Hoy revisitamos Vestida para Matar (Dressed to Kill, 1980), icónico filme de Brian de Palma y exponente ineludible y fundacional del thriller erótico, además de mejor homenaje a Alfred Hitchcock jamás hecho sin perjuicio de la fuerte impronta personal que caracteriza al realizador y que impone al filme.
Bienvenidos una vez más a nuestro retro-análisis. Cuando hace ya más de un mes este redactor publicara el de Misión a Marte (aquí disponible), dejé en claro que esa correcta película de ciencia ficción no era la más representativa del estilo Brian De Palma y me sentía por tanto obligado a revisitar lo antes posible una que sí lo fuera. Qué mejor entonces que Vestida para Matar (Dressed to Kill, 1980), controversial si las hubo y con la que De Palma influyó decisivamente sobre mucho del thriller que vendría después y especialmente el erótico, subgénero que prácticamente funda.
El filme nació de una idea del propio De Palma, quien después del éxito de Carrie (1976) y Furia (1978), buscaba regresar a una línea menos sobrenatural y más hitchcockiana como la que había transitado en Obsesión (1976). Fue él quien escribió el guion dando prioridad a temas relacionados con la identidad y la represión sexual, más alguna autorreferencia adolescente, pues el director solía , en sus años mozos, seguir y espiar a su padre cuando este se escapaba en aventuras extramatrimoniales.
Liv Ullmann y Jill Clayburgh fueron consideradas para el papel de Kate Miller, pero la primera lo rechazó porque se asustó ante la carga de violencia que le personaje conllevaba y la segunda tenía compromisos previamente contraídos. Fue así que recayó sobre Angie Dickinson la elección para un papel que se volvería icónico dando vida a una esposa madura pero sexualmente insatisfecha.
La actriz tenía una larga carrera en pantalla grande, habiendo estado en títulos como Río Bravo (1959) o A Quemarropa (1967), altos y clásicos exponentes del western y del cine noir respectivamente. Pero hacía rato que no tenía en cine un título resonante y sí en cambio en televisión, donde venía del éxito de La Mujer Policía, serie de gran suceso y audiencia emitida entre 1974 y 1978 que le valió un Globo de Oro y que fue, de hecho, la primera serie dramática en horario central protagonizada por una mujer.
Con su imagen de fémina madura a la vez que sensual, Angie encajaba a la perfección en el perfil buscado por De Palma y era reconocida, aun con los cuarenta y ocho años que para ese entonces contaba, como uno de los mejores pares de piernas de todo Hollywood, atributo físico del cual jamás renegó: “Es lo único que tengo para vender”, decía por el contrario.
Para el papel del psicoanalista (fundamental en una película que rendía homenaje a Hitchcock), se barajó como primera opción a Terence Stamp, pero se le descartó porque para el gran público estaba en ese momento demasiado identificado con el general Zod que había encarnado en el Superman de Richard Donner y estaba ya de hecho rodando la secuela. Se fue entonces por Sean Connery, quien mostró interés pero su agenda estaba saturada. La tercera y definitiva opción sería otro actor también veterano y británico como el gran Michael Caine, que venía de protagonizar Más allá del Poseidón (1979) y contaba ya en su curriculum con dos nominaciones para los premios Oscar.
El resto del elenco principal incluía a Nancy Allen, que para ese entonces era esposa del director (al punto de haber quienes cruelmente decían que ese fue el único criterio para su elección) y ya había trabajado a las órdenes de él en Carrie, pero también a las de otros prestigiosos realizadores como Robert Zemeckis (Locos por Ellos, 1978) o Steven Spielberg (1941, 1979).
Keith Gordon, en tanto, era un actor adolescente en ascenso que había pasado por Tiburón 2 (1978) y All that Jazz (1979), mientras que Dennis Franz venía de la comedia Una Pareja Perfecta… por Computadora (Robert Altman, 1979), además de haber actuado antes también para De Palma en la mencionada Furia.
La producción corrió por cuenta de George Litto en su segunda experiencia junto a De Palma, coincidencia con Pino Donaggio, que tenía a su cargo la banda sonora habiendo compuesto antes la de Carrie. La fotografía, mientras tanto, quedó en manos del alemán Ralf D. Bode ( Rocky, Fiebre del Sábado Noche, Quiero ser Libre). El rodaje se realizó mayormente en New York, aunque la icónica escena del museo fue hecha en Filadelfia.
Antes de pasar directamente a la trama, es bueno aclarar que a pesar de llevar idéntico título que una película de Sherlock Holmes de 1946, Vestida para Matar no es remake de la misma y el título en común es una frase muy habitual en inglés para referir situaciones en que el escenario parece anunciar asesinato premeditado.
La Historia
La película comienza con Kate Miller (Angie Dickinson) enjabonándose sensualmente bajo la ducha mientras la cámara, sin complejo de pudicia, se posa alternadamente sobre senos y vello púbico. En realidad no son de ella: rostro y cuerpo jamás aparecen en un mismo plano y el segundo pertenece en realidad a Victoria Lynn Johnson, modelo de la revista Penthouse.
Toda la escena presenta un fuerte sesgo onírico y Kate parece entregada a la autosatisfacción mientras su esposo, tras el mamparo contiguo, se afeita desnudo y la mira de tanto en tanto con aire indiferente. De pronto y sin que él se dé por enterado, alguien toma a Kate por detrás y le cubre la boca…
Todo es un sueño. Kate es una ama de casa que, no encontrando en su matrimonio satisfacción sexual, la busca en extraños, tal como nos muestra la increíble escena del Museo de Arte Metropolitano de New York (que en realidad es el de Filadelfia), donde se cruza con un extraño y, sin palabra de por medio, se advierte atracción mutua…
Ya fuera del museo, tienen sexo en el asiento trasero de un taxi y el orgasmo de Kate se fusiona en su nota aguda con la bocina de un auto para dar lugar a la siguiente escena que los muestra en el apartamento del caballero en cuestión, donde la historia ha seguido. Al marcharse, Kate se da cuenta que ha olvidado un guante y cuando regresa en ascensor a buscarlo, es atacada fatalmente con una navaja por un misterioso sujeto de sexo indefinido, lentes oscuros, gabardina y cabello largo y rubio…

Al detenerse el ascensor en el siguiente piso, una horrorizada muchacha se convierte en casual testigo no solo del cuerpo de Kate sin vida, sino también de la presencia del asesino, al cual ve en el espejo mientras, por accidente, el arma homicida acaba en sus manos, convirtiéndola ello luego en sospechosa para el detective de policía Marino (Dennis Franz).
La joven es Liz Blake (Nancy Allen), prostituta que se encontraba en el edificio por estar visitando a un cliente, pero la investigación tiene más aristas y Peter Miller (Keith Gordon), joven hijo de la mujer asesinada y nerd adicto a la tecnología, descubre que tanto su madre como el presunto asesino eran pacientes de un mismo psicoanalista llamado Robert Elliott (Michael Caine)…
No contaré más, pero se viene un escenario difícil en que, interpelados por la policía, tanto Liz como el doctor Elliott tendrán impedimentos para contar toda la verdad: ella por no poner en evidencia a su cliente y él por la reserva que su trabajo impone en cuanto a las intimidades que los pacientes revelan en sus sesiones. Peter y Liz se convertirán en inesperados socios y formarán una efectiva dupla para atrapar al asesino…
Un Mundo de Homenajes
Aunque parezca increíble, Brian De Palma jamás fue nominado al Oscar como mejor director y sí lo fue cinco veces para el Razzie. Para quién no sepa qué es eso, los Razzie son infames y dudosos galardones que, “premiando” supuestamente lo peor del cine, son entregados año a año por un selecto comité de imbéciles que creen saber mucho, pero no son capaces de reconocer calidad, innovación y sentido de la ironía. No estaría mal que desaparecieran, pero es difícil si cada año estamos atentos a los nominados…
Con decir que, de hecho, en 1980 Brian De Palma estuvo ternado como peor director junto a nada menos que Stanley Kubrick por El Resplandor, quizás la película con mayor número de escenas icónicas en la historia del cine: si los responsables de ello no se sienten idiotas hoy en día deberían preocuparse…
Es que las películas de De Palma, por alguna razón, siempre fueron mejor valoradas con la perspectiva del tiempo que al momento de su estreno, al igual que más reconocidas en los festivales europeos que en las premiaciones americanas (aquí mi artículo con los que son a mi juicio sus diez mejores filmes, publicado en 2020 con motivo de cumplir el realizador ochenta años). Ignoro la razón, pues por fortuna pertenezco a la inmensa masa descerebrada que las disfrutó desde el principio y consideró siempre a De Palma como el más grande director de suspenso que haya dado el cine después de Hitchcock.

No poco peso habrá tenido, por cierto, que el gran Alfred hubiese fallecido solo tres meses antes del estreno de Vestida para Matar, lo cual volvió inevitables las supuestas comparaciones reivindicatorias del tipo “no hay como Hitchcock y lo demás es pura bazofia o mala copia”.
Primero y principal, si vamos a considerar a De Palma como alumno de Hitchcock, hay que decir que fue y es sin duda el mejor de ellos (muy lejos le sigue el Curtis Hanson de los comienzos con filmes como Sweet Kill, Falso Testigo, Malas Influencias o La Mano que me mece la Cuna), pero ver a De Palma como simple émulo suyo y a Vestida de Matar como remedo de Psicosis (aquí retro-análisis) es entender poco o quizás nada.
Que la película está repleta de homenajes es algo que no deja dudas: ya apenas comenzar tenemos las primeras referencias con una escena de ataque en la ducha y hasta un doble de cuerpo (en Psicosis, el de Janet Leigh era doblado en la famosa escena por el de Marli Renfro, conejita de Playboy). Por lo demás, hay esquizofrenia, traumas, personalidades divididas e incluso, con carácter más irónico que científico, explicación psicoanalítica en la seccional policial una vez que todo está resuelto. Y vuelve a haber escena de ducha al final…
Sumémosle un cambio de protagonista femenina al morir la primera y una dupla dispuesta a atrapar al asesino, sin olvidar los mensajes en el contestador del doctor Elliott (que recuerdan a las conversaciones en off mientras Marion Crane iba al volante) o el agónico deslizarse de Kate dentro del ascensor, casi un calco del de Marion tras ser acuchillada en la ducha. Más aún: Psicosis no es la única película de Hitchcock homenajeada, ya que hay también sutiles referencias a La Ventana Indiscreta (1954) o Recuerda (1945).
Pero probablemente quienes estaban atentos a tanto detalle hitchcockiano no hayan captado por ejemplo que De Palma rinde también claro tributo al giallo italiano (especialmente a Dario Argento) con sus colores chillones, la iluminación de interiores (muy semejante a la de El Resplandor en el mismo año), la comunión entre sangre y sexo o los planos detalle, ya sea de rostros (con particular insistencia en ojos) o de navajas. Si casi nadie lo advirtió en su momento, habrá sido por no tener idea sobre el giallo o considerarlo quizás basura itálica no calificable como cine.

Con Sello de Autor
Pero el hecho de que el cine de De Palma muestre y haga evidentes tantas influencias no va en desmérito del inconfundible sello personal que imprime a sus realizaciones. El permanente y mentado homenaje a Hitchcock que muchos, de manera miope, ven como único y excluyente rasgo de su obra es la base para contar una historia propia y, sobre todo, con una estética propia que a veces, justamente, importa más que la historia misma.
No tiene sentido, por lo tanto, preguntarnos cómo sabía el asesino que Kate regresaría por el guante, como tampoco ponernos a pensar qué tan verosímil pueda ser que a Liz la libren tan rápido de sospechas como para andarse moviendo a sus anchas (aunque, ojo, ese detalle cobra sentido sobre el final). Vestida para Matar no es un policial convencional ni mucho menos un whodunit y por mucho que en su momento pudiese haber sido considerado basura comercial, es cine de autor con mayúsculas y lo visual tiene una fuerza preponderante.
Por muchos parentescos que encontremos con otras películas, lo que hace De Palma es utilizar esos antecedentes o incluso nuestro propio conocimiento cinéfilo para llevarnos a esperar algo distinto de lo que termina sucediendo. Y lo mismo hace con nuestros preconceptos sociales, como en la escena en que un grupo de afroamericanos persigue a Liz por las calles neoyorquinas: no se trata de transmitir prejuicio racial sino de jugar con el que probablemente el propio espectador tenga y generar así un efecto distractor que haga a este ver el mal en otro lado…
Y no es un ejemplo azaroso: la película ha sido exageradamente acusada de racismo y misoginia, así como de glorificar la violencia de género y transmitir una idea negativa sobre la transexualidad. Desde ya que, como siempre digo, son apreciaciones anacrónicas que no ubican al filme en su justo contexto pero que, además y más importante, tampoco aciertan con el punto central que, como en Psicosis (aunque con un carácter diferente sobre el cual no quiero espoilear), tiene más que ver con la esquizofrenia y la no aceptación que con la orientación sexual, que termina siendo secundaria.
La acusación de misoginia resiste aun menos el análisis. Es absurdo pretender ver en el filme un compendio de moral para aleccionar a las mujeres que pretendan vivir su sexualidad libremente o, de manera más amplia, a los infieles: esto no es Atracción Fatal. El mal, contrariamente, está aquí asociado a quienes, desde una moral pacata y conservadora, buscan cercenar libertades y relacionar al sexo con valores negativos.
Es más: si nos ponemos puntillosos, el asesino (que a partir de su propia no aceptación termina siendo la encarnación de tal prejuicio) no la acaba llevando bien. Y el cónyuge de la persona que ha sido infiel (contrariamente a lo que ocurre en Atracción Fatal) parece enterarse tan poco de que Kate ha muerto como de que antes estuviera viva.
En todo caso, a lo que apunta la película es a asociar al sexo con la muerte pero no buscando aleccionar ni presentarlos como causa y consecuencia. De lo que se trata, una vez más, es de verlos como complementos y experiencias que, no por extremas, dejan de ser fascinantes y estar en algún punto emparentadas.
Los recursos estéticos que son marca registrada de Brian De Palma están todos y cada uno presentes, desde las cámaras lentas (genio indiscutido) hasta las pantallas divididas o las dioptrías con profundidad de campo, todo ayudado por la magnífica fotografía de Ralf D. Bode, quien se había hecho especialmente conocido por la escena de Rocky en que Stallone ascendía los escalones del Museo de Arte de Filadelfia, mismo que, simulando ser el Metropolitano de New York, se usó para esta película en una de las escenas más formidablemente filmadas en thriller alguno.
La música de Pino Donaggio, habitual colaborador en los filmes de De Palma, aporta por su parte un toque retro que remite a banda sonora de los cincuenta o sesenta y que, aun cuando pueda sonar romántica o hasta de telenovela, consigue sugerir todo el tiempo que algo siniestro va a ocurrir de un momento a otro. En pocas películas, de hecho, se combinan tan bien música y fotografía aunque, claro, eso sería imposible sin un gran director al frente para lograr que ello ocurra.
Y ya que hablamos de méritos del realizador, no se puede negar lo poco reconocido que está de De Palma como director de actores cuando son muchos los que han conseguido sus mejores trabajos en filmes suyos. Lo de Michael Caine no sorprende, pero le cabe aquí una de sus mejores actuaciones, lo cual es mucho decir para tan profusa y brillante carrera.
Dennis Franz y Keith Gordon son dos casos de mala suerte: dos grandes actores de los cuales no se entiende por qué no alcanzaron nunca el estatus de estrellas. El primero de ambos fue quedando relegado a papeles eternamente secundarios o bien a series televisivas, siendo quizás su personaje del teniente Buntz en la exitosa Hill Street Blues (otra vez policía) el más reconocible.

En cuanto a Keith Gordon, será citado tres años después por John Carpenter para Christine (aquí retro-análisis) y visto en alguna que otra comedia de los ochenta y noventa para decantar finalmente a rol de director, tanto en cine como en series. Aquí compone a un nerd brillante y, para su edad, insólitamente desinteresado por el sexo, casi la antítesis de su madre o de Liz, lo cual no le impide amar a la primera ni comprometerse en la resolución del asesinato con la segunda y trabajar en sociedad con ella.
De hecho, Nancy Allen no está nada mal y fueron, como antes he dicho, injustos los ninguneos de que los que fue víctima por ser pareja de De Palma. Compone con Gordon una dupla de gran química: el nerd y la prostituta que trabajan a las mil maravillas juntos, pero entre quienes no hay casi tensión sexual. De haber sido rodado el filme por estos días, estoy seguro que hubiera dado lugar a una serie spin-off dedicada a ellos.
Valoración y Legado
Vestida para Matar se estrenó simultáneamente un 25 de julio de 1980 en Los Angeles y New York, recibiendo buena respuesta de la taquilla, pero mixta de la crítica, siendo solo unos pocos los que supieron captar el carácter rupturista y fundacional del filme o los méritos estéticos que lo elevan a cine de autor y obra de arte.
Para Estados Unidos existen dos versiones: una con censura y otra sin ella. Es que la película fue inicialmente calificada con X y ello obligó a cortar unos treinta segundos para hacerla acreedora de una menos antipática R. Así, la versión que llegó a los cines estadounidenses en aquel momento tenía (a diferencia de la estrenada en Europa) unos treinta segundos menos que implicaban menos vello púbico en la escena de la ducha, menos sangre en la del ascensor y un tono menos explícito en las charlas de Liz con el doctor Elliott.
Como suele pasar con las películas que marcan un quiebre (y a decir verdad con la mayoría del cine de Brian De Palma), Vestida para Matar no fue en su momento valorada en su justa medida como hoy lo es. Viéndola en retrospectiva, es una joya que abre un subgénero o quizás un género nuevo, además de, modesta opinión, obra cumbre de De Palma, lo que no es decir poco. Un enorme homenaje a Hitchcock y al giallo italiano que, no obstante, irradia la suficiente personalidad como para no ser absorbida ni subsumida por ninguno de los referentes a los que rinde tributo.
Se sostiene sobre un magistral manejo del suspenso, una fotografía inquietante, unos brillantes planos secuencia y unas sólidas actuaciones que hacen que la película sobreviva a su tiempo y sea hoy en día una absoluta necedad negar su influencia sobre mucho del thriller erótico que, sin superarla, llegaría después…
Por si les interesa leer otros retro-análisis de películas de Brian De Palma en nuestra web, les dejamos los correspondientes links.
Retro-Análisis: Scarface, el Precio del Poder (1983)
Retro-Análisis: Misión Imposible (1996)
Retro-Análisis: Misión a Marte (2000)
Y si les interesan otros retro-análisis de thrillers eróticos, les dejamos estos…
Retro-Análisis: El Vagabundo (The Drifter, 1988)
Retro-Análisis: Instinto Básico (1992)
Hasta la próxima y sean felices…



