El 8 de febrero de 1976 llegaba a los cines Taxi Driver, película que, con una actuación memorable de Robert De Niro, marcaría de manera definitiva el estilo de dirección de Martín Scorsese a través de un crudo retrato de una sociedad decadente que dejaría tanta controversia como influencia. Al cumplirse medio siglo de su estreno, la revisitamos…
Bienvenidos sean a un nuevo retro-análisis que, una vez más, corresponde a un aniversario. Cuando algunos años atrás se estrenó con tanta repercusión Joker (2019) fue inevitable que cada crítica o reseña hiciera referencia a Taxi Driver (1976). Y no por poner ambas películas en pie de igualdad ya que tienen objetivos argumentales y estéticos muy diferentes, sino porque el filme de Martin Scorsese, de cuyo estreno se cumplen mañana cincuenta años, ha dejado y sigue dejando reconocible influencia no solo en el cine sino también en la cultura general, virtud que solo tienen un puñado de películas icónicas y rupturistas.
La historia nació a partir de un guion escrito por Paul Schrader, quien un año antes había tenido su debut como escritor con el filme Yakuza que, dirigido por Sydney Pollack y protagonizado por Robert Mitchum, estuvo lejos de ser un suceso comercial, pero le abrió las puertas a Schrader para que Brian De Palma le convocara a escribir su película Fascinación, que se acabaría estrenando en 1976, incluso después que Taxi Driver y unos meses antes que Carrie, filme que provocaría el despegue absoluto en la carrera del afamado director.
Se trata de un guion con mucho de autorreferencia, ya que el propio Schrader padecía por esos días de insomnio crónico y acababa de salir de una internación hospitalaria por una úlcera estomacal. El hecho de no haber visto prácticamente a nadie durante las dos semanas en que estuvo internado le llevó a reflexionar acerca de la soledad en que a veces se puede estar en una gran ciudad y no se le ocurrió mejor metáfora que un taxi para simbolizarla: él mismo había vivido durante algún tiempo en su propio auto luego de romper con su pareja y el vehículo se le antojaba como un ataúd rodante en medio de la jungla de asfalto.
El matrimonio de productores integrado por Michael y Julia Phillips se interesó por el proyecto y lo llevó a Columbia Pictures, siendo la idea original que el eventual filme fuera dirigido por John Milius o Irvin Kershner, pero los presupuestos eran ajustadísimos y fue entonces que De Palma, por medio de Schrader, les presentó a Martin Scorsese que, a pesar de gozar ya de cierto prestigio por la recepción crítica de Malas Calles (1973) y Alice ya no vive aquí (1974), no había tenido un gran suceso de taquilla y ello hacía sus honorarios más accesibles.
Y el aporte de Brian al filme y a la futura carrera de Scorsese no acaba allí: además fue el de responsable de presentarle a Bernard Herrmann, el ya legendario creador de la banda sonora de Psicosis (aquí retro-análisis) que, al igual que Schrader, estaba por esos días trabajando con él en Fascinación.
Además de las propias experiencias personales de su autor, el guion tomaba inspiración del intento de asesinato llevado a cabo el año anterior contra el presidente Gerald Ford y, desde el punto de vista fílmico, recogía influencias del western Centauros del Desierto (John Ford, 1956) y el thriller El Hombre Equivocado (Alfred Hitchcock, 1956) , así como también y muy especialmente del cine europeo, del que Schrader y Scorsese eran devotos adeptos.
De hecho, y según propias palabras de ambos, hay en el tratamiento de Taxi Driver reminiscencias de los filmes franceses Pickpocket (Robert Bresson, 1959) y El Silencio de un Hombre (Jean-Pierre Melville, 1967), al punto que llegaron a pensar para el papel principal en Alain Delon, protagonista de este último, pero sabida fue siempre la resistencia del ya desaparecido actor galo (aquí nuestra nota con motivo de su fallecimiento en 2025) a trabajar en Hollywood y en inglés.
Dustin Hoffman, Al Pacino, Jason Miller y Jeff Bridges fueron igualmente considerados para el papel principal pero el elegido terminó siendo Robert De Niro que, a pesar de tener ya en su haber un Oscar por El Padrino Parte II (1974, aquí retro-análisis) y de haber protagonizado para el propio Scorsese la antes mencionada Malas Calles, no era aún una figura de renombre y sería justamente este el rol que lo consagraría. Aun así, recortó en gran medida sus exigencias económicas para poder estar en la película, decisión que en retrospectiva solo puede ser vista como acertada.
De Niro, quien en ese momento se hallaba en Roma terminando de rodar Novecento a las órdenes de Bernardo Bertolucci, es conocido por ser lo que se dice “actor de método” y, como tal, se comprometió al ciento por ciento con el personaje. Tanto que perdió dieciséis kilos para interpretarlo y hasta sacó una licencia de taxista para recorrer durante un par de semanas las calles de New York levantando pasajeros (según cuenta, solo uno le reconoció). Incluso, en uno de los viajes a Italia por el rodaje paralelo de Novecento, visitó una base militar estadounidense para grabar a soldados del medio oeste norteamericano y retener sus acentos.

La filmación se realizó mayormente en Manhattan, New York, deuda pendiente del director, que había debido rodar en Los Angeles muchas escenas de Malas Calles a pesar de ubicarse también su historia en la “gran manzana”. La fotografía fue confiada a Michael Chapman, siendo esta su primera colaboración con Scorsese, experiencia que se repetiría en El Último Vals (1978) y Toro Salvaje (1980), además del videoclip para la canción Bad (1987) de Michael Jackson.
Con un exiguo presupuesto de un millón trescientos mil dólares que, con mucho esfuerzo y a duras penas, logró ser estirado hasta un millón novecientos, Taxi Driver terminó llegando a los cines el 8 de febrero de 1976 y causó una verdadera revolución…
La Historia
Travis Bickle (Robert De Niro) es un ex marine que ha estado en Vietnam y tiene problemas de insomnio. Debido a ello, considera que lo mejor es procurarse un empleo como taxista de noche y así recorre las calles de New York siendo espectador en primera fila de la miseria y decadencia que pueblan la ciudad.
La fauna nocturna es de lo más variopinta, como también los pasajeros que le toca llevar, entre ellos un sujeto que, interpretado por el propio Martin Scorsese, le cuenta que planea asesinar a su esposa por haber descubierto que le es infiel con un hombre negro. Pero en medio de la sucia ciudad puede haber también un ángel: una muchacha de cabello rubio y vestida de blanco de la cual luego sabrá que su nombre es Betsy (Cybill Shepherd) y a la que siempre ve entrar a un local partidario.
Para conocerla, se involucra justamente en el partido sin tener idea de quién es ni qué propone el tal Charles Palantine (Leonard Harris) al cual apoya como candidato a presidente. Si se inmiscuyó fue solo por Betsy y no entiende ni le importa nada de política; solo está seguro de que alguien debería hacer limpieza en esa ciudad decadente y corrupta, e incluso se lo manifiesta así al propio candidato presidencial, a quien asusta un poco cuando le toca llevarlo en su taxi.
Lo importante para él, de todas formas, es Betsy y la cosa parece ir mejor imposible cuando consigue con ella la primera cita pero, inexperto como es en salidas románticas, lo arruina todo llevándola a un cine para adultos de los que tiene plenamente incorporados y normalizados de sus noches de insomnio. Travis no entiende qué hizo mal y su ira lo lleva a increpar duramente a Betsy en el local del partido, por lo cual acaba expulsado del mismo.
Pero Betsy no es su única obsesión: también una chica de doce años llamada Iris (Jodie Foster), cuyos servicios ofrece impunemente en la calle un proxeneta apodado Sport (Harvey Keitel). Se la cruza un par de veces y sabe bien que esa chica no debería estar allí, por lo que, fingiendo pagar precisamente por un servicio sexual de quince minutos, hace el intento de sacarla fuera de ese mundo. Pero, para su sorpresa y confusión, cuando le plantea a la niña que no quiere tener sexo sino liberarla, ella no quiere dejar a su proxeneta ni volver con su familia…

Tantas frustraciones solo pueden ir hacer cayendo a Travis en un pozo en el cual se hunde inexorablemente y termina yendo a ver a un traficante de armas del bajo mundo que le consigue prácticamente un arsenal con el cual se arma hasta los dientes mientras cambia su look, luciendo ahora chaqueta militar y corte mohicano. Y no contaré más…
Un Fantasma Urbano
Como decíamos sobre el principio, Taxi Driver fue en su tiempo una película polémica y controversial. Por la temática (prostitución infantil incluida), por el enfoque (no le interesa establecer si Travis es héroe o villano) y por su crudo tratamiento de la violencia, particularmente sobre el final, en el cual Scorsese debió desaturar los colores para no hacer la sangre tan chillona y obtener así la calificación R. Pero, por sobre todo, es la película con la cual el director dejó impreso el sello de lo que sería su cine de allí en más o, por lo menos, de su etapa más corrosiva y también más creativa.
Aun con sus escenas diurnas, es una película básicamente nocturna, elemento común a mucha de su filmografía, subyaciendo la idea de que es en la noche cuando se libera la fauna urbana y, junto con ella, el delito y la corrupción tapados durante el día. De noche, las personas se muestran tal como son y, al menos según muestra la película, no para bien.
El propio Travis no escapa a esa norma. Para él, nadie allá afuera es bueno, a excepción de Betsy, cuyo rubio cabello e impoluto blanco marcan contraste y diferencia con todo cuanto le rodea, o la niña Iris, de quien golpea duramente su sentido de la moral el verla en las calles como prostituta.
Pero con ambas se acaba decepcionando, aumentando ello su desazón y sensación de soledad: con la primera porque escapa del cine dejándolo solo y sin siquiera darle una segunda chance; con la segunda, por su negativa a dejar la vida de la cual justamente él quiere sacarla.
Es que Travis normaliza sus propios puntos de vista y cree que todos deberían ver las cosas como él; no termina de entender por qué Betsy se marchó del cine ni, mucho menos, por qué una niña que debería estar en el colegio o con sus padres prefiere seguir inmersa en un mundo de porquería.
Y su ira se exacerba a la par de su incomprensión, pues su respuesta a la frustración es la violencia y allí entran a jugar el culto por las armas tan común en la sociedad norteamericana y la facilidad con que se consiguen. Si Betsy no quiere estar con él, se vengará buscando asesinar al candidato presidencial que apoya y avala. Y si Iris no quiere abandonar la inmundicia, se encargará de limpiar la misma a puro disparo y sin concesiones, de tal forma que no quede a la niña más que regresar a su vida anterior.
El clima político y social de la época contribuye al cuadro de decadencia: la sociedad norteamericana venía en ese momento de Watergate y Vietnam, sumado a que la ciudad de New York se hallaba al borde de la bancarrota con su personal sanitario en huelga y sus calles cada vez más atestadas de marginales, a la par que una brutal ola de calor se abatía sobre el conjunto aumentando así la sensación de atmósfera opresiva y asfixiante.
Travis se mueve al comando de su taxi como un fantasma urbano, un testigo externo que observa el mundo a través de los cristales o del espejo retrovisor, los cuales funcionan justamente para nosotros como metáfora del lente con el cual mira. De hecho, hay una diferencia de ritmo entre lo que transcurre dentro del taxi, a velocidad normal, y lo que ocurre fuera, en cámara lenta. Es difícil determinar si en ello habrá tenido también que ver De Palma, pero el uso de ese recurso marca un interesante punto de confluencia más allá de quién haya influido a quién.
Lo que Travis ve es solo decadencia y corrupción, pero no hace de ello una lectura sociológica porque no tiene la formación ni los elementos necesarios. Su visión de la realidad se basa en lo cotidiano, en la observación directa y simple desde el interior de su taxi. Y lo que observa es para él indiscutible: sus conclusiones, pragmáticas en lugar de teóricas, no están sujetas a debate…
Carga con los prejuicios del ciudadano común y los alimenta cada noche, tal como se desprende de los pensamientos que nos llegan a través de su relato en off. Nos dice, por ejemplo, que no tiene problemas con los negros, pero bastará que un grupo de afroamericanos apedree su auto o que encuentre a uno de ellos atracando un comercio para que sus puntos de vista cambien radicalmente.
Es que Travis, de tan común y ordinario, da miedo. En sus palabras reconocemos muchas que oímos a diario, incluso quizás de nuestra propia boca. Y la lectura que se desprende de ello es terrible e inquietante: que los extremos no están tan lejos como nos gustaría pensar…

La diferencia entre un taxista y un asesino puede ser pequeña: después de todo, también fue una ciudadana ordinaria la que en 1975 intentó asesinar al presidente Ford y lo mismo el que cinco años después, con consecuencias más fatales, dispararía contra John Lennon. La frontera es tan delgada que la trama se termina tocando con la realidad, al punto incluso de haber el filme acabado por inspirar un real intento de asesinato, pero ya volveremos sobre ello…
Una Colección de Talentos
La dirección de Scorsese es realmente soberbia y se complementa a la perfección con el guion: de hecho, hay momentos en que parece que este último estuviera ausente y que no se interprete ello como carencia, ya que el principal mérito del filme reside justamente en que todo discurre de modo prácticamente natural y por momentos documental, como si lo que sucede en pantalla siguiera simplemente su propio curso. Ello hace a la historia aún más terrible y estremecedora porque lo que muestra, precisamente, no es algo raro o que no pueda ocurrir.
La fotografía de Chapman contribuye sin duda a ello, volviéndose más oscura cuando se muestran los hechos más escabrosos o bien en tomas que, especialmente en el interior del taxi (donde la cámara tiene menos ángulo y movimiento), aumentan la sensación de angustia y opresión. Los planos son inquietantes y cada vez que los ojos de Travis se recortan contra el espejo retrovisor, un escalofrío nos recorre la espalda.
Pero todo eso no sería posible sin un descomunal trabajo de De Niro, sobre todo por su capacidad de transmitir en silencio lo que está pensando. Cuando los afroamericanos apedrean su auto, no emite palabra alguna: simplemente continúa su marcha, pero ya sabemos por su mirada que no piensa lo mismo que antes. Y cuando ve a Iris ejercer la prostitución en la calle, no hace falta que ponga en palabras lo que tiene en mente: no hay atracción sexual; solo indignación y repugnancia.
Tres escenas me quedan particularmente grabadas de su actuación. Una, icónica por cierto, es cuando se mira al espejo y con una sonrisa socarrona pregunta: “¿Me estás hablando a mí?”. Otra es cuando la policía lo encuentra en medio del tendal de muertos y, llevándose un ensangrentado dedo índice a la frente, imita jalar un gatillo mientras sus labios emiten un débil “Pufff… pufff…”. Y la tercera es la del final, cuando mira por última vez al espejo retrovisor y su mirada no nos deja seguros de nada…
Pero no todo se limita a De Niro: no podemos dejar de obviar, por cierto, a Jodie Foster en una increíble interpretación infantil que, de las mejores que se hayan visto en pantalla (quizás en un cuádruple podio femenino con Linda Blair, Natalie Portman y Anna Paquin), entrega un trabajo increíblemente intenso para su edad, valiéndole incluso su primera nominación al Oscar y anunciando una rutilante carrera que a la larga le dará incluso dos de las preciadas estatuillas.
Cybill Shepherd, años después estrella de la serie Moonlightning junto a Bruce Willis, puede parecer a primera vista inexpresiva, pero nada más lejos: su papel se ajusta claramente a lo que Travis ve en ella, ese ángel de sonrisa etérea que abandonará su rostro cuando él, en su ingenuidad e inexperiencia romántica, la lleve al cine de adultos.
Entre el elenco masculino, no sé ya qué más decir de Harvey Keitel, quien vuelve a compartir pantalla con De Niro después de Calles Principales y es para mí uno de los mejores actores vivos a los que, sin embargo y aunque parezca mentira, la Academia jamás ha reconocido como debería: apenas una nominación como actor de reparto por Bugsy (Barry Levinson, 1991). Ignoro la razón, pero los festivales europeos le han hecho más justicia otorgándole prestigiosos galardones como actor en Venecia, Cannes, Barcelona o Berlín. Por cierto, ya tiene ochenta y seis años; ojalá la Academia no se acuerde de él cuando sea tarde…

Y, aunque menor dentro de la trama, imposible dejar de soslayar el gran trabajo de Peter Boyle en el papel de “Wizard”, ese taxista colega que siempre da a Travis consejos que este desoye, actuado con tanta naturalidad que se nos antoja un personaje reconocible, de esos que podemos encontrar a diario en la oficina o en el bar.
La banda sonora merece también mención. No solo por su clima de jazz retro que remite a dos o tres décadas antes de la realización de la película, sino además porque terminó siendo la última compuesta por Bernard Herrmann que, créase o no, falleció apenas horas después de haberla concluido, razón por la cual el filme está dedicado a su memoria.
Un Final Intrigante (spoilers)
¿Qué es lo que ocurre en el final de la película y cómo encaja con el resto? Habida cuenta de que ya han sido advertidos de los spoilers, repasemos el último tramo. Después de que Travis, ya con chaqueta militar y mohawk, intenta fallidamente asesinar a Palantine, va con mejor suerte por Sport y el resto de escoria a él asociada, dejando un verdadero tendal pero quedándose sin balas para quitarse la vida, final bastante samurái que tenía previsto.
Luego de ello, volvemos a verlo trabajando en el taxi e incluso volviendo a hablar con Betsy, además de enterarnos que Iris está de regreso con sus padres, quienes no caben en su emoción ni agradecimiento hacia Travis.
La pregunta es: ¿hasta qué punto es todo eso real? ¿Pasó a ser reconocido por la sociedad como un héroe y conseguido finalmente la aceptación que tanto buscaba tener? De ser así, hay detalles que no cuadran: ¿por qué no le reconoció el guardaespaldas de Palantine al verle en los medios si hasta tenía su nombre y dirección por habérselos dado el propio Travis?
¿Se le perdonó el intento de asesinato por lo heroico de haber salvado a Iris? ¿Y la redención llega al punto de permitírsele seguir en su trabajo como si nada? Si nos atenemos a esta lectura, la idea sería que la sociedad está tanto o más enferma que él, pues debió matar a unos cuantos para ser aceptado y elevado a condición de héroe popular.
¿Pero qué tal si nada de eso es real? ¿Qué pasa si, después del tiroteo y las heridas recibidas, se halla en algún hospital o institución psiquiátrica y todo lo está imaginando? Podría incluso estar en la cárcel. O peor: ¿y si ha muerto y vive ahora en el mundo que quería? La impactante toma en que la cámara recorre por lo alto la masacre pareciera condecirse con esa interpretación, como si su alma hubiera abandonado el cuerpo y sobrevolase la caótica escena que él mismo ha dejado.
Es imposible dar una respuesta acabada y allí se halla otro de los méritos del filme que, sin duda, no debe ser visto como thriller convencional ni se resuelve como tal. Lo que busca ese cierre, hasta con un toque surrealista, es llevarnos a esa zona en la que no nos sentimos seguros de nada y menos aún con la inquietud que nos genera la mirada de Travis en el espejo retrovisor.
Valoración y Legado
A pesar de su reducido presupuesto y de no ser un filme precisamente comercial, Taxi Driver acabó recaudando casi veintinueve millones de dólares, todo un éxito para la época. Las críticas fueron abrumadoramente elogiosas, aunque también hubo quienes denostaron el alto grado de violencia gráfica, uno de los elementos que justamente causó mayor controversia y le valió inclusive abucheos en algún preestreno. Obtuvo cuatro nominaciones al Oscar (película, actor principal, actriz de reparto y banda sonora), pero no se quedó con ninguno y el de mejor película, increíblemente, fue para Rocky…
El tiempo, a la larga, pone todo en su lugar y hoy es considerada de manera casi unánime como una de las mejores películas de la historia del cine, un retrato crudo, desgarrado y sin concesiones de una sociedad decadente a la que posiblemente no le gustaba en aquel momento verse retratada o sentir que la línea entre ficción y realidad pudiera ser demasiado delgada.
Tan delgada que, inclusive, influyó a John Hickley Jr., joven de veinte años que quedó profundamente obsesionado con Jodie Foster tras ver el filme y, durante los años que siguieron, le envió carta tras otra sin respuesta, llegando en algún momento a la conclusión de que solo podía captar su atención con un titular muy resonante en la prensa.
Desde entonces, y de modo análogo a lo que hace el personaje principal de la película para vengarse de Betsy, comenzó a planear asesinar al presidente de Estados Unidos, lo cual quiso en primer lugar hacer con Jimmy Carter, al que siguió por todos los estados y llegó incluso a tenerlo a seis metros de distancia, pero no encontró nunca el momento para dispararle como sí lo terminaría haciendo en 1981 contra Ronald Reagan, al cual no consiguió matar pero sí dejar herido.
Hickley (apellido que suena inquietantemente similar a Bickle) llegó incluso a vestir y lucir mismo corte de pelo que De Niro en la película, desdibujando así realidad y ficción al punto de no distinguirse una de la otra ni tan siquiera cuál influye a cuál, pues no hay que olvidar que Taxi Driver tiene una fuerte base en casos reales.
Lo que sí está claro es que es una película de esas que podrá gustar o no pero, una vez visionadas, ya no se olvidan y quedan en la mente para siempre. Es turbadora e incómoda, como según su director debe serlo el cine. Y probablemente hoy no podría hacerse porque sería casi obligación una mayor inclusión de elementos que lleven al público a tomar partido, ya sea por Travis o en su contra. La ambigüedad no es hoy bien vista y todo se hace más obvio y previsible. Taxi Driver es una película, en pocas palabras, de las que ya prácticamente no hay…
Hasta la próxima y sean felices…




Excelente análisis, Rodolfo. Gracias a él, ayer subsané el imperdonable error cinéfilo de no haber visto esta película. Es impresionante como la ciudad caótica que era en ese entonces New York pasaba a ser un protagonista más. Esa es una de las varias similitudes que Joker tiene con Taxi Driver rozando por momentos el plagio. Coincido en que el final es ambiguo y ese efecto que se hace cuando Travis ve por el espejo retrovisor tras dejar a Betsy en su casa, me dejó haciendo esas mismas preguntas que realizaste en el párrafo donde hay spoilers. Te mando un saludo.
Hola Diego: muchas gracias por comentar y no sabes cuánto me alegra que mi análisis te haya llevado a ver la película porque ese es uno de los objetivos que uno anhela cuando escribe en una sección como esta; que sirva para alentar a descubrir títulos que, por distintas razones, uno quizás no haya en su momento visto. Así que gracias por decírmelo y, por supuesto, gracias también por leer y por el concepto. Un saludo y que estés bien!