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Retro-Análisis: Nueve Semanas y Media (1986), a cuarenta años de su estreno

Un 21 de febrero de 1986 llegaba a los cines Nueve Semanas y Media (9 ½ Weeks, 1986), la película de Adrian Lyne que se convertiría en emblema no solo del cine erótico sino también de la estética de toda una década e impulsaría al estrellato las carreras de Mickey  Rourke y Kim Basinger, elevando a esta última incluso a la categoría de sex-symbol.

Bienvenidos a un nuevo retro-análisis que, por tercer domingo consecutivo, tiene que ver con un aniversario. En pocos días más se cumplen cuatro décadas del arribo a las salas de Nueve Semanas y Media, película que, dirigida por Adrian Lyne en su tercer largometraje y con una emblemática dupla principal compuesta por Mickey Rourke y Kim Basinger fue, sin embargo y por lo menos en Estados Unidos, un fracaso de taquilla, aunque éxito arrasador en Europa y Latinoamérica sumado al que sobrevendría con el video hogareño.

No muchos saben que, en realidad, el filme se basa en una novela autobiográfica escrita bajo el seudónimo Elizabeth McNeill, de quien con el tiempo se supo que era la escritora y también editora Ingebord Day que, como la protagonista del libro y su adaptación cinematográfica, vivió una convulsiva y traumática relación sadomasoquista, en su caso con el artista e inventor Tom Shannon.

La apuesta de hacer una película basada en dicha novela era difícil por su contenido erótico y los pruritos de la industria hollywoodense al respecto, pues ese era un ámbito considerado más propio del cine B o de bajo presupuesto. Adrian Lyne, quien tenía a su favor el éxito de Flashdance, consiguió en un primer momento el aval de TriStar Pictures, pero la productora se retiró apenas su principal accionista (Coca-Cola) supo de qué iba la cosa. La financiación acabó en manos de la compañía independiente Producers Sales Organization y la distribución en las de MGM/UA Entertainment.

Mickey Rourke no era aún ninguna estrella, pero había trabajado para varios grandes directores siendo su nombre y rostro ya bastante conocidos, especialmente por sus papeles en LaPuerta del Cielo (Michael Cimino, 1980), Fuego en el Cuerpo (Lawrence Kasdan, 1981) y La Ley de la Calle (Francis Ford Coppola, 1983).

Kim Basinger era bastante más ignota. Lo suyo procedía especialmente del modelaje o de haber actuado en alguna que otra producción televisiva (incluso rechazó ser el reemplazo de Farrah Fawcett en la exitosa serie Los Ángeles de Charlie, rol que terminó recayendo en Cheryl Ladd), además de haber sido chica-portada de Playboy y “chica Bond”, pues acompañó a Sean Connery en Nunca digas nunca jamás (1983), la película fuera de franquicia. Pero nunca un papel principal…

En un principio, Lyne quería a Jacqueline Bisset, pero la legendaria actriz francesa rechazó el papel por el contenido de la historia y el nivel de desnudo (aun cuando ya había rodado en Europa más de una película de cierto vuelo erótico). Pero tampoco hubo química con Rourke en lo poco que interactuaron y, según declaró después, estaba cansada de que siempre la pusieran en pareja con actores mucho más jóvenes.

También fueron consideradas Kathleen Turner, Teri Garr o Isabella Rosellini, pero el papel de Elizabeth, como sabemos, terminó siendo para Basinger, a quien se le pidió como prueba interpretar una escena seguramente muy recordada por quienes vieron la película y en la cual se desplaza a cuatro patas recogiendo billetes del piso…

Al igual que su personaje, Kim no soportó la humillación y paró a la mitad, tras lo cual se marchó y dio por perdido el casting. Esa noche, sin embargo, recibió en su hotel un ramo de flores y una nueva invitación por parte de Lyne, quien quedó gratamente impresionado, particularmente con lo genuino de su reacción.

El director ya tenía pues a la pareja protagónica, pero no quería que dialogasen entre sí ni se vieran en las pausas del rodaje, ya que buscaba que el primer encuentro en la ficción se viese lo más real posible. Inclusivo filmó la película en el orden cronológico de la historia para que las reacciones de ellos al irse conociendo fueran creíbles. De hecho, Basinger siempre manifestó que hubo bastante tensión entre los tres…

El guion, en arriesgada apuesta, fue encomendado a Zalman King, cuya experiencia en cine era básicamente como actor y a lo sumo había escrito algunos episodios de series televisivas. Junto a él, su esposa Patricia Knopp, ya con un par de largometrajes escritos, y Sarah Kernochan, cuyo currículum en documentales incluía un par de nominaciones al Oscar en los setenta. La fotografía fue confiada a Peter Biziou, de ganado prestigio en filmes de Terry Gilliam (Los Bandidos del Tiempo) o Alan Parker (Bugsy Malone, Pink Floyd: The Wall).

Lo de la banda sonora da casi para un artículo aparte, pues en un primer momento fue encargada a Stewart Copeland, pero el legendario baterista de The Police no recibió el visto bueno de su sello Geffen Records debido a que no querían (una vez más) quedar asociados al polémico contenido de la película. Sin ese aval, Copeland se retiró, aunque un tema suyo no compuesto especialmente (Cannes) acabó incluido.

La música pasó entonces a Jack Nitzsche, por lo menos la incidental, ya que la película incluye además montones de canciones de diversos artistas que, al igual que el mencionado tema de Copeland, no fueron compuestos para la misma.

Pero, como muchas veces pasa, esas canciones quedaron tan asociadas al filme (contribuyendo de hecho a su éxito final) que, al ser lanzada al mercado la banda sonora, terminó por no incluir ninguna de las composiciones de Nitzsche. Y ni siquiera la música incidental le corresponde en su totalidad, pues parte de la misma fue compuesta por Jonathan Elias (de ganado prestigio componiendo para tráileres, como los de Blade Runner o Regreso al Futuro) y su habitual socio John Taylor, más conocido como bajista de Duran Duran.

Se suponía que la película llegaría a los cines a finales de 1984, pero los problemas de posproducción la fueron postergando. La productora no dejaba de presionar por cambios y recortes, más aún con las escandalizadas reacciones del público en los preestrenos de 1985. El 21 de febrero de 1986, y tras una larga espera, llegaba finalmente a los cines…

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La Historia

La trama sigue a Elizabeth McGraw (Kim Basinger), atractiva y sensual rubia de treinta y tantos que trabaja para una galería de arte del Soho neoyorquino y viene de un reciente divorcio. Su única confidente es su amiga Molly (Margaret Whitton), con quien recorre alegremente los suburbios de New York hasta que, en la tienda de productos marinos de un supermercado chino, cruza miradas de atracción recíproca con un elegante y también atractivo señor del que luego sabrá que su nombre es John Gray (Mickey Rourke) y que se desempeña como corredor de bolsa en Manhattan.

Aunque ese primer encuentro destila pura química, no hay todavía presentaciones ni palabra alguna. Todo eso queda para el segundo, cuando al volverse a topar en una feria, él le regala un fino chal de cuya compra ella acababa de desistir por costoso.

A partir de ese momento nace una relación en la que, sin embargo, es más lo que él sabe de ella que ella de él, pues John se mantiene siempre como hombre reservado y de pocas palabras al que ni siquiera importa que Elizabeth se vea con sus amistades durante el día siempre y cuando esté disponible para él en la noche.

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Pero paradójicamente se irá volviendo cada vez más posesivo en la medida en que vaya mostrando sus particulares gustos y fantasías fetichistas, arrastrando a Elizabeth en una espiral descendente que al principio la cautiva y fascina, pero a la que no sabrá después cómo poner final, pues John siempre quiere ir un paso más allá y si algo le excitó la última vez redoblará la apuesta para la próxima.

No contaré más. Solo que la relación de Elizabeth y John es una de las más intensas que haya contado el cine y que incluye striptease, gastronomía, dominación y mucha música…

Un Gran Videoclip

Debo confesar que, amén de la parte nostálgica siempre involucrada en estos casos, me costó un poco revisionar esta película. No porque sea mala sino porque está demasiado posicionada en su época y si bien es cierto que eso en definitiva ocurre con cualquier filme que analicemos en esta sección, es este un caso en el cual (contrariamente a Regreso al Futuro o Terminator, por ejemplo) se hace difícil que la historia llegue a alguien que no vivió los ochenta o carezca de compromiso emocional con el período. No es mi caso, que sí los he vivido, pero intentaré evaluar sin esa carga adicional.

Comencemos por aclarar que el erotismo que tanta polvareda levantó en su momento es hoy prácticamente un chiste, pero también lo era en su época si se compara con el que hacía rato poblaba la pantalla europea que, sin ir más lejos, había dado lugar catorce años antes a El Último Tango en París (Bernardo Bertolucci, 1972).

Está claro que la sociedad norteamericana ha sido siempre más conservadora a la hora de tratar tabúes sexuales en el cine, como también que Adrian Lyne (paradójicamente británico) no buscaba ir por el camino europeo ni tan siquiera acercarse: su erotismo era más bien de videoclip o aviso publicitario, lo cual en modo alguno está dicho de manera peyorativa.

De hecho, tanto la fotografía como la iluminación están puestas al servicio de ello, con fuentes de luz clara y potente recortándose contra fondos en penumbras o humo que no se sabe de dónde procede ni tampoco importa porque, así como en el show de una banda no responde el mismo a motivo musical alguno, tampoco aquí cumple necesidades argumentales.

Allí reside una de las claves para ubicar Nueve Semanas y Media en contexto: el auge que por ese entonces tenían la publicidad y la cultura MTV, al punto que el propio director había ya para ese entonces recalado en ambas, pues había hecho en sus inicios avisos para televisión y después (y ya con dos largometrajes en su haber) el videoclip de Maniac, la canción de Michael Sembello a la que su película Flashdance convirtiera en éxito.

De hecho, Nueve Semanas y Media puede de algún modo ser vista como gran videoclip, pesando más la estética que la historia y la forma que el contenido, lo cual la hace bien representativa de su tiempo ya que ese fue, justamente, el sentido de mucho de lo hecho en los ochenta. Resulta banal pues pretender juzgar una película como esta por lo poco sustancioso de su historia cuando la sustancia, justamente, no era requisito ni formaba parte de la ecuación.

Quizás por un momento nos engañe cuando, al salir a luz los aspectos más oscuros de su personalidad de John y ponerse cada vez más obsesivo y posesivo, pareciera la historia por un momento girar hacia thriller convencional, pero no: ni lo es ni se resuelve como tal. De hecho, los aspectos de la novela que más podían acercarse a ello (violación, intento de asesinato) fueron eliminados de la trama.

Hay subtramas que no terminan de encajar ni de establecer vinculación con la principal, como también personajes que no sabemos de qué la van, tal el caso del anciano artista ermitaño (Dwight Weist) al que Elizabeth busca convencer de presentar sus obras en la galería o de Bruce (Olek Krupa), el ex del cual prácticamente nada sabemos, salvo que anda queriendo seducir a Elizabeth nuevamente, pero ella lo entrega prácticamente en bandeja a su amiga Molly sin que él se muestre disconforme. Podrían no estar…

Incluso en la trama principal hay baches: John le compra a Elizabeth un costoso reloj y le dice que se toque pensando en él cada vez que sean las doce, pero la única vez en toda la película que ella se autosatisface tiene lugar mientras mira diapositivas de obras de arte en un sótano sin que eche un solo vistazo al reloj ni tengamos al menos un plano del mismo marcando supuestamente las doce.

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Después John adquiere una fusta y hasta la prueba con Elizabeth para perplejidad de los vendedores, pero no la usa en el resto del filme y solo volvemos a verla en manos de ella (que por cierto se deshace muy rápidamente) al iniciar el icónico baile erótico tras la persiana americana.

Es posible que, habida cuenta de los recortes aplicados a la historia original, sean detalles argumentales remanentes que conducían a escenas luego eliminadas por lascivas o procaces. Menos sentido tiene que se hayan aplicado recortes a la trama del artista o a la del ex de Elizabeth, por lo que habrá que concluir que simplemente no conducían a nada…

Lo que sí se advierte intencional es que, contrariamente a lo que sucede con Elizabeth, no sepamos casi nada de John durante la mayor parte de la película. Cobra ello sentido cuando, recién sobre el final y con ella a punto de irse, intenta por fin contarle algo sobre su vida, quién es o cuál fue su historia previa, pero ya es tarde: ni siquiera llega ella a escuchar su “i love you” porque ella ya cerró la puerta (gesto por demás simbólico) ni el pedido de que regrese antes de llegar él a los cincuenta…

Esa escena sí que logra golpearme, pues la idea es que John, entre tanto papeleo bursátil y vorágine capitalista, jamás conoció el amor y cuando realmente lo tuvo, no lo supo aprovechar y lo dejó ir. Un final conmovedor para una película que quizás no lo sea tanto…

Y si bien no soy amigo de las moralejas finales ni mensajes edificantes, no deja de ser cuanto menos interesante que termine siendo Elizabeth quien ponga los límites y decida hasta dónde: contrariamente a la opinión de quienes puedan hoy ver la película como sexista, el planteo final es por el contrario bastante feminista.

Y aun cuando haya paradoja o contradicción en que el mismo llegue después de haberla mostrado a ella, detenidamente y con lujo de detalles, excitarse ante cada nuevo juego sexual de John, hay mucho más feminismo aquí que en Cincuenta Sombras de Grey (2015), película que debe mucho a la que nos ocupa sin llegarle a los talones…

Cuestión de Química

Como hemos dicho antes, este fue el filme que hizo despegar la carrera de Kim Basinger y la convirtió en sex-symbol a una edad en que para muchas comenzaría la decadencia (33). Un cetro que, durante los siguientes años de la década y primeros de la siguiente, mantendría sin competencia hasta la llegada de Sharon Stone con su personaje de Instinto Básico (1992, aquí retro-análisis), cuyo estilo sexual más desenfrenado y manipulador es suficientemente indicativo del cambio en los tiempos.

Kim aportó al personaje una sensualidad única y cabe preguntarse si hubiera ocurrido lo mismo con cualquiera de las otras actrices consideradas más allá de sus indudables méritos actorales. El baile del striptease se convirtió en el momento más icónico y recordado no solo de la película, sino también de su carrera, además de convertir en hitazo a You can leave your Hat on, pero ya hablaremos de la música…

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La escena en que se masturba viendo diapositivas es otro de los puntos altos y por más que nunca eche un vistazo al reloj y que esas diapositivas no puedan realmente erotizar a nadie (ni se entienda qué diablos hace ella en su lugar de trabajo con ropa interior sexy o ligueros), el momento en que clava los tacos contra la pared mientras su cuerpo se tensa es de lo más eróticos vistos en pantalla. Y, una vez más, la música ayuda: insisto, ya hablaremos…

Y al contrario de la impresión que me dio cuando vi la película por primera vez, la actuación de Kim no es mala en absoluto. Aporta al personaje lo que debe aportar en los momentos sensuales y sabe mostrarse insegura o angustiada cuando las cosas comienzan a salirse de cauce.

A Rourke, en cambio, se lo ve bastante más liso durante la mayor parte del filme, sentando un personaje de galán rudo que después repetirá hasta el hartazgo. Exhibe todo el tiempo y casi como único recurso gestual su sonrisa de macho alfa cazador y solo en el final, cuando ella está partiendo, le vemos una mayor versatilidad.

Pero sea como sea, la pareja funciona y tiene química, no cabiendo duda de que seguramente ello habrá tenido mucho que ver en que el filme se volviera así de icónico. Perdón por insistir con Cincuenta Sombras de Grey, pero ni Dakota Johnson ni Jamie Dorman están a la altura o tan siquiera se acercan un poco a lo que aquí consiguen Basinger y Rourke, quienes hacen que las escenas de sexo sean tan recordadas a pesar de un erotismo a veces algo obvio…

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A propósito, la escena gastronómica, que a tantos gusta, me parece a mí directamente desagradable. Y no por el contenido, sino por la forma y los simbolismos excesivamente evidentes y clicheros: la chalaza cayendo del huevo como si fuera semen, el hielo atrapado por los labios de Elizabeth cual un pene o el champagne arrojado a su rostro como si él le estuviera eyaculando encima. Podrían haberse usado imágenes menos obvias y metáforas más inteligentes…

Banda Sonora

Siendo esta una cinta que es quizás más videoclip que película, es imposible no hablar de la música. Ya hemos comentado la salida de Copeland y lo poco utilizada que terminó siendo la partitura de Nitzsche: apenas alguna melodía en piano en los momentos más melancólicos que remite bastante a la música que Michel Legrand compusiera para Verano del 42 (1971).

Pero cuando se habla de la música de Nueve Semanas y Media, nadie piensa en la incidental, sino en las canciones de diferentes artistas que quedaron asociadas al filme y la paradoja es que ninguna fue compuesta para el mismo. This City never sleeps (Eurythmics) le da el sugerente clima justo a la escena de la masturbación, lo mismo que Arpégiateur (Jean-Michel Jarre) a la de la tubería. Slave to Love, de Bryan Ferry (ya hit radial incluso antes de la película) acompaña los momentos románticos callejeros y, especialmente, el fetichismo de John de verla mojarse bajo la lluvia.

Pero el momento más fuerte llega sin duda con You can leave your Hat on, que no solo no fue grabada por Joe Cocker específicamente para la película, sino que además es cover de una canción previamente compuesta y publicada en 1972 por Randy Newman. De hecho, ni siquiera era el primer cover y ya había otros por Etta James (1974), Three Dog Night (1975) o Merl Saunders (1977). Tom Jones haría después incluso el suyo para la película británica The Full Monty (1997).

Pero fue la version de Cocker la que quedó indisolublemente ligada al filme, al punto que el videoclip promocional de la canción terminó con escenas de la película y la imagen de Kim en portada del single, aumentando así la confusión sobre si el tema había sido compuesto para la película o no.

De lo que no caben dudas es de que, a partir de allí (y creo que hasta el día de hoy), alcanza con que en cualquier reunión o fiesta suenen los estridentes vientos del principio para que nadie dude de que se viene un momento erótico festivo y alguno o alguna de las presentes está por quitarse algo…

La historia de las canciones que han quedado asociadas a filmes para las que sin embargo no fueron compuestas merece artículo aparte y, de hecho… lo tiene, a cargo de un servidor. Les invito a echarle ojo…

Y ya que hablamos de la música, un detalle no menor que quizás muchos no recuerden y es que Ronnie Wood (Rolling Stones, Faces) tiene un doble cameo cerca del final, durante la fiesta de presentación de las obras de arte en la galería.

Valoración y Legado

Como antes fue dicho, Nueve Semanas y Media no funcionó en taquilla en su país, pero sí en Europa y Latinoamérica, llevándola ello a alcanzar un impensado carácter icónico al que ayudaron también su éxito en VHS y las cuantiosas ventas del álbum con la banda sonora.

De pronto, no había nadie que no supiera del filme, lo hubiese visto o no.  De la noche a la mañana pasó ser paradigma no solo del cine erótico sino del erotismo en general, no dejando de ser una gran paradoja que fuera el público europeo uno de los que apuntalara su éxito cuando el viejo continente goza justamente de una fuerte tradición en el género y con el tono bastante más subido.

Con un Rourke mucho más colagenado, la película tuvo una secuela en 1997 titulada Love in Paris, pero estrenada en varios países como Otras Nueve Semanas y Media.  Dirigida por  Anne Goursaud, ya no cuenta con Basinger, aunque el personaje de Elizabeth tiene a lo largo del filme una presencia tácita.  Y hubo también una precuela dirigida por Alex Wright en 1998 que, titulada Las Primeras Nueve Semanas y Media, fue lanzada directamente al video.  Ambas flojas y en ninguna de ellas involucrado Adrian Lyne.

El director, por cierto, volvería a encontrarse con la taquilla en Atracción Fatal (1987) y Una Proposición Indecente (1993), filmes en los cuales el erotismo tenía también fuerte presencia, aunque más como marco que como eje de las historias.

Más decididamente sexual sería el enfoque de Zalman King, quien daría el salto de la producción a la dirección con títulos como Encrucijada de Pasiones (1988) u Orquídea Salvaje (1989), la cual volvía a contar a Mickey Rourke e incluía irónicamente también en su elenco a Jacqueline Bisset, quien rechazara alguna vez el papel de Elizabeth en Nueve Semanas y Media.  Más interesante, pero para televisión, sería Cuando llama el Deseo  (1992), también conocida según países como Zapatos Rojos.

Basinger estaría en títulos exitosos como Batman (1989) o más fallidos como Cool World (1992), donde se la veía tanto en versión live action como animada (de ambos pueden leer nuestros retro-análisis en los respectivos links), pero su gran momento lo tendría a las órdenes de Curtis Hanson en L.A. Confidential (1997), valiéndole incluso el Oscar como actriz de reparto.  Aquí el artículo de un servidor con un repaso de las diez mejores películas de Kim.

Mickey desarrollaría en los noventa una carrera bastante errática en calidad e incluso se dedicaría durante algunos años al boxeo.  Tendría buenas actuaciones en El Corazón del Ángel o Barfly (ambas de 1987), pero se repetiría mucho, como hemos dicho, en el rol de rudo seductor que le cupo después de Nueve Semanas y Media.  Su regreso con gloria llegaría de la mano de Robert Rodríguez y Quentin Tarantino en Sin City (2005, aquí retro-análisis) y tendría una actuación consagratoria, nominación al Oscar incluida, en El Luchador (2008).

Repito que Nueve Semanas y Media no es una película que se pueda apreciar sin contexto temporal. Es hija de una época de cuya estética es emblema para bien o para mal, con lo que quizás su visionado no sea fácil en estos tiempos, sobre todo para alguien joven a quien quizás el erotismo de la película pueda parecerle ya algo demodé o sus aspectos visuales bastante clichés.

Pero puesta en contexto es un documento visual de los ochenta que se sostiene en un eficaz director que consigue lo que busca y no se avergüenza ni siente culpa si ello es el impacto masivo o el fácil consumo.  Y también en una dupla que construye (literalmente) una química inolvidable, al punto que muchos de los momentos de tensión entre ambos eran, según se cuenta, son reales, lo cual les da especiales fuerza y credibilidad en pantalla.

Nueve Semanas y Media, en definitiva y más allá los méritos fílmicos que pueda o no tener, no se entiende sin los ochenta.  Pero ojo: los ochenta tampoco sin Nueve Semanas y Media

Hasta la próxima y sean felices…

 

Rodolfo Del Bene
Rodolfo Del Bene
Soy profesor de historia graduado en la Universidad Nacional de La Plata. Entusiasta del cine, los cómics, la literatura, las series, la ciencia ficción y demás cosas que ayuden a mantener mi cerebro lo suficientemente alienado y trastornado.
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