Pero qué nos pasó a todos con Final Fantasy VII en 1997

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Bienvenidos, auténticos creyentes, a La Tapa del Obseso, la sección de Raúl Sánchez.

Ya tenemos para descargar la demo de Final Fantasy VII remake. Está todo el mundo bajandola y jugando, también compartiendo qué opina. Puede que sea de los juegos más esperados en muchísimos años, quizás sólo a la altura de la eterna llegada de otra entrega de Half Life. Digamos que la séptima parte de Final Fantasy tiene un aura mítica que se ha extendido desde que salió en 1997 hasta hoy mismo en pleno 2020. El ya conocido, repetido y parodiado hasta el fin «Final Fantasy VII es el mejor juego de todos los tiempos». El falso pero repetidísimo «desde entonces no se han vuelto a hacer juegos de rol japoneses buenos». Y, en general, todo grito histérico en todos estos años siempre que hemos visto una imagen redentizada del protagonista.

Yo vengo de ese mundo, del que jugaba a videojuegos en 1997. El primer videojuego que me compré en el Game (entonces se llamaba Centro Mail) fue Final Fantasy VII para PC. Tengo la caja con los CDs aún. Era un mundo diferente en el que lo de Internet tal y como lo entendemos hoy no existía. Es decir, como algo generalizado, con vídeos en streaming y demás: bajarte el video de un trailer de la película de X-Men te podía llevar toda la noche descargando. Era un mundo muy 1.0. Sin ver mil trailers. Como mucho viendo revistas impresas. Y con una oferta de videojuegos exponencialmente inferior a la actual. Teníamos pocos para elegir y aún menos en casa.

Mirando números y cifras puede que fuera la primera Playstation la que consigue transformar a nivel mundial la idea de qué era una videoconsola. Es decir, es cuando pasa de ser una cosa para niños a ser algo más enfocado a adolescentes, y sobre todo a ser un electrodoméstico más. Era «la plei». Las razones de su éxito no podemos decir que incluyan un catálogo cualitativamente diferente en catálogo al de sus competidores o al de Super Nintendo / Game Boy (cuyos catálogos son una barbaridad en calidad y cantidad). Es decir, si metemos la mano en una bolsa con todos los videojuegos que hubo de la primera Playstation y cogemos dos o tres al azar hay muchas más posibilidades de encontrar cosas horribles que si lo hacemos en una bolsa con los de Super Nintendo o XBOX 360. El paso masivo a las 3 dimensiones se hizo con muy poca gente haciendose una idea de cómo diseñar juegos en 3D para hacerlos divertidos o atractivos, soliendo transladar tal cual lo que se hacía en 2 dimensiones y poco más. El resultado fue muchísimos juegos que nadie siente nostalgia por rejugar.

Suele decirse mucho que Sony puso muchas más facilidades que sus competidores para programar en sus sistemas, pero eso no llevaba a hacer mejores juegos por sí mismo. Si Playstation se alzó como La Consola (con mayúsculas) fue por un grupo muy reducido de videojuegos que sí alcanzaron cotas altísimas en cuanto a diseño en los nuevos entornos de 3 dimensiones y en pensar formas nuevas de entretener. Hablamos de Gran Turismo, Final Fantasy VII, Tekken 3, Metal Gear Solid, Crash Bandicoot, Tomb Raider y Resident Evil 2. Otros juegos sin tener éxito comercial a esos niveles despampanantes fueron referencia para decenas de videojuegos como Castlevania: Symphony of the Night (del que beben aún hoy decenas de juegos basados en el sistema de juego «Metroidvania») o el inolvidable Silent Hill. De todos ellos los que más nos marcaron a una generación de adolescentes fueron Resident Evil 2 (que fue la primera vez que pasamos miedo en un videojuego), Metal Gear Solid (la primera vez que un videojuego te hacía sentir el protagonista de una película de acción y espías) y Final Fantasy VII.

Por aquel entonces todo aquello era nuevo. Pasamos de Bugs Bunny a series de dibujos de fútbol con tiros especiales flipantes como Oliver y Benji, caballeros con armaduras basadas en los signos del zodíaco que se tiraban meteoros e invertían el curso de los torrentes del agua o un niño con cola de mono que iba en una nube y lanzaba kamehamehas. Todo sin esperar, todo sin expectativas ni spoilers. Eramos inocentes y vírgenes, una y otra vez. Era una época de perpetua sorpresa y de constante alucinar. Y prácticamente no nos habíamos topado con nada como Final Fantasy VII. Algunos habíamos pasado por los juegos de rol occidentales por turnos y aquello no nos pillaba de nuevas, claro. También por aquella época tendríamos el nuevo mito de los juegos de rol occidentales, Baldur´s Gate, que no fue el mejor quizás nunca pero sí el que más impactó en todo el mundo. Y algo así pasó con Final Fantasy VII.

Está fuera de toda discusión lo que nos impresionaron las cinemáticas de Final Fantasy VII. Nunca nadie había visto nada parecido en un videojuego. Esa perfección. Esa sensación de ser una superpelícula de anime, a lo bestia visualmente. Cogieron, además, escenas espectacularmente molonas. Da igual que la diferencia entre aquellas escenas y el juego normal y corriente fuera sideral: en condiciones normales jugábamos con muñecotes hechos con poligonotes cuadradotes a más no poder. Entraba por los ojos desde la primera cinemática. La trama y ambientación era muy diferente a la del juego de rol occidental típico, sencilla al principio pero progresivamente confusa, cosa que se acentuó con la espantosísima traducción que se hizo al castellano. Con cosas como «su fiesta le espera en el piso 2» (se referían a que su grupo, su «party», le esperaba arriba). En fin, que no había por donde cogerlo. Había demasiadas partes que no entendimos. Otras, por la narrativa japonesa muy diferente a la nuestra, era extraña, misteriosa. Ya habíamos alucinado con Akira y estábamos por no entender nada con Evangelion, así que demasiada gente también empezó a desarrollar un odio profundo hacia las «japonesadas».

Todo empezaba por turnos, eramos alguien metido en un grupo terrorista que pretendía enfrentarse a corporaciones que iban contra la ecología del planeta, teníamos batallas con golpes especiales y una forma de contar las cosas muy como los animes que empezábamos a amar. Pero sólo con eso no iba a valer. El inicio de Final Fantasy VII es cuando por fin podemos salir a la ciudad y podemos salir al mundo. Aparece nuestro personaje, pequeño, en medio del planeta. Y podemos ir donde queramos. Los enemigos son distintos cerca de la ciudad que en otros territorios. Hay cuevas. Hay otras ciudades. Hay mazmorras. Pero todo era mentira: estábamos limitados por zonas hasta que superáramos determinados enemigos o tramas. Pero esa sensación de total libertad, de soltarte en un mundo gigantesco con mil secretos a descubrir fue única para toda una generación, que desconocía casi por completo aquello (aunque ya fuera puesto en práctica por Ultima VII años antes con muchos menos recursos técnicos y con rutinas de los personajes).

Final Fantasy VII nos llevaba por una historia sin posibilidad de elección, que nos llevaba desde el inicial acto terrorista/revolucionario a una batalla final por el destino del universo contra un ser capaz de lanzarnos un ataque que iba destruyendo todos los planetas del sistema solar hasta caer sobre nosotros. Pasábamos por mil minijuegos por primera vez, viendo cómo tan pronto hacíamos carreras de caballos (bueno, de chocobos), como la búsqueda de materias que nos permitían invocar ataques potentísimos o juegos de casino. Era, otra vez, un mundo nuevo dentro del juego. También fue la primera experiencia en hacer batallas aleatorias para subir muchos niveles y que las batallas no fueran tan duras (podía uno pasarse el juego sin hacerlo, pero era más difícil).

Pero si Final Fantasy entró definitivamente en nuestros corazones fue por la época en que estábamos. En la explosión del anime, en la sorpresa contínua que parecía darnos cada juego de «la plei», en la narrativa misteriosa, pesimista y ciberpunk del juego. Y en que los protagonistas no eran simples máquinas de matar o de curar o de lanzar hechizos. Había incluso un triángulo amoroso entre una modosita vendedora de flores y una explosiva camarera de bar, con personalidades y formas de hablar que nos hacían ver que los personajes de videojuego no sólo eran pixels y código. Parecían vivos, parte de una serie en la que estábamos metidos nosotros como protagonistas. Y, claro, toca hablar de Él. Del enemigo. De Sephirot. Durante años ha sido siempre de los dos-tres villanos más recordados del mundo del videojuego. Con su espada larga, su pelo larguísimo, con la cinemática mitológica en la que parece un semidios al que no podemos soñar con tocar…y con el momento sentimental que nos sorprendió a todos. La muerte de ya-sabemos-quien. A manos de ya-sabemos-quien. Era totalmente nuevo, otra vez, que los creadores del juego hubieran llegado a atreverse a tanto. A lo mismo que se atrevieron en su día quienes mataron a Gwen Stacy, a quienes mataron a Mufasa, a quienes mataron a Ned Stark. La muerte de un personaje ficticio que marca a una generación. Que no se la esperaban. Que les afecta. Que la recuerdan siempre. Hay quien dice que todos estos casos son tramposos, sensibleros y que buscan el efectismo vacío. Quien sabe. Desde luego vacío no termina siendo: la gente lo recuerda. Y se acuerda de con quien estaba o donde estaba.

Años después, jugando a Final Fantasy posteriores y anteriores podemos decir que no es el mejor Final Fantasy. Final Fantasy VI es mucho más impactante argumentalmente (incluso a día de hoy), especialmente por su tercio final. Otros juegos de la época eran mejores en cuanto a sistema de combate o posibilidades, como Chrono Trigger o más de un Dragon Quest. Juegos posteriores lo superaron por mucho, como los actuales Persona 5 o Dragon Quest XI. Juegos anteriores también, como Bravely Default, casi toda la saga Shin Megami Tensei o Disgaea. Podríamos seguir un buen rato, pero en resumen Final Fantasy VII no fue en ningún momento el mejor de su saga y ni mucho menos de los juegos de rol japoneses. Puede que no esté ni entre los cinco mejores de su género. Está por ver que esté entre los tres mejores de la saga Final Fantasy. Pero como todo en la vida, los productos culturales, las ideas, las corrientes filosóficas o las opciones políticas sólo se entienden en su época, en su contexto y con el espíritu de la época en mente, no sólo en función de si era lo mejor objetivamente. Y teniendo en cuenta todo es posible que el mito de Final Fantasy VII sea irrepetible en una época en la que ya estamos hechos a leer manga, ver mucho anime, haber jugado a muchos videojuegos y ver muchísimos vídeos de lo que queremos comprar y jugar. Final Fantasy VII no es más que el sentimiento de maravilla y sorpresa contínua que apelaba a lo más sentimental de nosotros (la muerte inolvidable, el enemigo molón al que odiamos de verdad, la batalla épica contra el Mal) que era posible a finales de los 90 y que es, para bien o para mal, irrecuperable.

Sed felices.



el autor

Arriba es abajo, y negro es blanco. Respiro regularmente. Mi supervivencia de momento parece relativamente segura, por lo que un sentimiento de considerable satisfacción invade mi cuerpo con sobrepeso. Espero que tal regularidad respiratoria se mantenga cuando duerma esta noche. Si esto no pasa tienen vds. mi permiso para vender mis órganos a carnicerías de Ulan Bator.

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