Hacemos hoy repaso de La Caza del Octubre Rojo (The Hunt for Red October, 1990)), película náutica y submarina del director John McTiernan que, en lo que constituye casi una despedida de los años de Guerra Fría, adapta una de las más famosas novelas de Tom Clancy teniendo en su centro (aunque la mayor parte del tiempo separados) a una dupla actoral de lujo como Alec Baldwin y Sean Connery.
Bienvenidos a un nuevo retro-análisis, el cual nos reencuentra una vez más con un thriller submarino como ocurriera meses atrás con el de Marea Roja (1995) que, a cargo de este mismo redactor, pueden leer aquí. Nos vamos ahora algunos años atrás para hablar de La Caza del Octubre Rojo, película de 1990 con la hábil dirección de John McTiernan, ya para ese entonces responsable de Depredador (1987) y Jungla de Cristal (1988, aquí retro-análisis). Y como plus, un elenco actoral de lujo encabezado por Sean Connery, Alec Baldwin y Sam Neill.
Cuando Tom Clancy publicó en 1984 la novela La Caza del Octubre Rojo, aún existía la Guerra Fría y el enfrentamiento siempre latente entre los Estados Unidos y la Unión Soviética seguía nutriendo mucha de la literatura y la filmografía. De hecho, tal como se lee sobre el inicio del filme, la historia se basa en un incidente supuestamente cierto que, no confirmado jamás por ninguno de los gobiernos involucrados, pareciera pertenecer más a la leyenda que a la historia.
Pero para cuando la película llegó a los cines en 1990, ya el Muro de Berlín había caído y la Unión Soviética entrado en un proceso de cambio que, alentado por la glasnost y la perestroika bajo los auspicios del entonces líder Mijaíl Gorbachov, constituía el preámbulo para la desintegración que se terminaría de plasmar al siguiente año.
La novela, de hecho, significó todo un éxito editorial al momento de su publicación y ello llevó que el productor Mace Neufeld adquiriera sus derechos en 1985, no obstante lo cual la tuvo difícil para conseguir un estudio cinematográfico que quisiera llevarla a la pantalla por considerarla “demasiado compleja”. No hay que olvidar que Clancy es uno de los principales exponentes del tecnothriller y, como tal, tiene tendencia a atiborrar sus historias con detalles técnicos que pueden resultar tediosos para el lector no familiarizado, además de complicar a priori cualquier intento de adaptación.
Pero la insistencia de Neufeld tuvo éxito y logró finalmente que mostraran interés en Paramount. Se buscó de inmediato la aprobación de la Marina para poder filmar a bordo de sus submarinos y portaaviones, en tanto que el guion fue encargado a Larry Ferguson y Donald Stewart, que acreditaban respectivamente en su haber la escritura de los de Los Inmortales (1986, aquí retro-análisis) y Desaparecido (1982). La música corrió por cuenta del gran Basil Poledouris, quien venía de componer la de Robocop (1987) y ambas películas de Conan (1982 y 1984); de las tres películas pueden leer nuestros retro-análisis en los respectivos links.
En cuanto al personaje de Jack Ryan, icónico en las novelas de Clancy, se pensó como primera opción en Kevin Costner, pero este declinó el ofrecimiento para dirigir y protagonizar Bailando con Lobos (1991): mal no le fue… Se pensó entonces en Harrison Ford, pero también rechazó el papel y lo irónico es que terminaría interpretándolo luego en Juegos de Patriotas (1992) que, basada también en una novela de Clancy, volvía a retomar al mismo personaje. La decisión, finalmente, recayó en Alec Baldwin, que había tenido papeles secundarios en Beetlejuice, Armas de Mujer o Hablando con la Muerte (las tres de 1988), pero sería este el que le consagraría definitivamente.
Tampoco Sean Connery fue la primera opción para el capitán soviético Marko Ramius. El primer elegido fue el austríaco Klaus Maria Brandauer, de actuación consagratoria en la oscarizada Mefisto (1982), pero abandonó el rodaje a las dos semanas y fueron entonces por Connery, de quien, otra vez irónicamente, Brandauer había sido antagonista en Nunca Digas Nunca Jamás (1983), la película más outsider de James Bond (no considerada oficialmente parte de la franquicia) en la que el actor escocés diera vida al 007 por última vez. Más aún: en el mismo año de La Caza del Octubre Rojo, ambos estarían juntos en La Casa Rusia (1990).
Al principio, el guion no convenció a Connery por verse ya algo trasnochado con relación a la Guerra Fría, pero los cambios posteriores, con una leyenda inicial que ubicaba los hechos en 1984 y antes de la llegada al poder de Gorbachov, terminaron por convencerlo y, de paso, aportó al papel su propia experiencia en la Marina Real Británica. La película tuvo su estreno el 2 de marzo de 1990, en momentos en que ya la Unión Soviética se hallaba en pleno proceso de cambio y poco antes del colapso final.
La Historia
La trama, como el título de la película indica, gira en torno al Octubre Rojo, submarino soviético de avanzada que, habiendo zarpado de su destino y bajo observación de su símil estadounidense USS Dallas, desaparece súbitamente de los radares. Anoticiado en Londres, Jack Ryan (Alec Baldwin), escritor y analista de la CIA, parte presuroso a Washington para poner al tanto a su superior, el vicealmirante Greer (James Earl Jones) de sus sospechas de que el submarino desaparecido se dirige hacia la costa este norteamericana y que la presencia de dos compuertas misteriosas en las fotografías del mismo indicarían un sistema de propulsión especial que, justamente, le hace invisible a los sistemas de detección.
Las alarmas se encienden aún más cuando comprueban que toda la flota soviética ha salido tras él, lo cual plantea dos posibles alternativas. O se está gestando un ataque masivo contra Estados Unidos o bien los soviéticos buscan detener al Octubre Rojo porque planea por su cuenta uno en solitario. En cualquiera de ambos casos, el panorama pinta mal y se avizora ataque con misiles.
Pero Ryan supone algo más y es la posibilidad de que el capitán Marko Ramius (Sean Connery), a quien conoció hace años en un evento diplomático y del cual sabe que perdió a su esposa y carece ya de todo vínculo familiar o emocional con la Unión Soviética (de hecho es lituano), esté quizás pensando en desertar, ya sea solo o con su tripulación.

Las escenas a bordo del Octubre Rojo nos muestran que Ramius se ha deshecho de un molesto oficial de la KGB que le estaba tras los pasos, así como informado a su tripulación que realizarán un operativo con misiles contra la costa estadounidense para dirigirse luego a puerto seguro en La Habana. Pero las sospechas también circulan dentro del propio submarino, sobre todo por la muerte accidental del agente del gobierno y no todos creen en la intenciones de Ramius, salvo su segundo a bordo, el oficial Vasily Borodin (Sam Neill), que parece incluso compartir sus mismos objetivos, cualesquiera estos sean.
Para colmo y en una jugada estratégica, el propio Ramius anoticia a la tripulación de que informó al Kremlin que planea desertar, lo cual pone a toda la flota tras ellos y a sus hombres compulsivamente a favor, pues la alternativa a seguirle es ser aniquilados por sus propios compatriotas. Y allí no termina la cosa, ya que a bordo del submarino hay un saboteador que logra inutilizar momentáneamente el sistema de propulsión que les hace invisibles, dejándoles ello a la vista de los radares y expuestos a sus perseguidores.
Haciendo honor al título del filme, comienza en ese momento una intensa cacería que podría bien ser definida como juego de gato y ratón, pero con varios gatos y un solo ratón, todo ello entre sospechas cruzadas y permanentes giros, pues desde la Unión Soviética alertan a los Estados Unidos sobre el Octubre Rojo, haciéndolo pasar primero por un submarino perdido en cuyo rescate solicitan ayuda y luego, ya de modo más drástico y en supuesto acto de sinceramiento, informándoles que al mando del mismo se halla un capitán renegado y demente que planea un ataque con misiles contra su país.
Contra viento y marea (nunca tan literal), guiado en parte por la lógica y en parte por sus instintos, Jack Ryan intenta desesperadamente detener la destrucción del Octubre Rojo por lo cual, previo paso por el portaaviones Enterprise, se llega en helicóptero hasta el USS Dallas a los fines de convencer a su capitán Bart Mancuso (Scott Glenn) de que detenga cualquier ataque.
Y no contaré más. Solo que la trama no da respiro y los giros se suceden hasta el final, siendo la última media hora trepidante y cambiando a nuestros ojos la situación todo el tiempo en medio de una intensa guerra psicológica a bordo de ambos submarinos, todo sostenido sobre las brillantes actuaciones de prácticamente todo el elenco.
Un Intenso Thriller Náutico
Confieso que nunca he leído el libro. Hay quienes me dicen que es inferior a la película por frío y muy técnico, algo de lo que no puedo dar fe pero cuadra al estilo habitual de Clancy. De lo que sí estoy seguro es de que La Caza del Octubre Rojo es en su adaptación fílmica una historia muy bien contada y con el sello de McTiernan, todo un especialista en mantener la tensión hasta el último instante sin importar si estamos en una jungla sudamericana, en un edificio o bajo el mar.
Como suele ocurrir con las películas de submarinos, una angustiante sensación de claustrofobia nos invade todo el tiempo. No llega, claro, a los límites de Marea Roja que, junto con la alemana Das Boot (1981), es para mí una de los dos mejores filmes en ese particular subgénero náutico (y nunca mejor aplicado el prefijo “sub”).
. 
Pero a diferencia de la película de Tony Scott en la cual, salvo el principio y el final, toda la trama transcurre a bordo de un mismo submarino, aquí lo hace en más de uno, como también a bordo de un portaaviones, de un helicóptero o bien en oficinas de Londres, Washington o Moscú, ya que el tejido político-militar que acompaña a la historia principal no está contado en off ni permanece en sombras, sino que la complementa.
Y la comparación con Marea Roja no es en vano, pues a pesar de abordar ambas un género semejante, el problema en esta se genera por la falta de comunicación con el exterior mientras que en La Caza del Octubre Rojo, contrariamente, es por sobrecarga de información que no se sabe hasta qué punto es cierta. No es en lo que no ha sido dicho, oído o leído donde radica la cuestión, sino justamente en lo que sí, con lo cual las conjeturas e interpretaciones juegan un papel fundamental hasta el final de la película ya que, al igual que ocurre con los protagonistas, tampoco nosotros estamos seguros de la verdad.
Pero más allá de los diversos escenarios, es a bordo del Octubre Rojo y del USS Dallas donde acontece lo más importante y se viven los verdaderos momentos de tensión, como cuando el primero debe escapar a la persecución de un torpedo en las profundidades de una cañada submarina en la que no hay posibilidades de virar. O cuando, a bordo del segundo, se genera un clima de incertidumbre en la medida en que hacer caso a Ryan podría devenir en una guerra nuclear si estuviera equivocado.
O cuando entra en escena un segundo submarino soviético, el Alpha, y Ramius debe sacar de la galera un par de trucos a puro ingenio que, cambiando espacio exterior por profundidades abisales, parecen dignos de los mejores Kirk o Picard en la franquicia Star Trek.
Elenco de Lujo
Todo ello, desde ya, no podría sostenerse sin grandes actores. Connery entrega una actuación de las que siempre nos tuvo acostumbrados y Baldwin posiblemente la mejor de su carrera, lo cual nos lleva a lamentar que no haya sido nunca más convocado para repetir un personaje que le calza a la perfección y mejor que a quienes le sucedieron.
Pero el gran logro de McTiernan es edificar entre ambos una increíble química in absentia, concepto que puede sonar contradictorio en sí mismo, pero que es gran especialidad del director ya que, como McClane y el sargento de policía Powell en La Jungla de Cristal, los casuales e impensados socios se encuentran cara a cara recién hacia el final de la película.
Y no todo se agota en ellos, pues están magníficamente secundados por un siempre efectivo Sam Neill en el papel de Vasily, un impecable James Earl Jones en el del vicealmirante Greer y un soberbio Scott Glenn como el capitán Mancuso, dando vida a un personaje que, no sabiendo si hacer o no caso a Ryan, no necesita palabras y dice prácticamente todo con miradas y gestos. Uno de esos grandes actores no suficientemente reconocidos a pesar de haber pasado por títulos icónicos como Apocalypse Now (1979, aquí retro-análisis) o El Silencio de los Corderos (1991).

Y si hablamos de grandes, no olvidar a Tim Curry, ya para ese entonces consagrado por sus papeles en The Rocky Horror Picture Show (1975) y en Leyenda (1985), pero aún sin haber sido Pennywise. Sus apariciones son breves pero le alcanza para entregar su solvencia habitual en la interpretación del médico a bordo del Octubre Rojo y no deja de ser una increíble coincidencia que el capitán del Alpha corra a cargo de Stellan Skarsgård, padre de quien luego dará vida al payaso de Stephen King en las adaptaciones de Andy Muschietti y en la serie It: Bienvenidos a Derry (aquí los análisis de un servidor).
La colaboración de la armada estadounidense en la realización es evidente y, según se dice, vieron en el filme la posibilidad de tener, como la Fuerza Aérea, su propio Top Gun. Ello hace más creíbles los interiores de los submarinos (si bien los que saben dicen que se ven demasiado limpios y poco “aceitosos”), aunque, claro, no había forma de saber cómo eran por dentro los de los soviéticos. Las maquetas de exteriores, en tanto, no se ven tan convincentes, pero era la norma en los tiempos previos al CGI.
La música, por último, juega dentro del conjunto un rol importantísimo. El siempre superlativo Poledouris se encuentra como pez en el agua (perdón por tanta alegoría), pues su estilo se acopla a la perfección a las escenas de épica náutica y al tenso clima que se respira en el interior de los submarinos. Y los coros, tan afines a sus bandas sonoras, caen aquí de manera inmejorable al tratarse de una historia tan ligada a lo soviético, intensificándose de hecho en los momentos que involucran al Octubre Rojo y su tripulación.
Valoración y Legado
Con un presupuesto de treinta millones de dólares, la película se alzó con unos doscientos en taquilla, lo que se dice un éxito con mayúsculas. Tanto más sorprende pues que no se haya vuelto a recurrir a Baldwin para dar vida a Jack Ryan o a Connery para Ramius, personaje que vuelve a aparecer en alguna otra novela de Clancy que no fue adaptada.
No es que la película no tenga pegas porque las tiene. Hace chirriar un poco, por ejemplo, que después de una primera escena en que los soviéticos hablan en ruso con subtitulado, sigan luego con toda naturalidad en inglés durante el resto de la película y si le perdonamos el acento escocés a Connery es solo porque es Connery. De hecho, no hay prácticamente actores que luzcan eslavos, sino que son todos bastante anglosajones. Hoy el filme sería seguramente denostado por la elección del elenco.
Puede asimismo molestar, viéndola hoy, alguna americanada innecesaria y propagandística, lo que era muy habitual en el cine de Hollywood de aquellos años y esperable siendo el ya fallecido Tom Clancy bastante conservador y firme adherente al Partido Republicano (aunque se opuso a la guerra de Iraq). Frases como “me hubiera gustado conocer Montana” pueden llegar a revolver el estómago, como también mover a risa que los submarinistas soviéticos, con la obvia excepción de Ramius, sean casi tan torpes como los pilotos soviéticos de Top Gun (1986) o los japoneses de Pearl Harbor (2001).
También puede decirse que la sucesión de giros en la última media hora (quizás demasiados) puede generar algo de confusión o dificultad para seguirlos. O que las intenciones de Ramius se entienden, pero no tanto sus motivos. Pero en el balance general nada de ello empaña una película impecablemente narrada y mejor actuada que mantiene al espectador pegado a la butaca de principio a fin y sirve como epitafio a la Guerra Fría aun cuando el conflicto oriente-occidente se siga presentando hoy de otras formas y con menos racionalidad (sin ir más lejos, hemos tenido en estos días incidentes náuticos entre Estados Unidos y Rusia).
Y el que se cierre con una frase de Cristóbal Colón funciona como perfecto corolario a la historia contada pues, al igual que el célebre navegante genovés, Ramius surcó el Atlántico en pos del Nuevo Mundo y Ryan se batió a duelo con todos para defender una idea que creía acertada.
Hasta la próxima y sean felices…



