crossover, otro aspecto en el cual innova, pues la gran bomba que diferencia al filme (y una de las cosas que más me entusiasmaron al verla de niño) es la posibilidad de ver a tantos villanos juntos, pues están El Pingüino, el Acertijo, el Joker y Catwoman: lo que se dice un verdadero seleccionado y todo un evento para los fans de la serie.

Hoy no sería visto como crossover porque se trataba de villanos que compartían un mismo universo e incluso una misma serie, pero hasta allí estábamos acostumbrados a no verles nunca reunidos, pues primaba en la misma una regla no escrita según la cual no podía haber más de un villano por capítulo. De hecho, la película sentaría las bases para reuniones futuras, pues a partir de la segunda temporada tendríamos también reuniones en algunos capítulos televisivos, pero a lo sumo de dos villanos, nunca cuatro como aquí ocurre.

Y así como Batman y Robin son también encarnados en cine por esa impagable dupla del absurdo que conformaban los casi antiestéticos Adam West y Burt Ward, los villanos, o al menos tres de ellos, están igualmente a cargo de los actores que, de manera maravillosamente sobreactuada y caricaturizada, les daban vida en la serie: tales los casos del Pingüino, el Acertijo y el Joker, respectivamente interpretados por Burgess Meredith, Frank Gorshin y César Romero.

La única ausente con aviso fue Julie Newmar, quien componía originalmente a Catwoman (por cierto y si lo desean, les invito a echar un vistazo a mi listado de las mejores encarnaciones del personaje en pantalla y ni falta hace decir a cuál pongo en primer lugar). De todo el elenco, era sin duda quien tenía la agenda más cargada de compromisos cinematográficos y ello, cada tanto, le impedía estar disponible por hallarse afectada a algún rodaje.

No pudo pues estar para dar vida a Catwoman en la película (aunque volvería al personaje en la segunda temporada de la serie), lo que motivó su reemplazo por Lee Meriwether, que no está mal, pero no alcanza ni por asomo la sensualidad de Newmar ni es capaz de pronunciar de la misma manera ese purrr tan característico que fuera su sello de identidad. Meriwether está bastante mejor como la doctora McGregor en El Túnel del Tiempo, papel que interpretaría solo unos meses después y en donde sí se la iba a ver realmente sensual de guardapolvo y mordiendo la punta de sus lentes bolígrafo en mano.

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La Historia

Pero reunir a cuatro villanos de ese calibre implicaba, desde luego, un plan mayúsculo, que el “joven maravilla” deduce bien del razonamiento que en la película hace Batman: dominar el mundo. A tal fin, buscan apropiarse de un revolucionario deshidratador capaz de reducir a una persona a mera montaña de polvo y que traman tomar del barco en que el mismo es transportado por su inventor, el comodoro Schmidlapp (Reginald Denny).

Una vez que se hagan del mismo, el objetivo es introducirlo en el edificio del Mundo Unido (un equivalente de las Naciones Unidas) para deshidratar a los líderes mundiales y tomar por cuenta propia el control del planeta. Hay una piedra en el camino, desde ya, o más bien dos: Batman y Robin. Por ello y, a fines de sacárselos de encima, los archivillanos urden paralelamente una estrategia para atraerlos y capturarlos usando como señuelo el secuestro del millonario más conocido de Gotham: Bruce Wayne.

La idea para atrapar a este último es seducirlo a través de Catwoman, pero sin máscara ni catsuit, sino caracterizada como una supuesta periodista rusa que se hace llamar Miss Kitka (imposible referencia más obvia). El problema, como bien sabemos y ellos no, es que es obviamente imposible que Batman acuda al rescate de Bruce Wayne siendo ambos la misma persona.

En medio de todo ello, tenemos ilusiones holográficas, tiburones explosivos, misiles Polaris que escriben acertijos en el cielo, un submarino con aspecto de pingüino y, por supuesto, la clásica pelea con onomatopeyas del tipo zwapp, biffff, kapow y demás, que se produce ya hacia el final y presentándose las mismas, a diferencia de la serie, no como carteles que interrumpen la acción, sino superpuestas encima de las imágenes.

No faltan, asimismo, algunos de los entrañables personajes de la serie, los que también son interpretados por los mismos actores, como el mayordomo Alfred (Alan Napier), la tía Harriet (Madge Blake), el comisionado Gordon (Neil Hamilton) o el teniente O´Hara (Stafford Repp). Tampoco el batmóvil, la escalada con la batcuerda o el descenso por los bat-tubos, deliberadamente indicados con un cartel que aclara que conducen a la batcueva por si alguien no lo supiera (en Latinomérica, recordemos, todos esos elementos eran identificados con el prefijo bati en lugar de bat).

Cuando el Absurdo era Arte

Pero la película, además, se permite introducir un par de novedades en cuanto a medios de transporte, particularmente la bat-moto, el bat-helicóptero (estilizado con unas alas más ornamentales que aerodinámicas) y la bat-lancha. Ninguno de esos elementos había hecho hasta el momento presencia en la serie y solo uno (la moto) quedaría más o menos incorporado a ella de manera recurrente después, en tanto que los otros dos solo aparecerían fugazmente y a partir de escenas sobrantes de la película.

Al igual que la serie, el filme destila un humor muy propio de los sesenta, aquellos años en los que, como suelo decir, el arte era absurdo y el absurdo arte. Y los colores, fundamentalmente primarios y chillones, contribuyen a ello. Es camp, es pop, es kitsch y es autoparodia, pues se ríe de los propios convencionalismos y lugares comunes de los cómics de los cuales Batman, en definitiva, procede. La película no toma jamás en serio su material de origen del mismo modo que muchas de las de James Bond no lo hacían con las novelas de Ian Fleming en que se basaban.

La idea, por supuesto, es la búsqueda de lo deliberadamente disparatado y lo extravagantamente ridículo. Un humor que, dentro de la misma década, se puede hallar también en títulos apenas posteriores como Casino Royale (1967) o Barbarella (1968) y que encuentra un excelente vehículo en las sobreactuaciones del elenco y, particularmente, en la inexpresividad de Adam West, de quien no hay que olvidar que había sido elegido para la serie por ser, entre todos los que audicionaron para el personaje, el único capaz de decir las líneas sin reírse. En algún punto, y a pesar de ser un producto claramente americano, hay en el Batman de los sesenta un humor bastante británico.

Es posible que en la película, como consecuencia casi lógica de la mayor producción y duración, todo ello esté más exagerado, pero no deja de surtir efecto y hay, de hecho, un par de escenas inolvidables que se han vuelto con el tiempo altamente icónicas y es imposible que no muevan a risa.

Una es, por supuesto, la del bat-repelente para tiburones que, extrayéndolo de una especie de botiquín en el cual se aprecian también símiles productos para ballena, barracuda o mantarraya, Robin le alcanza a Batman mientras este pende de la escala del helicóptero con un escualo de hule prendido a su pierna: simplemente genial. Ni hablar del “¡Santa Sardina!” que exclama Robin o de su maniobra acrobática, casi de trapecio, que parece un homenaje quizás involuntario a los orígenes que el personaje de Dick Grayson tenía en el cómic y nunca demasiado tratados en la serie.

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La otra escena difícil de olvidar es sin duda la de Batman corriendo por el puerto mientras procura deshacerse de una bomba como las de los dibujos animados: negra, esférica y con mecha. Pero no encuentra cómo hacerlo porque se cruza sucesivamente con dos monjas, una banda de músicos, una mujer llevando a un bebé, una pareja besándose en un bote y… un grupo de patitos a los que Batman nunca mataría. Aunque lo mejor sea quizás la explicación que da a Robin cuando este le pregunta por qué arriesgó su vida para salvar a unos borrachos de taberna: “puede que beban, pero son seres humanos”. Sublime es poco…

Otro aspecto en que la película innova con respecto a la serie es en introducir el contexto de época y, desde luego, jugar con el mismo llevándolo también al absurdo. Ello puede verse en la presencia de los líderes del Mundo Unido (con características nacionales perfectamente estereotipadas) o en la supuesta periodista soviética que enamora a Bruce (una subtrama que vuelve a remitir a las historias del 007), así como en los misiles Polaris, la gran novedad armamentística de la primera mitad de la década.

Pero, como hemos dicho, todo es una excusa para tomárselo a broma y hasta reírse del propio gobierno de Estados Unidos o de la burocracia. Así, cuando Batman llama al Pentágono para preguntar si vendieron últimamente un submarino preatómico, el militar que lo atiende responde que sí y que el comprador fue un tal P. N. Gwynn (otra referencia obvia, en este caso a “penguin”), pero cuando le pide la dirección del mismo, resulta que… no tomaron nota.

Solo por ponerle al filme un par de pegas, hay que decir que, de los cuatro villanos, el personaje del Joker es el más desaprovechado, pues aporta poco a la trama y es una pena considerando la deliciosa interpretación de César Romero. También que en la última media hora la trama pierde algo de ritmo aunque, por otra parte, el remate final es de lo más desternillante y, si bien no voy a contar cómo termina, sí diré que no tiene precio ver a Batman y Robin escabulléndose por una ventana después de haber metido la pata…

Valoración y Legado

La película fue estrenada en Austin, Texas, el 30 de julio de 1966. ¿Por qué allí? Pues porque eso era lo acordado con Glastron, compañía que había diseñado la batlancha y que en esa ciudad tenía precisamente su sede.

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Es inútil tratar de ver este Batman sin contexto y teniendo únicamente en nuestra cabeza las versiones más oscuras que llegaron después. No hay que olvidar que esos cambios no habían aún siquiera arribado a las viñetas, pues sería recién a partir de los ochenta y, especialmente, de los guiones de Frank Miller o Alan Moore que el personaje adoptaría un tono mucho más sombrío y psicológico. Ese mismo en el que terminarían especialmente abrevando las versiones cinematográficas de Tim Burton, Christopher Nolan o Matt Reeves, de las cuales pueden leer nuestras críticas y retro-análisis pinchando en los respectivos links que les dejo.

Pero el Batman de los cómics de la Edad de Plata (1956-1971) tenía justamente ese carácter ligero y despreocupado del que tanto la serie como la película de los sesenta se apropiaron a partir de la autoconciencia y de tomar nota de aquello que era justamente absurdo para hacerlo aún más absurdo. Y fue llevado a la pantalla con un tono claramente familiar, pues los adultos podían disfrutar de la ironía y los niños simplemente de una historia divertida. Tal es precisamente la razón por la cual, en mi caso personal, disfruté mucho a mis ocho años de la película que nos ocupa, pero sigo haciéndolo ahora.

El error sería verla sin contexto, sin ubicarla en una década en la cual lo normal era, justamente, reírse de la formalidad y los convencionalismos. El público de aquellos años estaba mucho mejor predispuesto que el de hoy para propuestas de este tipo y por ello la TV estaba plagada de productos como Los Munster, La Familia Addams o Superagente 86. La diferencia, en todo caso, era que en Batman no había risas de fondo y la broma debía ser descubierta…

Un humor que, lamentablemente, después se perdió, pero dejó huella. Y si no, alcanza con ver las películas de Leslie Nielsen a partir de los años ochenta o las de Mike Myers dando vida a Austin Powers, ya en los noventa. Hasta las de Deadpool tienen hoy en día algo de aquel espíritu, aun cuando jueguen con un humor negro más propio de esta época. Y ese tipo de acertijo como el del gorrión con ametralladora suena hoy casi de stand up, con lo cual probablemente también haya dejado huella.

Para disfrutar Batman, pues, hay que verla sin comparar con lo que vino después, pero sí sabiendo reconocer su influencia. Y el hecho de que Alan Moore, que con La Broma Asesina fue, como nadie, capaz de llevar al personaje a sus extremos más retorcidos y violentos, sea paradójicamente quien afirme que Adam West fue el mejor Batman de la historia por haber sabido captar el costado rídiculo del personaje no deja de ser una gran paradoja, pero también un dato muy sugerente. Y que lo diga él no es poca cosa…

Hasta la próxima y sean felices…

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Rodolfo Del Bene
Rodolfo Del Bene
Soy profesor de historia graduado en la Universidad Nacional de La Plata. Entusiasta del cine, los cómics, la literatura, las series, la ciencia ficción y demás cosas que ayuden a mantener mi cerebro lo suficientemente alienado y trastornado.
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